viernes, mayo 8

Phantom Detective (capítulo dos)

Bueno, pues aquí va el segundo capítulo de Phantom Detective. Espero que os guste =)

A la mañana siguiente, Leah cruzaba las puertas que daban paso a la Comisaría a las ocho y media en punto. Por un momento, mientras todavía estaba en su apartamento, había temido llegar tarde debido a la crisis de indecisión que había sufrido frente a su armario. Generalmente no prestaba especial atención a su indumentaria, pero aquel día quería causar una buena impresión en el resto del personal. Quería parecer más adulta de lo normal pero sin llegar a pasarse de la raya. Tras desechar varias opciones y siguiendo las recomendaciones de Simon, finalmente logró el resultado que buscaba y consiguió salir a tiempo del apartamento para coger el autobús.

A pesar de la seguridad en sí misma con la que había salido de casa, cuando entró en la Comisaría los nervios se apoderaron de ella otra vez. El agente de seguridad que custodiaba el acceso a la segunda planta y a las oficinas la saludó con amabilidad, pero quienes subieron al mismo tiempo que ella la observaron con inevitable sorpresa. Leah inclinó la cabeza, se miró los pies y se refugió tras su cabello castaño para evitar el contacto visual. El corto trayecto entre las escaleras y su mesa de trabajo, la más cercana al despacho de Benjamin Archer, se le hizo eterno: era consciente de todas las miradas fijas en ella y era capaz de escuchar los murmullos disimulados cuyas palabras, por fortuna, no llegó a distinguir. Cuando finalmente se sentó detrás del escritorio, suspiró aliviada y se sintió inmensamente agradecida a las paredes laterales de su oficina individual, que la escudaba de ojos indiscretos.

- Si la descripción que me diste ayer era correcta, creo que he visto a Mark Green.- dijo entonces Simon, que no se había apartado de su lado.- Y si tengo razón y es él, te informo de que se dirige hacia aquí.

Leah puso el bolso sobre la mesa y fingió estar muy ocupada buscando algo en el interior cuando Mark Green se detuvo frente a ella.

- ¡Buenos días, compañera!

La muchacha alzó la mirada y se encontró con un Mark sonriente que no parecía el mismo del día anterior. Sin embargo, a pesar de su sonrisa, pudo detectar cierto deje de falsedad en sus palabras y sus buenas maneras y supo que en realidad sólo estaba intentando mantener las apariencias. Le correspondió con otra sonrisa, muy breve, y un tímido “Buenos días”.

- Por favor, Leah… ponte en pie. Quiero que los demás te conozcan, y así prevenir posibles confusiones… ya me entiendes. Venga, no te pongas nerviosa.

Posibles confusiones, claro. Por supuesto. Simon, a su espalda, puso sus manos estoplásmicas sobre sus mejillas cuando ella se levantó, para evitar que se sonrojase gracias a su fría esencia fantasmal. Mark apoyó una mano sobre su hombro con familiaridad mientras abarcaba al resto del la sala con el otro brazo, sin dejar de sonreír. Leah deseó fervientemente no parecer asustada ante todos aquellos ojos que la estudiaban con perplejidad.

- Chicos, os presento a Leah Meyer. Es mi nueva compañera, y la última y portentosa adquisición del cuerpo de policía, según tengo entendido. A pesar de su edad, ha sido la mejor de su carrera y se ha ganado el merecido puesto que ahora es suyo gracias a su inteligencia y sus habilidades. Sed buenos y pacientes con ella, ¿de acuerdo?
- Podrías aplicarte el cuento a ti mismo, amigo.- murmuró Simon con poca simpatía.

El resto de los agentes de aquella sección la saludaron con un gesto de la mano. Mark Green le entregó una pequeña libreta de tapas flexibles de color morado.

- Un pequeño regalo… como disculpa de lo que dije ayer de ti. Todo agente tiene que tener una libreta donde hacer sus anotaciones, ten cuidado de no perderla.
- Gracias.
- Toma…- le tendió un bolígrafo.- Apunta: café solo con una cucharada de azúcar.

Leah parpadeó, desconcertada por un segundo. ¿Café? Mark rió al ver su expresión, y se encogió de hombros.

- Es una tradición. Al nuevo le toca traer los cafés durante la primera semana. Una cucharada de azúcar, ¿eh? No te equivoques. ¡Chicos! Decidle a Leah lo que vais a tomar.


Cuando Leah salió de nuevo de la Comisaría, lo hizo con las primeras hojas de su libreta llenas de encargos para el desayuno de sus compañeros, sintiéndose completamente estúpida. ¿Una tradición, o Mark se la había sacado de la manga para incordiarla?

- Te dije que te iba a hacer la vida imposible.- comentó Simon.
- Cállate.- murmuró ella entre dientes.

Cruzó la calle y se dirigió a una cafetería que, tal como Mark le había indicado, se encontraba en la próxima esquina. Por lo menos no le había mentido respecto a la ubicación. ¿Y por qué diablos le consolaba eso? O no era tan cruel o lo único que le interesaba era tener su maldito café solo con una cucharada de azúcar cuanto antes. ¿Y si le echaba más de una… sólo por fastidiar? No, no quería empezar su relación con mal pie… Se portaría bien, e intentaría ser agradable. Al menos de momento.

La cafetería era pequeña y estaba atestada de gente y de humo. Ocupó el último lugar al final de la larga cola hasta el mostrador, y releyó de nuevo la lista de pedidos en la libreta: tres cafés solos, dos con azúcar y uno sin, dos capuchinos, cuatro cortados, un chocolate caliente y dos café moca. ¿Cómo se suponía que iba a llevar ella sola doce vasos de vuelta a la Comisaría? Mark podría haber tenido el detalle de ofrecerse a acompañarla…

- Me cae mal.- bufó Simon.

Había tres personas trabajando tras el mostrador, por lo que al menos no tuvo que perder mucho tiempo haciendo cola. El chico que la atendió, que tan sólo debía ser unos años mayor que ella, enarcó las cejas con incredulidad en cuanto Leah terminó de recitar la lista.

- Me parece que vas a necesitar ayuda.- observó, al poner delante de ella dos bandejas con seis vasos cada una.

Leah hundió los hombros y resopló, sin saber qué hacer.

- Yo te ayudaría, ya lo sabes.- dijo Simon.- Pero no creo que la gente reaccionara muy bien al ver una bandeja de cafés voladora.

Tal vez, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener el equilibrio, podría llevar una bandeja en cada mano…

- Sabía que ibas a necesitar que te echaran un cable.- dijo una voz femenina a sus espaldas.

Al darse la vuelta vio aparecer a una mujer que le sonreía cordialmente. Era rubia, tenía buena figura y era apenas un poco más alta que ella. Aparentaba quizá unos treinta años, y vestía un traje de color verde oscuro elegante y discreto al mismo tiempo; a Leah le sonaba haberla visto antes en la sala de oficinas. La mujer cogió una de las bandejas y la instó a seguirla fuera.

- Me llamo Samantha Evans.- dijo, ya en el exterior, mientras esperaban a que el semáforo se pusiera en verde.- Trabajo en el mismo departamento que tú, Homicidios. Es apuntar un poco alto para alguien de tu edad, ¿no crees?
- Puede.- aceptó Leah.- Pero sé que puedo estar a la altura.
- Desde luego, tus credenciales deben ser impresionantes si has conseguido entrar aquí. Tengo mucho interés por ver cómo te desenvuelves.

Lea no supo qué responder a aquello, así que tras un segundo de verse en la duda se limitó a agradecerle lo que había hecho por ella.

- Gracias por ayudarme con los cafés.
- De nada.- sonrió ella.- No se lo tengas en cuenta a Mark.
- Eso me dice todo el mundo.

Samantha rió. Tenía una risa contagiosa y alegre que le hizo sonreír, muy a su pesar.

- Es un buen tío.- dijo.- Un poco maniático quizá… pero te acostumbrarás a él. Y él a ti, por supuesto. Dale tiempo.


De nuevo en la Comisaría, cuando se sentó por segunda vez tras su mesa, se dio cuenta de que se le había olvidado comprar algo para ella también, en la cafetería. Pero prefería quedarse con hambre a volver a salir, así que lo único que se llevó a la boca fue un chicle que tuvo la suerte de encontrar en su bolso.

Después de colgar su cazadora de cuero en un perchero junto a la pared, contempló el escritorio de su pequeña oficina sin saber muy bien lo que tenía que hacer. Era una mesa amplia y alargada, cuya madera pulida resplandecía débilmente. Estaba casi vacía, a excepción del ordenador encendido, un teléfono y tres archivadores negros en la esquina izquierda. Abrió los cajones y los cerró al comprobar que tampoco tenían nada. Por el rabillo del ojo vio a Simon revoloteando encima de las demás mesas, curioseando. Fue entonces cuando el teléfono empezó a sonar, sobresaltándola. Lo miró angustiada por unos segundos. ¿Debía cogerlo o no? Se retorció las manos, indecisa; nunca antes responder a una llamada o no responderla le había parecido algo de tan crucial importancia. Cuando al final se decidió a extender la mano hacia él, oyó unos pasos que se acercaban y una voz ya conocida, diciendo:

- ¡No!

Leah retiró la mano con rapidez, asustada por la vehemencia de la palabra. Mark la observaba con severidad.

- Lo siento, yo…
- No te disculpes.- repuso él, cortante.- Levántate y ven conmigo. Deja tus cosas ahí, no pasa nada.

Ella obedeció y siguió a Mark a su propia mesa, a poca distancia de la suya. Él tomó asiento y le indicó que ocupara la silla que había al otro lado del escritorio. Localizó a Simon detrás del joven, mirándolo con el ceño fruncido.

- Bien, Leah… tu trabajo se diferenciará en ciertos aspectos del de los demás, debido a tu edad.
- ¿Tiene que repetirlo una y otra vez como un loro?- protestó Simon, molesto.
- Mientras estamos en la Comisaría, nos dedicamos al papeleo y a atender las llamadas. A veces también atendemos a la gente que viene a vernos aquí de forma expresa…
- Siento interrumpirte, Mark, pero todo eso ya lo sé.

Leah detectó un rictus de irritación en su rostro, pero se dijo a sí misma que no le importaba. ¿Acaso ella no se sentía ofendida cuando él le hablaba como si fuera un bebé? Tenía derecho a ser un poco brusca. Simon sonrió, complacido por sus palabras.

- Claro, perdona. El caso es que tendremos que relevarte de atender a la ciudadanía, tanto por teléfono como cara a cara. No es nada personal, pero comprenderás que no te tomarían en serio.
- Lo entiendo.
- Eso sólo nos deja con el papeleo. Es un auténtico fastidio, lo sé, pero mientras estemos en Comisaría, es lo que harás. También observarás cómo llevo acabo mi trabajo y me ayudarás si necesito algo, ¿de acuerdo?
- Como si necesitaras seguir su ejemplo.- murmuró Simon.
- De acuerdo.- dijo Leah, intentando parecer contenta.- ¿Qué quieres que haga, pues?
- Gracias por preguntar.- sonrió Mark.

Señaló una montaña de carpetas rojas y azules que tenía junto a su ordenador. Una gran montaña de carpetas.

- Justo ayer dejaron esto en mi mesa.- explicó.- Archivos traspapelados. ¿Podrías, por favor, ir al almacén y colocarlos en su lugar? El almacén está en la planta de arriba, aquí tienes la llave.

Leah tuvo que recurrir a todo su autocontrol para seguir sonriendo. ¿A qué venía tanta cortesía si era obvio que no se podía negar?

- Por supuesto, Mark.
- Me salvas la vida, Leah.- rió él.
- Sí, sí, ríete, capullo.- masculló Simon entre dientes.

Leah se puso en pie, se guardó la llave del almacén en el bolsillo del pantalón y cogió como pudo la montaña de carpetas. De camino a las escaleras, vio que Samantha le dedicaba una sonrisa de ánimo, pero eso no la hizo sentirse mejor.

- ¿Acaso se piensa que eres su secretaria? Porque si es así, al menos podría pagarte, sería justo. ¡Menudo hipócrita! ¡Menudo… déspota!- exclamó Simon, mientras subía las escaleras.
- Pero tiene razón.- susurró ella.- No puedo trabajar de cara al público, no me tomarían en serio. Cualquiera reclamaría a otro agente con más experiencia. Si esta es la única forma en la que puedo resultar útil, no tengo alternativa.

Simon gruñó, pero no dijo nada más.

El almacén era una enorme habitación llena de innumerables hileras de archivadores, carpetas y cajas de pruebas tanto de casos cerrados como abiertos, que se alzaban ante ella como los edificios de una ciudad inexpugnable. Resultaba una visión bastante desalentadora. El aire en el interior estaba viciado y no había ni una sola ventana en la estancia. Pulsó el interruptor para encender las luces, unos fluorescentes rectangulares colocados a intervalos regulares en el techo, y tras hacerlo uno de ellos dio un chispazo y se fundió. Los demás brillaban de forma intermitente y producían un molesto zumbido. Leah hizo una mueca.

- Qué acogedor.- ironizó Simon.- Ponte cómoda, Leah, porque me parece que desde hoy este se va a convertir en tu segundo hogar.

2 comentarios:

Carlos dijo...

Me has recordado que también tenía ganas de ir a Venecia xD
Solo que he ido dejando de pensar viajes, que tampoco es cuestión de quedarme sin destinos para cuando sea mayor xD
Y estoy totalmente de acuerdo con Simon, Mark es un gilipollas de aupa, un borde y un ególatra de tres pares de narices.
Y respecto a mis males de amores... Creo que en ocasiones uno también tiene derecho a ser un poco cobarde, y lo cierto es que de imaginativo nada xD
Que claro que podría decírselo por MSN y echarle la culpa a mi hermano, o mandarle una notita y decir que era una apuesta, o cualquier gilipollez, pero a mí me da que no cuela ni de broma.
Un beso
Carlos

gabeiras dijo...

Mark Green es el mejor. Club de fans ya!!!