sábado, abril 18

Ath y Thysa (capítulo uno)

Llevo dándole muchas vueltas a esta historia desde hace tiempo. No es ninguna maravilla, pero me gustan los personajes y me entretengo escribiéndola. El primer capítulo me ha salido bastante largo, así que lo subiré en dos partes. Ea, espero que os guste.


Tras semanas de viaje, por fin Dhara se mostraba ante ellos. La modesta ciudad portuaria se extendía sobre la bahía, con sus blancas torres apuntando al cielo del mismo modo que los mástiles, erguidos desde los barcos atracados en los muelles del puerto, hacían ondear sus banderas. La brisa marina arrastraba consigo el olor salado del océano y los estridentes trinos de las gaviotas que surcaban las nubes. Y a pesar de la aparente tranquilidad que la envolvía, Thysa podía ser el aura siniestra que rodeaba Dhara como si viera un velo de oscuridad adherido a las paredes blanqueadas con cal.

El mensajero llevaba razón, y no podía negar que Ath había acertado al aceptar el encargo. Pero entre reconocerlo interiormente y expresar su opinión en voz alta había una gran diferencia. Se giró levemente en su montura y miró hacia atrás, intentando localizarlo. Tal vez había cabalgado demasiado rápido, pero quería asegurarse de que el mensajero no estaba equivocado... sola. Suspiró con impaciencia, pero no pasó mucho tiempo hasta que el caballo negro de Ath apareció en lo alto de la colina. Al verla, el joven espoleó a su montura para que se apresurase. Sin embargo, antes de alcanzarla, se detuvo, con los ojos muy abiertos, contemplando fijamente la ciudad. Si ella había sido capaz de ver a simple vista las sombras que acosaban Dhara, Ath sin duda debería estar observando un espectáculo mucho peor.

- Hemos hecho bien viniendo aquí, Thys.- musitó él, señalando a la ciudad.- Seguro que...
- No me llames Thys.- replicó ella, secamente, volviendo a girarse para continuar el descenso.
- Lamento lo del solsticio, Thysa... - prosiguió él, siguiéndola.- Sé que querías volver a Dumyat para la fecha, pero...
- No quiero hablar del tema.

Ath suspiró, pero cerró la boca y no dijo nada más. Se quedó mirándola mientras ella tomaba la delantera, tal y como acostumbraba. En un intento por ignorar la negrura que irradiaban los edificios de Dhara, observó a Thysa. Solía hacerlo cuando ella no le prestaba atención, que era la mayor parte del tiempo. Aún recordaba la primera vez que la vio, y cómo quedó deslumbrado por su belleza: su piel tersa y dorada, su cabello largo y oscuro y sus ojos almendrados de color turquesa. Esos ojos que desde un primer momento lo habían mirado con furia y desprecio y que ahora no lo hacían con mucha más suavidad.

Las puertas de Dhara estaban abiertas, pero aparentaban estar completamente desiertas. Thysa, sin embargo, pronto localizó tres vigías en una de las torres y captó el sonido de cascos de caballos. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para convertirse en un blanco fácil, se oyó una voz que reverberó sobre los muros de piedra.

- ¡Alto ahí o disparamos!

Thysa tiró de las riendas de su caballo para detenerlo. Ath, detrás de ella, hizo lo mismo y levantó los brazos en un claro gesto de paz.

- ¡Venimos con buenas intenciones! Mi nombre es Ath, enviasteis a un mensajero para...


Se oyó un crujido desde el interior de la ciudad y el ruido de pasos aproximándose. Un grupo de cinco hombres, dos armados con arcos y tres empuñando espadas, apareció junto a las enormes y viejas puertas de madera. Iban a pie. Tenían expresiones cautelosas en sus rostros y sostenían sus armas con fiereza. El que parecía ser el líder, un hombre de mediana edad que vestía un chaleco de piel y unos pantalones negros, se adelantó unos pasos, mirando a los desconocidos con cierta desconfianza.

- ¿Ath, el cazador de espíritus, el mercenario?
- El mismo. Mandasteis una petición de ayuda a través de un mensajero, hace dos semanas.
- Así es.
- Lamento no haber podido llegar antes, nos encontrábamos bastante lejos de aquí en ese momento. Nos hemos apresurado tanto como nos ha sido posible.
- ¿Quién es ella?- inquirió el hombre, señalando a Thysa con la punta de su espada.
- Ella es mi...
- Compañera.- dijo Thysa, cortante.
- Sí. Es una chamán.

El hombre los estudió brevemente antes de hacer un gesto afirmativo con la cabeza. El resto de los miembros del grupo bajó las armas. Ath desmontó y Thysa lo imitó. El joven intercambió un fuerte apretón de manos con su interlocutor.

- Mi nombre es Ruar, soy el Gobernador de Dhara.- dijo, con un tono de voz más amistoso.- Pero procederemos al resto de las presentaciones más tarde. Acompañadme, por favor. Supongo que estaréis hambrientos y cansados.
- Eso no se lo negaré.

Una vez traspasadas las puertas de Dhara, Thysa vio a tres hombres más montados a caballos y armados con arcos, que ahoran llevaban colgados a la espalda. El camino que siguieron pasaba bajo una gran arcada de piedra enmohecida de aspecto bastante antiguo, con grabados de barcos majestuosos, sirenas y tormentas. La avenida serpenteaba hacia abajo, entre altos edificios blancos que alojaban comercios en las plantas bajas y terrazas en los áticos. Pero todas las puertas y ventanas estaban cerradas. No se oían los gritos de los mercaderes ni había gente paseando por las calles. Todo estaba sumido en el silencio. La voz de Ruar, ahora bastante más animada, contrastaba fuertemente con la apariencia desolada de la ciudad.

- En realidad no hay ningún peligro en salir durante el día, pero la gente es muy supersticiosa, ya sabe. Tienen miedo y prefieren quedarse en sus casas. Así se sienten más seguros.
Es comprensible.- asintió Ath, quien estaba tan concentrado observándolo todo a su alrededor que parecía estar ignorando a su anfitrión.- Tendrá que darme datos sobre...
- Sí, sí, claro. No se preocupe por eso, que tendrá datos de sobra. Pero esas cosas mejor hablarlas cuando lleguemos a mi casa y delante de un buen plato de comida caliente, ¿no cree?
- Por supuesto.

La casa de Ruar estaba en mitad de la ciudad, cerca del núcleo céntrico de Dhara, junto al Gran Mercado y la Plaza Mayor. Era una vivienda hermosa y amplia, compuesta por dos edificios y un frondoso jardín. Un imponente portón de madera y hierro, en el que estaba dibujado el escudo de armas de la familia del Gobernador, daba la bienvenida con una implícita advertencia. En el patio de grava que seguía a dicha entrada había varias personas: un par de mozos que se afanaban en los establos y unas cuantas muchachas que iban en dirección al jardín. Ruar despidió con un gesto a los soldados que lo acompañaban y dio instrucciones para que se ocuparan de sus caballos. Después, con una sonrisa, los condujo al interior de la casa.

Atravesaron varios pasillos de amplias ventanas y paredes blancas hasta llegar a un gran patio interior en el que había una fuente, mesas y sillas, y una mujer sentada leyendo un libro. Al escuchar pasos, la mujer elevó la vista, y frunció levemente el entrecejo al verlos acercarse.

- Querida, te presento al cazador de espíritus, Ath, y a su compañera, Thysa. Han venido a ayudarnos. Señores, esta es mi esposa, Duna.
- Un placer, señora.- murmuró Ath respetuosamente.
- Lo mismo digo.- repuso ella, sonriendo ligeramente.

Ruar elevó las manos y dio tres fuertes palmadas que resonaron entre las paredes. A los pocos segundos aparecieron en el patio un hombre y una mujer, vestidos como sirvientes.

- Emmer, Silia, empezad los preparativos para el almuerzo, por favor. Tendremos, como veis, dos comensales más.
- Sí, señor.- dijeron ellos al mismo tiempo, tras una inclinación de cabeza.

Ruar se dejó caer pesadamente sobre una silla, junto a su esposa, y les instó con un gesto a hacer lo mismo. Thysa se sentó al lado de la fuente, admirando cómo el sol se reflejaba brillante en el agua, que no dejaba de agitarse. El patio era muy bonito. Estaba al descubierto, por lo que se podía disfrutar de la brisa y del aroma salobre del mar, se podía mirar el cielo azul y escuchar a los pájaros. Las mesas eran de madera recia y las sillas de mimbre tenían cojines blancos y azules. El murmurllo del agua de la fuente era arrullador.

- ¿Habéis tenido dificultades para llegar hasta aquí?- preguntó entonces Ruar, algo más serio.

Thysa se fijó en él con más atención. Rondaría los cuarenta años, quizá, pero su fuerza y vivacidad lo hacían parecer más joven. Tenía el cabello oscuro, rasgos marcados en su rostro ancho, ojos sagaces y labios finos. Su mujer, por el contrario, era de constitución delicada. Tenía la piel morena y el pelo sobre los hombros, castaño claro. Era bastante avispada, aunque parecía querer disimularlo.

- Al principio, no. Pero conforme nos íbamos acercando, nadie quería darnos ningún tipo de indicación o información. Cuando vimos que la gente nos evitaba al decir hacia donde nos dirigíamos, empezamos a mentir y eso solucionó todos los problemas.
- Era de esperar, hace meses que no recibimos visitas. Aún nos apañamos bien, pero pronto las cosas se pondrán feas si la situación no cambia.
- Esperamos poder resolver eso, señor.
- Eso espero yo también, sin duda.- rió Ruar.
- ¿De verdad cree que podrá ayudarnos, señor?- preguntó entonces Duna, con cierto deje de desafío en la voz.
- No me gusta prometer nada, señora.- contestó Ath, gravemente.- A pesar de mi experiencia, no soy ningún dios, y hay cosas que están fuera de mi alcance. Aún no sé todo lo que necesito saber para daros una respuesta más clara, pero de momento creo que podré manejar vuestro problema.
- ¿Qué necesita saber?- inquirió Ruar.
- ¿Sería mucha molestia pedirle que me relate lo sucedido, desde el principio? Leí su carta, pero agradecería que me lo repitiera.

Ruar suspiró y asintió con la cabeza. Thysa se inclinó un poco, descansando los brazos sobre las rodillas, para alejarse un poco del ruido de la fuente y así atender mejor a las palabras del Gobernador.

- Todo empezó hace ya casi tres meses. Al principio pensamos que no eran más que historias de fantasmas, quizá alentadas por marineros aburridos, niños traviesos o vaya a saber quién. Los rumores hablaban de que por las noches, junto al extremo de la bahía donde comienza el acantilado, se podía ser el espíritu de un capitán endemoniado que rondaba en busca de almas de las que alimentarse. Completamente típico, ya ve, así que durante semanas no le dimos importancia. Sin embargo, los días pasaban y cada vez más gente juraba haber visto al espectro. No pasó mucho tiempo más hasta que apareció la primera víctima.

Thysa advirtió que la esposa del Gobernador se abrazaba a sí misma y alzaba la mirada al cielo. Ath era todo oídos, estaba tan pendiente del relato que parecía encontrar algún morboso placer en escuchar tales historias.

- Se tratata de una mujer que vivía en una casa al pie del acantilado. Era viuda y trabajaba como costurera. Tenía cuarenta y dos años.
- ¿Sabe cómo murió?- inquirió Ath.
- ¿Es... es realmente necesario que se lo diga?- preguntó a su vez Ruar, mirando con inquietud a su esposa.
- No te preocupes por mí, querido.- le dijo ella dulcemente, aunque sus ojos eran duros y fríos.
- Me temo que lo es, señor. Necesito detalles, puede ser relevante.
- En ese caso... el cadáver no llevaba ropa alguna y tenía quemaduras en el cuello, el pecho, en brazos, cintura y muslos. Y los ojos abiertos.
- Ya veo.- comentó, frunciendo el entrecejo.
- Fue entonces cuando contratamos los servicios de una exorcista. Teníamos una en la ciudad.
- ¿Le pagaron?- interrumpió Ath.
- No, no fue necesario. Ella no quería el dinero. Estaba muy asustada por lo ocurrido y sólo quería librarse de la amenaza lo antes posible.
- Ah.
- De todas formas, no consiguió echar al espíritu. Murió, también, intentándolo. Aunque de forma diferente a la viuda, si me lo pregunta. Se suicidó clavándose un puñal en el pecho.

Thysa entrecerró los ojos, asimilando la información. La enorme diferencia entre esas dos muertes debía ser importante. Observó fugazmente a Ath y reconoció la expresión de sus rasgos: él estaba pensando lo mismo.

- Durante un tiempo no hubo más muertes. A veces a la gente le desaparecían algunas cosas, objetos personales en su mayoría, y dinero. La gente dejó de ver al capitán condenado. Pero luego las cosas empeoraron. Volvimos a encontrar más cadáveres... algunos de ellos parecían asesinados, otros se habían suicidado. La gente empezó a querer marcharse de la ciudad y los primeros, lo consiguieron. Luego los que se iban acababan regresando, delirantes y enfermos con fiebre. Ya no estábamos a salvo. Pedimos ayuda a varios exorcistas y brujos de ciudades extranjeras, pero la mayoría nunca se presentaron aquí y quienes lo hicieron, fracasaron. Fue centonces cuando mandé al mensajero a buscarle.



1 comentario:

Carlos dijo...

W-O-W!
Admito que no es lo mejor que he leído, pero desde luego puedo asegurarte que me encanta.
Nada de dejarnoslo a medias y con la intriga, ¿eh?
Un abrazo
Carlos