domingo, enero 13

IASADE -112-


Aquel piso era mucho más lujoso y amplio que el suyo. Constaba, aparte del salón enorme con cocina, de cuatro dormitorios, dos cuartos de baño, acceso a un patio interior comunitario y piscina en verano. Aun así, la habitación de Isaac era la más pequeña de todas. Entre la cama, el escritorio y una estantería de pie apenas quedaba espacio en el suelo para sentarse en el suelo con las piernas extendidas. Era más larga que ancha, y una de las paredes estaba ocupada por un armario empotrado con espejos en las puertas. Encima de la cama había un estante lleno de libros, y sobre el escritorio el portátil cerrado zumbaba suavemente. Junto a la ventana abierta, que daba a la calle, había un trípode sin cámara. Amiss se sentó en el alféizar. Fuera, los delgados árboles que flanqueaban la avenida se mecían rítmicamente al son del viento cálido, que también parecía haber barrido la avenida. A aquellas horas estaba desierta, pero ni siquiera su silencio era tan absoluto como el que se había adueñado del piso de Ángela.

A pesar de que Isaac había llegado a Cagliari con el tiempo justo, ya había amueblado la habitación con sus recuerdos. El hueco de pared desnuda entre foto y foto delante del escritorio era mínimo, y posters, recortes de periódico y alguna que otra fotografía de gran formato se encargaban de decorar el resto. Entre las muchas caras que aparecían en las fotos, la de Isaac estaba casi siempre presente, al igual que su sonrisa, que le colgaba de los labios como una máscara permanente. Y aunque parecía muy feliz en aquellas imágenes, esa felicidad no había sido capaz de despegarse de ellas para invadir el nuevo hogar de su propietario. Había dos fotografías, un tanto apartadas de las demás, que destacaban. Amiss ya les había echado el ojo la noche anterior, mientras Isaac dormía en siete sueños ajeno a su presencia. En la primera de ellas, su usuario aparecía junto a una mujer que rondaba los cuarenta años. Ella rodeaba los hombros a un Isaac que parecía mucho más despreocupado, y sonreía con afecto. Tenía el pelo de color rubio oscuro y unos ojos grises muy similares a los de él, por lo que la Mediadora había deducido que se trataba de su madre. A su padre, en cambio, no se le veía por ningún lado. En la otra foto salía una chica de su misma edad, preciosa y de melena larga y rubia entretejida con mechones de un castaño claro. Sus ojos, verdes y pálidos, rebosaban cariño y amor. Ella también sonreía, e Isaac a su izquierda le besaba la mejilla.
Tal vez le resultara útil averiguar de quién se trataba, pero en la fotografía no aparecía ni un nombre ni una sola palabra. ¿Y si le daba la vuelta…?

Amiss saltó desde el alféizar y se acercó despacio al escritorio. En ese mismo instante, la puerta del dormitorio de abrió e Isaac entró en la habitación. Por un segundo, sus miradas se entrecruzaron directamente y el alma blanca retrocedió inconscientemente, aterrada por la sensación de haber sido descubierta. Pero el muchacho, sin reparar en ella, se sentó en la silla frente al ordenador para activarlo de la suspensión y apagarlo definitivamente. Inmediatamente después se incorporó y volvió a salir de la habitación para meterse en el cuarto de baño.

No era la primera vez que le ocurría algo así, y aun siendo consciente de que era imposible que un humano advirtiera su presencia, era incapaz de reprimir ese miedo agudo y punzante, por lo que se dio un tiempo para tranquilizarse y acudió junto al joven después de escuchar la cisterna.
Isaac se estaba lavando los dientes frente al espejo, mientras que con la mano libre se acariciaba la barba para comprobar su longitud. Al hacerlo, Amiss se dio cuenta de que llevaba un anillo de plata en la mano derecha, que el mismo Isaac empezó a tocar y a dar vueltas de forma automática. Se enjuagó la boca con agua, y aprovechando el grifo encendido se humedeció las puntas de los dedos para peinarse un poco. Tras echarse desodorante y salir del baño, cogió la mochila de su habitación y cerró la puerta del dormitorio.

- ¡Florian, me voy a la Facultad!- gritó en el pasillo.

El muchacho meneó la cabeza tras aguardar unos segundos y no recibir respuesta y se marchó del piso, con Amiss sobrevolando por encima de su cabeza.

miércoles, enero 9

Tiempo de cosecha

Desde fuera, el castillo tenía el mismo aspecto sobrecogedor que ofrecía por dentro. El gran espacio existente entre el suelo y la alta techumbre estaba lleno de un silencio helado quebrado por el silbido del viento y pasos fantasmas que vagaban sin rumbo. La suciedad había anidado entre las losetas resquebrajadas y las sombras, lóbregas y espesas, colgaban de las esquinas como cortinas viejas. La chiquilla se detuvo en la entrada, tiritando de miedo y de frío, y procedente del otro extremo del corredor se oyó el crujido de una puerta. La muchacha se retorció las manos por debajo de la capa mientras aguardaba a que la figura que se dirigía ella ganara forma y nitidez, dividida entre la curiosidad y la tentación de dar media vuelta y correr de regreso a casa. Aunque el Duque era muy conocido en el pueblo, nadie lo había visto jamás fuera de su castillo. Y no todos los que lo habían visto, habían vuelto para contarlo. Era un hombre alto y fuerte, bien vestido, de rostro atractivo pero severo con unas cejas finas, ojos penetrantes y labios carnosos. Caminaba con decisión, abarcando con orgullo en la mirada sus dominios a pesar de que eran poco más que ruinas decadentes. Pisando con seguridad, casi con crueldad, aquellas losetas de piedra apunto de romperse bajo sus pies.
Al verla, sonrió. Sonrió como lo haría un lobo al encontrarse delante a un conejo asustado. La chica, tal y como le habían ordenado sus padres, hizo una reverencia torpe con los ojos clavados en el suelo.
- Mírame, niña.
Con dificultad, la muchacha logró levantar la cabeza y mantener la mirada firme, a duras penas. Los ojos del Duque eran pozos de tinieblas imantados que apresaban el espíritu para no dejarlo escapar. Se estremeció. El hombre le agarró la barbilla con dedos fríos y le giró la cabeza, a un lado y a otro, estudiándola con implacable minuciosidad.
- Eres bonita. Demasiado joven para mi gusto, pero no importa. Suéltate el pelo.
- ¿Qué?- preguntó ella, sin comprender.
El Duque frunció el ceño.
- Que te sueltes el pelo, niña. ¿Acaso eres sorda? No me gusta tener que repetir las cosas.
La chica se llevó las manos a la cabeza para desatar el lazo con el que su madre le había recogido las trenzas tras la cabeza y se alisó el pelo con los dedos. El Duque le cogió un mechón de suave cabello caoba y lo olió con una sonrisa.
- Al menos estás limpia y hueles bien. Sígueme.
A pesar de que el hombre caminaba despacio, la muchacha tenía que andar deprisa para no quedarse atrás. Conforme se alejaban de la puerta entreabierta, el aire se enfriaba y se hacía cada vez más irrespirable. Las paredes parecían curvarse sobre ellos, estrechándolos, convirtiéndose en un túnel oscuro y aterrador que al final del todo tenía una pequeña abertura luminosa.
- ¿Sabes para qué estás aquí?
En realidad, la chica no tenía ni idea. Sabía que su familia estaba atravesando una mala época y que faltaba la comida. Su hermana pequeña había enfermado y no tenían dinero suficiente para pagar medicinas, y la mitad del ganado había muerto inexplicablemente el año anterior. También sabía que, en el pueblo, las familias que tenían problemas sin solución enviaban a alguna jovencita al castillo del Duque para, a cambio, recibir alimentos o dinero. Esas chicas a veces volvían y a veces no, pero la recompensa era segura. Lo que no sabía era lo que tenía que hacer allí, así que negó con un gesto de la cabeza, temerosa.
Llegaron a la puerta al final del pasillo, que daba a un exuberante jardín. El Duque se detuvo antes de entrar, observando satisfecho lo que tenía ante sí. El jardín era amplio, y la vegetación allí parecía nacer y crecer salvaje, sin restricciones ni límites. Varias plantas trepadoras luchaban entre sí por dominar la totalidad de la facha de piedra del castillo, y había árboles de toda clase, de troncos fuertes y gruesos y copas colmadas de hojas. Y aunque era de una belleza impresionante, también tenía un aire siniestro y triste que parecía ahogarlo todo en una melancolía espeluznante casi palpable.
- Si accedes a hacer lo que te pida, tu familia recibirá comida y dinero suficiente para curar a tu hermanita, reponer las reses y no pasar hambre en largos años.- dijo entonces el Duque, bajando la voz como si estuviera confiándole un secreto.- Te doy mi palabra.
El hombre le tendió la mano y cuando la aceptó, tiró de ella con fuerza a través del jardín, apretando sus dedos y haciéndole daño. Ella se tragó las quejas, muerta de miedo.
- ¿Y sí no lo hago?
Su pregunta parece divertir al Duque, que ríe sin alegría.
- No son muchas las que se atreven a hacerme esa pregunta.
A su alrededor, empezaron a oírse murmullos. La chica, al principio, pensó que se trataba del viento, pero era un sonido demasiado angustiado para ser sólo la brisa entre las ramas. Los murmullos se transformaron poco a poco en gemidos, después en sollozos y finalmente en un llanto desconsolado que no intentaba esconderse. El Duque se detuvo frente a un árbol maravilloso, de corteza color crema y hojas castañas, cuyas raíces penetraban profundas en la tierra fértil. Volvió a cogerle la barbilla y le obligó a levantar la mirada para encontrarse con unos ojos verdes que lloraban sin pudor. La chica ahogó un grito e intentó retroceder, a pesar de que los dedos del hombre eran auténticas garras.
Frente a ella, el árbol lloraba. La figura de una mujer cuyos pies se habían convertido en raíces, sus brazos y manos en ramas y su piel en corteza, gemía incontroladamente derramando lágrimas que caían y se perdían en la tierra removida. Otros llantos se unieron al suyo, y la muchacha escuchó a los árboles vecinos llorar con ella.
- Si no me ofreces tu fruto por voluntad propia, te transformaré en árbol y me los ofrecerás sin resistencia. Eternamente.- contestó el Duque.
Le agarró la otra mano, le sujetó ambas a la espalda con un brazo y le cogió la cara con la quedaba libre para besarla con violencia, mientras el coro de llantos en el jardín se hacía cada vez más fuerte e insoportable.

[Imagen por erilu]

miércoles, diciembre 12

IASADE -111-


También era la hora del almuerzo en el apartamento de Isaac, y Amiss lo descubrió a él y a otro muchacho empezando a hacer la comida, al colarse por la puerta abierta de la terraza. La cocina estaba adosada a un gran salón, con dos cómodos sofás y una mecedora en torno a una mesa que estaba puesta para dos personas. La brisa, que se había colado con ella, levantaba las esquinas de las servilletas de papel, el televisor mostraba un canal de noticias y la presentadora hablaba sin que nadie le prestara atención.
En la cocina, las mesas estaban cubiertas por bolsas de la compra. Isaac batía cuatro huevos en un cuenco de cristal mientras su compañero picaba una lechuga ya lavada. El joven era italiano, un par de años mayor que su usuario. Tenía un rostro aniñado, casi infantil, de expresión pícara con ojos azules y traviesos, enmarcado por una melena de rizos leonada y una barba irregular de cuatro pelos. Bajaba y subía el cuchillo con soltura al mismo tiempo que no paraba de hablar.

- Es normal. Los primeros días de clase al empezar el curso no sirven para nada, y me atrevo a decir que seguiréis así durante toda la primera semana.
- No me hace especial ilusión.
- Eres más raro que un perro verde.- sonrió el chico, dejando el cuchillo en la mesa y echando la lechuga ya cortada en un cacharro de plástico con agua fría. Se sentó sobre un hueco libre de bolsas en la encimera.- Normalmente los alumnos se alegran de tener más tiempo libre estos días.
- Pues yo no. Tengo ganas de ponerme a trabajar ya.

Isaac echó unas patatas, cortadas pequeñas y ya fritas, en los huevos batidos, junto con cebolla picada y chorizo desmenuzado. Añadió un poquito de sal y revolvió bien la mezcla antes de verterlo todo en una sartén cuyo aceite ya humeaba ligeramente.

- ¿Y has conocido a alguien interesante?
- Supongo que los profesores no cuentan, ¿verdad?
- Tío, eres de lo que no hay.

Isaac sonrió burlonamente.

- Me he pasado el día entero hablando con una chica. Es española, como yo, y hemos estado hablando de nuestra madre patria.

Amiss dejó de haber equilibrismos sobre los tiradores de los muebles y se acercó todavía más para escuchar mejor.

- ¿Y qué tal está la chica?- preguntó el muchacho con un guiño.
- Es muy guapa y muy simpática.
- Ajá. Y… ¿necesita que alguien le de clases de italiano, o se defiende bien?
- Tú sí que eres de lo que no hay.
- Soy amante del género femenino como el que más, solamente eso.
- Ya, seguro que…
- ¡Ah, tío! Perdona que te interrumpa, pero se me ha olvidado comentarte antes una cosa. Verás, antes unos cuantos colegas y yo hemos estado contemplando la idea de alquilar un estudio, o un bajo, donde poder trabajar a gusto, pero convendría reunir a más gente para que nos salga más barato. ¿Te interesa?

Con destreza admirable, Isaac retiró la sartén del fuego y le dio la vuelta a la tortilla en el aire. Luego se volvió hacia su compañero, con las cejas enarcadas y gesto receloso.

- ¿Vosotros arquitectos os atreveríais a compartir espacio de trabajo con pintores?
- ¿Qué tiene de malo? Joder, tío… eso huele de maravilla.
- Pues mejor sabrá. Ve terminando de aliñar la ensalada que a esto no le queda demasiado. ¿Y cómo que qué tiene de malo? Florian, ¿tú has visto a alguien pintar alguna vez?

El joven se rió.

- No me voy a poner a dibujar planos allí, si es lo que temes. Eso puedo hacerlo aquí sin ningún problema, pero este año nos están machacando con el tema de las maquetas y el dormitorio se me queda pequeño para eso. Nos da igual que el sitio esté un poco guarro, ¿entiendes?
- Ah, vale. Sólo quería asegurarte de que sabías donde te estabas metiendo. Florian, la ensalada.
- Voy. ¿Te apuntas entonces?
- Claro. A mí también me vendrá genial.

El muchacho escurrió la lechuga, que pronto se vio acompañada de un tomate cortado, unas aceitunas, tacos de queso y de jamón serrano, nueces y un aderezo de aceite, limón y tomillo. Florian se chupó los dedos sin remilgos antes de lavarse las manos para llevar la ensaladera a la mesa, acompañada de la tortilla ya dividida en dos mitades iguales.
Ambos atacaron los alimentos sin más dilación ni ceremonias y durante unos minutos de silencio, Amiss, encima de la televisión, pudo disfrutar de sus caras extasiadas. Florian levantó su vaso de agua e inclinó la cabeza con ademán respetuoso.

- Chapó.

Isaac sonrió agradecido.

- Gracias. La ensalada tampoco está mal.
- Lo mismo digo. Y siguiendo con el tema del estudio… ¿conoces a más gente que pueda estar interesada? De momento, contigo, somos  tres.
- Bueno… se lo puedo comentar a Ángela.
- Es la chica de la que me has hablado, supongo.
- Sí.
- ¿No se asustará? Somos todos chicos.- esbozó una sonrisa de lobo.
- No creo.

Amiss torció el gesto en pleno desacuerdo. Se asustaría igual aunque fueran chicas.

- Yo estoy detrás de que se una un pivón de mi clase. En serio, Isa…
- No me llames Isa.- replicó él con la boca llena.

Florian lo ignoró.

- Esa tía me vuelve loco. Menuda rubia… es impresionante.

Amiss puso los ojos en blanco y se dejó llevar por la brisa para quedarse flotando en el aire. Al deducir que el rumbo de la conversación había dejado de serle útil por completo, abandonó el salón y se dirigió a la habitación de Isaac.

martes, noviembre 27

Se abre el telón

Súbitamente, alguien te empuja.
Y de repente, quedas cegado por la luz.
Los focos caen implacables sobre ti haciéndote sentir un ardor que florece en tu nuca y se extiende por tu cuerpo, hasta los pies, como un virus famélico. El resplandor te ocupa por completo y a tu alrededor no puedes ver más que oscuridad, una negrura que te acecha y acorrala robándote hasta el aire para respirar, congelándote sobre la piel el sudor, convirtiéndolo en escarcha.
Pero todo actor sabe que las sombras son mentirosas, y tú eres consciente de que aunque no puedas ver nada al otro lado, miles de ojos te interrogan acusadoramente y sin un atisbo de piedad.
Lo que no sabes es porqué estás allí. No era tu turno, ni te habías terminado de estudiar el guión. Ni siquiera te tocaba estar al tanto de los movimientos en el escenario, porque tu salida todavía quedaba lejos. La seductora música entre bastidores, el revoloteo de risas y sonrisas, de faldas y blusas, maquillaje y espejos, perfumes y danzas, ensayos y taconeos, el rumor de pies desnudos escondiéndose tras las cortinas, de besos desvergonzados fraguados en las esquinas, te mantenía absorto, preso de la ensoñación teatral de lo que siempre está oculto a las miradas de los demás. Te mantenía ufano, halagado, parte de un mundo privilegiado y mágico al que sólo un reducido número de afortunados tenían acceso. Y súbitamente, sin previo aviso, te ves arrancado de él.
Ese escenario del que creías conocer todos los secretos se te antoja ahora un territorio hostil, desconocido e infinito, porque infinitas te parecen las posibilidades de perderte en él. El silencio, que otras muchas veces habías interpretado como una muda admiración por parte de tu público, te amenaza con aplastarte bajo un peso indiferente a tu presencia. Tiemblas y te encoges, deseando poder plegarte sobre ti mismo una y otra vez hasta desaparecer, sin ser capaz de levantar los pies del suelo para apartarte de esos focos que te castigan con su atención. Se te va el calor, se te va la música, se te van las risas y los bailes, se te van los sueños de grandeza y las grandes ilusiones de conquista, quedándote casi vacío. Lleno, ese pequeño espacio, de frío y de una vergüenza que ríe de ti en voz baja, junto a tu oído.
Y a pesar de eso la oyes tan alto que crees que todos la oirán sobre aquel silencio apático.

Se te enciende entonces, en una chispa vaga, casi perezosa, la empatía.
¿Cómo puede llegar a ser la vida lejos de ficciones memorizadas?

[Imagen por michellis13]

lunes, noviembre 19

IASADE -110-


Lo único que resultaba antinatural en el piso de Ángela era el silencio. No era un silencio híbrido ni interrumpido, y tampoco era el espacio existente entre ruido y ruido dentro de un entorno doméstico. Allí el silencio lo dominaba todo, como si los propios ladrillos que eran el esqueleto del apartamento estuvieran hechos de silencio, como si cada objeto estuviera envuelto por él no sólo a los oídos, sino incluso a dedos propios o ajenos.

Era medio día ya, y detrás de las paredes contiguas, si se prestaba atención, se podía escuchar con claridad la sinfonía típica de aquella hora del día, compuesta por grifos y tintinear de vajillas y cubiertos con la televisión como música de fondo. En el piso de Amiss, sin embargo, lo único que se oía era de vez en cuando un levísimo aleteo imposible de percibir para los humanos.

- Bueno.- dijo Mikäh, frotándose las manos con impaciencia.- ¿Nos ponemos en marcha?
- ¿Es que me vas a acompañar?
- No exactamente.- respondió, esbozando una sonrisa de disculpa.- Voy a salir a estudiar un poco el lugar. Pero creo que no tardaré mucho, así que si quieres puedo ir a buscarte cuando termine.
- Mejor no, no quiero que me interrumpas.- Mikäh hizo un mohín.- No te lo tomes a mal, ya sabes lo que quiero decir.
- Eres una borde.
- He tenido un buen maestro. Déjame el mapa antes de irte.
- Pero si visitaste a Isaac anoche.
- ¿Y?- repuso ella, enfadada y cruzándose de brazos.- ¿Desde cuando soy capaz de memorizar un camino a la primera?

Mikäh se rió de ella sin ningún disimulo y le entregó un papel doblado varias veces sobre sí mismo.

- Anda, vete ya.
- ¡Luego te veo! ¡Suerte!

El falso ángel le sacó la lengua antes de abrir la puerta acristalada del balcón y echar a volar desde la barandilla. Amiss se sentó en el sofá y permaneció inmóvil unos minutos, observando el cielo de intenso azul hasta que el alma blanca se perdió en su inmensidad. Su corazón no funcionaba pero era capaz de sentir, su cerebro estaba muerto y aun así no podía dejar de pensar… y de recordar. Cuando había intentado imaginar a los padres de Isaac, el único rostro que había acudido a su mente había sido el de la señora Gwen, con sus ojos serios resguardados bajo el ala de una pamela azul, y casi había podido escuchar su suave voz diciendo “Así no, Cassidy”.

Cerró los ojos con fuerza un instante para borrar aquella imagen que le hacía sentir nostalgia y miedo a un mismo tiempo. Desdobló el mapa, lo miró con atención durante un rato y lo dejó encima de la mesa tras decidir que tampoco iba a acordarse al día siguiente. Se levantó y se quitó la ropa de humano que se había puesto para ir a la Facultad. Le resultaba pesada e incómoda, como una mentira. Como otra más. Apretó el broche plateado prendido a su vestido verde y notó cómo la gravedad se olvidaba de ella, cómo la sensación de ligereza buceaba en su interior para desenterrar una sonrisa que esperaba ser liberada en algún oscuro rincón. Y Amiss saltó con ella. Salió al balcón, cerró la puerta desde fuera y también echó a volar en manos del viento.

lunes, noviembre 12

Cicatrices invisibles

- La primera vez que lo hice tenía seis años.- la voz de la muchacha resonaba en las paredes desnudas. Se remangó la manga de la camisa hasta el codo y señaló una pequeña cicatriz.- Fue un arrebato, ni siquiera lo pensé. Mi madre había muerto. Una semana después, mi padre me dijo que debía evitar llorar fuera de casa y yo le obedecí aguantándome las lágrimas en el colegio. Mis profesoras me sonreían y me decían que era una niña valiente y fuerte que ya no estaba triste porque su mamá se había ido el cielo, y yo llegaba todos los días a mi casa deseosa de dar rienda al llanto con una mezcla de alivio y rabia. Un día, sin pensarlo, enfadada y ahogada en la pena, decidí que no era justo y me hice este corte para que la gente supiera que aunque yo no estuviera llorando, nunca dejaría de estar triste por aquello. Y a partir de ahí, empezó a convertirse en algo consciente. Yo, sin embargo, prefiero llamarlo "coherente". No lo hago por masoquismo, ni porque me guste mutilar mi propio cuerpo, pero pienso que hay una correspondencia entre las heridas del alma y el corazón y las heridas físicas. A menudo sufrimos, pero si sonreímos de forma convincente somos capaces de engañar a cualquiera, y cualquiera se deja engañar con facilidad. Las personas son más felices de esa manera.
Su interlocutor asintió de manera neutral mientras el ayudante que se sentaba a su derecha escribía rápidamente en una libreta.
- Entonces, ¿lo considera correcto?
- No entra en mis planes crear una secta ni una filosofía de vida, pero sí, para mí es algo correcto. Ustedes piensan que estoy loca y yo simplemente lo hago para demostrarle al mundo quien soy en realidad. Tengo un criterio, obviamente, y no voy por ahí rajándome por nimiedades. Me limito a reflejar en mi piel aquellas heridas que me han dejado una marca indeleble, para siempre. Y no las escondo. He conocido a tíos que al verme desnuda han dicho "tía, que morbo das". O bien porque les va el sexo masoquista en demasía o bien porque han pensado que si me he castigado de esta manera es porque he tenido que hacer cosas muy malas, y eso les ha puesto cachondos. He visto a gente que me mira con asco, cuando seguramente ellos mismos por dentro tienen el alma podrida por un dolor del que jamás podrán liberarse. ¿Y luego soy yo la que está mal de la cabeza?

[Imagen por Dream-traveler]

lunes, noviembre 5

IASADE -109-


El resto de la conversación derivó a temas menos importantes, pero igualmente delicados para Amiss. Isaac le preguntó cuál era su disciplina favorita y no supo qué contestar. Nunca había hecho nada de eso, no había pintado ni dibujado ni esculpido. Nunca había leído nada sobre Historia del Arte, ni acudido a ninguna exposición. No había hecho ni un garabato, jamás, y eso era algo que la preocupaba. Sabía que los altos cargos se ocuparían de modificar sus notas en el expediente si era necesario, pero el trabajo en clase era algo muy distinto y no había pensado en cómo hacerle frente. ¿Y si sus manos torpes no respondían como deberían hacer? ¿Y si sus dibujos eran horribles? ¿Qué pensarían sus compañeros, sus profesores e Isaac? Se suponía que Ángela estaba cursando tercero de la carrera y que tenía cierto nivel de destreza y conocimientos; no podía ir de novata y fracaso absoluto. Aunque no sabía cómo simular unas habilidades que no poseía.

Así que escapó de la pregunta de Isaac con “un poco de todo, todavía estoy descubriéndolo” y contraatacó con la misma pregunta para desviar de ella la atención y enterarse de las preferencias de su usuario. Al joven le gustaba el dibujo y la fotografía, sobre todo, y quería dedicarse al mundo del cómic o de la ilustración. Una vez que la camarera se hubo llevado la taza vacía del cappuccino y el plato limpio de napolitanos, Isaac sacó su bloc y le estuvo enseñando a Amiss sus dibujos. La Mediadora no tuvo que fingir admiración y sorpresa, porque sus creaciones eran realmente impresionantes. Los personajes parecían tener vida propia y los escenarios y ambientaciones evocaban sensaciones, olores y sonidos reales. Interiormente, se alegró de que Isaac fuera tan bueno en lo que hacía: si su Ambición era valerse por sí mismo en el mundo de las artes, el hecho de que tuviera talento era un gran punto a su favor para acelerar el proceso.

Mikäh apareció en la cafetería cuando quedaban diez minutos para el comienzo de la siguiente clase. Para Amiss, el verlo aparecer entre tantos humanos ruidosos y apiñados como una silueta grácil, blanca y luminosa, supuso todo un alivio. Y sonrió.

- Creo que deberíamos ir yendo. Ya casi es la hora.

Isaac guardó su bloc en la mochila y ambos se pusieron de pie.

***

El resto del día se desarrolló sin la menor emoción. Al ser el primer día lectivo, las clases fueron muy cortas. Los profesores abandonaban las aulas antes de media hora, tras explicar las nociones básicas del curso en pocas palabras y datos esquemáticos, dejándolos allí sin nada que hacer, mano sobre mano. Para Amiss, en cambio, aquel tiempo sin nada que hacer era una bendición, ya que pudo aprovechar el rato libre para hablar más con Isaac y enterarse de algo más acerca de su vida: aparte de una madre francesa tenía un tío griego y sabía algunas palabrejas en su idioma, había visitado algunas ciudades de Inglaterra y Escocia, así como de Bélgica, tuvo una época de dieta vegetariana, le gustaban mucho los animales y soñaba con tener un barco propio además de una caravana con la que dedicarse a ver mundo por su cuenta.
A pesar de su torpeza, las miradas de inquina y envidia que le dirigían sus compañeras de clase no les pasaron desapercibidas. Ni a ella ni a Mikäh, que se reía entre dientes mientras se mofaba de ellas sin miramientos.

- Hay que ver lo pavas que son las adolescentes mortales. Entiendo que puedan considerar atractivo a tu usuario, pero llegar al punto de mirarte así de mal… ¿qué intentan? ¿Quemarte con sus mortíferos rayos láser?

Sin embargo, después de la tercera clase, a Amiss ya le costaba un poco fingir tan buena predisposición ante las noticias de sus profesores. Mientras que el entusiasmo de sus compañeros, incluido Isaac, aumentaba con cada palabra, la Mediadora se sentía cada vez más encerrada en una trampa mortal de la que no tenía escapatoria digna, y ni siquiera las bromas de Mikäh o su ánimo conseguían hacerle olvidar el creciente nerviosismo.


Llegado el descanso de una hora entre clases, Isaac se levantó de la silla con la mochila ya colgada del hombro y una sonrisa cómplice.

- Yo me piro ya, esto es una pérdida de tiempo. Los profesores van a seguir repitiéndonos lo mismo una y mil veces a lo largo del curso y acabaremos aburridos de escucharlos. Prefiero irme a casa si no vamos a hacer nada productivo.
- Imítalo.- dijo Mikäh al instante.

Amiss intentó disimular su vacilación con un asentimiento firme de cabeza.

- Tienes razón, vámonos.

El odio en los ojos de las demás chicas había alcanzado su punto álgido cuando los vieron salir a los dos del aula, uno al lado del otro. Mikäh dijo una obscenidad y se rió de ellas antes de marcharse.

- ¿Tienes algo especial que hacer en casa?- preguntó Amiss, mientras bajaban las escaleras.
- Más o menos. Hoy tengo que ir a hacer la compra, y prefiero hacerlo ahora que esta tarde porque quiero venir a la facultad a informarme de algunas cosillas. ¿Y tú?
- ¿Yo? Pues nada en concreto. Creo que aprovecharé y me dormiré una larga siesta.
- Sí, es una buena idea. Ahora es el momento, porque dentro de un mes no vamos a tener mucho tiempo libre para dormir.- rió.- Me temo que yo me quedo aquí. Te acompañaría un rato… pero quiero encontrar a mi compañero de piso. Tiene que venir conmigo al supermercado. Nos vemos mañana, ¿no?
- Claro. ¡Hasta mañana!

Isaac le dijo adiós con la mano y ella se dirigió a la puerta de salida con Mikäh silbando entre dientes, un paso por delante.

- Bueno, no ha sido un mal comienzo. ¿Ves cómo no era una tontería tener miedo? Esto va sobre ruedas.
- No sé yo.- murmuró Amiss, en voz muy baja.- Las cosas se pondrán feas cuando me toque ponerme a pintar.
- Deja ya de pensar en eso. Tu objetivo no es sacar buenas notas, a ver si te enteras de una vez.- ella gruñó.- ¿Vas a seguirlo ahora?
- No puedes estar hablando en serio, mira toda la gente que está saliendo de aquí. No puedo esfumarme en el aire, tengo que llegar al piso primero y ya desde allí transformarme. Y ahora cállate, alguien puede verme hablando sola. Iremos a casa y desde allí, nos organizaremos.