sábado, febrero 4

Gotas de color en blanco y negro

Al otro lado de los barrotes metálicos, la puerta permanecía cerrada. Un zumbido, constante e inquieto, bullía y la atravesaba como si estuviera hecha de papel, metiéndose dentro de las venas de los presos y envenenando su ritmo cardíaco con tensión y miedo. La luz marchita que se conseguía colar a través de las pequeñas ventanas superiores de la habitación se derramaba a gotas y desaparecía antes de tocar el suelo, dejando la sala gris igual de gris. Sólo dos prisioneros hablaban en murmullos y el resto no se atrevía ni a levantar los ojos del suelo, temerosos de ver algo inesperado en ojos de aquellos con los que compartían celda desde hace años. Todos sentían que algo se les retorcía y moría lentamente en su interior... sintiéndose también víctimas de una extraña y dolorosa impotencia al no saber reconocer qué era aquello que perdían. Ni siquiera la consternación de los propios guardias, apostados uno a cada lado de la puerta, servía como consuelo para su angustia.
Ninguno de ellos conocía la identidad del reo al que habían ocultado en la habitación. Tampoco los policías a los que habían dejado custodiando la entrada. La figura a la que había acompañado todo un escuadrón de soldados había sido cubierta por una sábana de los pies a la cabeza, como si ya estuviera muerto a pesar de andar y moverse por sí mismo.

De repente, se escucharon gritos. Unos gritos de espanto, de terror, frenéticos, seguidos del ruido de sillas al caer, de más gritos, farfullos sin sentido y coronados por un disparo que sumió la prisión entera en un silencio absoluto que no llegó a durar ni una milésima de segundo antes de que los gritos se reanudaran. Los presos se encogieron como niños asustados y las manos de los policías temblaron al sacar sus pistolas y empuñarlas con fuerza. La puerta se abrió de un golpe brusco, revelando la escena que se desarrollaba en su interior.
Tres de las cuatro sillas que rodeaban la mesa metálica habían caído de espaldas. Encima de la mesa había un rifle y a su alrededor cinco hombres. Tres de ellos estaban de pie, uno se agarraba la cara con las manos clavándose, sin darse cuenta, las uñas en la piel. El más alejado se mantenía completamente pegado a la pared intentando poner desesperadamente la máxima distancia entre él y el bulto que yacía desplomado sobre la mesa, frente al revólver, y el más entero señalaba el cadáver con un dedo. Otro permanecía sentado en el suelo, al lado de la puerta, tapándose los ojos, y el último se apresuró a levantarse y salir corriendo horrorizado de la habitación.
Los prisioneros se incorporaron, sin preocuparse que nadie pudiera prohibírselo, y se acercaron con pasos vacilantes para examinar mejor el bulto sobre la mesa. Estaba envuelto, parcialmente, por una sábana blanca.
- ¡¿Qué cojones es eso?! ¡¿Qué cojones es ese color?! ¡¡Que alguien me explique qué está pasando aquí!!
Pero por mucho que señalara, nadie era capaz de responderle.
La sábana ya no era del todo blanca. El hombre, pues era un hombre, se había desplomado sobre la mesa tras recibir un certero disparo en la frente. Y su sangre, en vez de manchar la sábana de negro, la había empapado de...
Los prisioneros retrocedieron, acobardados ante lo que veían. A más de uno se le escapó un grito y más de dos se giraron para apartar aquella imagen de su vista. Menos uno de ellos, que morbosamente fascinado dio un paso más hacia delante.
La sangre de aquel hombre era de un color nuevo. Un color intenso, brillante, caliente. Un color asombroso.
- ¡¡Tapen esa cosa!!- gritó el hombre señalador, apuntando con su dedo a uno de los policías.
El pobre desgraciado tragó saliva y elevó quedamente una plegaria al cielo antes de aproximarse para cubrir por completo el rostro del hombre muerto y la herida redonda de su frente, que no dejaba de manar aquella sangre tan vivaz.
Pero justo antes de que lo hiciera, el prisionero llegó a ver otra cosa mucho más increíble que el color extraño de la sangre. En el hombro del cadáver había un dibujo. Pero no un tatuaje en blanco y negro, o grises, como los que llevaba todo el mundo. No... el tatuaje de aquel infeliz era de colores nuevos. De muchos colores nuevos.
Se le puso la piel de gallina.

1 comentario:

InfusionDeLotoNegro dijo...

Gaiman podría haber sacado mucho jugo de esto, “hasta hacer una novela”, o mejor y mas acorde, un comic…
Me ha gustado, frenética la escaramuza en la celda. ¿Es mi imaginación o es cierto que este hombre misterioso tenia tinta en vez de sangre?, como si fuera un nuevo tipo de Doppelgänger o mejor dicho, como si fuera un golem de tatuaje.

Me ha gustado, si señorita. (Para variar)