lunes, mayo 11

Las Puertas de Kat Hing Wai

Os dejo esto para no irme sin nada, pero hasta el día 19 o 18 no creo que volváis a saber nada de mí. Sed buenos en mi ausencia, traeré muchas cosas interesantes que contar para entonces =)

***

Todos los cabeza de familia estaban sentados alrededor de Zheng Yuen-Lia, que permanecía en silencio. Las mujeres acababan de abandonar la habitación tras cerrar las ventanas y correr las cortinas, y sólo la luz de unas pocas velas revelaba ahora las caras preocupadas que me rodeaban. No sabía porqué me encontraba allí y ni siquiera lo más importante: cómo había acabado en aquella habitación. Después de todo, yo sólo era un prisionero, y tenía menos privilegios que un buey o un cerdo.

El rostro de Zheng Yuen-Lia era inexpresivo y frío como la piedra. Sus pequeños ojos sólo reflejaban una oscuridad profunda y azul. Si el dicho de "los ojos son la ventana del alma" era cierto, entonces él estaba vacío por dentro. Podía sentir la tensión en el aire, las preguntas que el resto de los presentes ardía en deseos de formular y su miedo por las respuestas que podían obtener. En cualquier otra situación no me hubiera sentido parte de aquello, pero sabía que mi propio cuello estaba en peligro. Finalmente Zheng Yuen-Lia habló, y cuando lo hizo no pudo ocultar un deje de ultraje en su voz.

- Nos llaman los "Nuevos Territorios", como si ellos nos hubieran descubierto. Esos endemoniados extranjeros han ganado la Guerra del Opio y tienen Hong Kong en sus manos, pero no les permitiremos hacerse con nuestra aldea. ¡Somos los descedientes del Emperador Gaozong de la Dinastía Song! Nuestros ancestros protegieron Kat Hing Wai y nosotros haremos lo mismo. Si quieren atravesar nuestra muralla, lo harán bañados en su propia sangre.

El resto de los cabezas de familia mostró su conformidad asintiendo con vehemencia. Algunos de los ojos brillaban con entusiasmo, pero también pude ver brillos de preocupación e inseguridad en algunas caras. Todos sabían cuán poderoso era el Ejército Británico y todos habían oído las noticias que hablaban de cada vez más aldeas sucumbiendo bajo su fuerza.

- ¿Cuándo llegarán, Yuen-Lia?- preguntó un hombre.
- Estarán aquí en dos días.- contestó.- Necesitamos prepararnos. Quiero que la aldea entera esté lista, incluyendo mujeres y jóvenes chicos y chicas.
- ¿No será demasiado arriesgado?
- Sí, pero es necesario.
- ¿Puedo preguntar, Yuen-Lia, porqué está él aquí?- preguntó entonces alguien entre la multitud, señalándome.

Aparté mi mirada de Zheng Yuen-Lia y me incliné hasta tocar el suelo con la frente.

- Niwa Kusari.- dijo él.- Sabía que me servirías mejor si te mantenía vivo, y ahora ha llegado el momento de utilizarte. Si consigues realizar la tarea que te voy a encomendar, podrás abandonar tu celda y vivir en una casa en la aldea, aunque seguirás siendo un prisionero y estarás bajo vigilancia. Mírame.

Obedecí, temblando. Tenía miedo de escuchar la tarea que Zheng Yuen-Lia quería que llevara a cabo. Debía implicar un gran riesgo si no quería que sus propios hombres la ejecutaran. Sus gélidos ojos se clavaron en los míos y deseé volver a mi posición anterior, arrodillado como un mero esclavo.

- Mañana por la noche dejarás la aldea, irás a espiar a los británicos y después volverás.

Aquellas palabras eran una clara sentencia de muerte. Por supuesto que me recompensaría si era capaz de regresar con vida; las posibilidades eran tan remotas que eran prácticamente inexistentes. Yo era perfecto para la tarea: sólo un prisionero japonés cuya muerte era deseada por la mayoría de los cabeza de familia de la aldea. Prefería pasar el resto de mis días en mi celda de prisión antes que aceptar la misión, pero desafortunadamente no tenía alternativa. Si me negaba, estaba muerto. No dije nada; no era necesario. Zheng Yuen-Lia me despidió y dos de sus hombres me agarraron por debajo de los hombros, sacándome fuera de la estancia.

De nuevo en mi celda, me tendí sobre frío y húmedo suelo y miré a través de los barrotes de hierro que cerraban la única y diminuta ventana al exterior, para ver la luna y las estrellas, que brillaban con fuerza e ignorantes sobre nosotros. Intenté pensar en la mejor forma de recibir mi propia muerta, de estar preparado para ello, pero me fue imposible. No quería morir. El deseo que había pedido noche tras noche mientras contemplaba el firmamento había sido la libertad, a pesar de saber que esperaba un milagro más que improbable. Añoraba tantas cosas de la vida que había dejado atrás... cosas que tenía que olvidar, pues estaba convencido de que no las volvería a recuperar jamás. Si los británicos me atrapaban... podía intentar salvar el pellejo dándoles información a cambio de conservar mi vida, pero ya estaba cansado de no ser leal a nada, de engañar y de deshonrar mis propios principios. Si el precio que se requería para evitar a la muerte era traicionar mis ideales y unirme a aquellos extranjeros, entonces moriría gustosamente, incluso por la gente de Kam Tin. Ese pensamiento me hizo sentir algo de paz y me permitió dormir.


El día siguiente fue sólo un parpadeo ante mis ojos. Cuando desperté el sol ya estaba alto en el cielo y alguien me miraba fijamente a través del pequeño hueco en la puerta de mi celda, dos ojos que conocía bien; cálidos y castaños. Nunca la había escuchado hablar, pero ella era la encargada de traerme alimento. Aquel día, en vez de tan sólo pan y agua me dio leche y té verde, fruta y una modesta porción de torta de sésamo. Parecía que Zheng Yuen-Lia tenía cierto interés en la información con la que pudiera obsequiarle si volvía con vida, después de todo.

El tiempo pasó rápida y silenciosamente y cuando alcé la cabeza para mirar a través de la ventana, el sol ya no era visible y las nubes eran carmesíes y púrpuras. Escuché unos pasos que se aproximaban y poco después, la puerta al abrirse. Frente a mí se encontraba uno de los hijos de Zheng Yuen-Lia, Sha Yuen-Lia, sujetando un farol con una mano y ropas nuevas bajo el otro brazo. Su expresión era inescrutable al arrojarme las ropas y ordenarme ponérmelas. Tal y como esperaba, no me dio ningún arma. El hecho de que pudiera matar a un miembro del Ejército Británico sólo empeoraría la situación.

- Ve hacia el oeste.- dijo, antes de darse media vuelta y desaparecer en la oscuridad.

Los hombres de Zheng Yuen-Lia me acompañaron hasta las puertas de la aldea sin decir una palabra. Era una noche hermosa fuera de la celda; las estrellas parecían cantar quedamente, latiendo despacio; no era una mala noche para conocer la muerte. Las puertas se abrieron, abandoné la aldea y después se cerraron a mi espalda. Estaba solo y no tenía tiempo que desperdiciar.

A pesar de dirigirme al oeste tal como Sha Yuen-Lia me había indicado, no sabía dónde podían haber acampado el Ejército Británico. Me escondí como pude en el bosque, aunque no me ofrecía suficiente protección. Las plantas y los árboles estaban empezando a echar nuevos brotes y sus pequeñas hojas verdes casi translúcidas apenas eran capaces de camuflarme. Acostumbrado al silencio de mi celda, el bosque me parecía demasiado ruidoso y salvaje. No conseguía acallar mis pasos y los crujidos de guijarros y ramas caídas parecían gritos en mitad de la noche. Sin embargo, no tenía miedo: conocía el bosque bastante bien, pues había estudiado aquel territorio cuando mi gente y yo habíamos intentado atacar Kat Hing Wai y fracasado en el intento. Ahora estaba oscuro, pero el resplandor de la luna me ayudaba a ver y aunque el aire era frío, mi cuerpo estaba caliente. Tenía pies ágiles y piernas rápidas, un par de brazos y manos fuertes. Era cierto que serían inútiles en caso de encontrarme con un tigre, pero por esa razón me quedaban mis plegarias.

Corrí durante horas, no sé cuántas exactamente, porque el tiempo parecía haberse detenido. No entendía cómo mis pies eran capaces de seguir corriendo; excepto aquel día, mis comidas habían sido de una calidad muy pobre. Quizá era la adrenalina, o el deseo de sentir todo cuanto pudiera sentir durante mis últimos momentos de vida, aunque fuera un agudo dolor en cada fibra nerviosa de mi cuerpo. Cuando me detuve, falto de aliento, mis piernas no pudieron sostenerme y caí sobre la tierra, sintiendo un intenso dolor en todas las extremidades de mi cuerpo. Sólo entonces la idea de escapar cruzó mi mente, y me reí suavemente. No era tan ingenuo: escapar no era ni siquiera una opción a tener en cuenta. Podría haber escapado de Zheng Yuen-Lia y del Ejército Británico, ¿pero a dónde habría ido después? No había ni un sólo lugar seguro para mí en toda China. Y tal vez el próximo grupo de chinos que me encontrara creyera que sólo merecía morir.

Escuché algo, un sonido que no pertenecía al bosque. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiració e intentando escuchar más atentamente. Susurros, unos metros más adelante. Me puse en pie y me escondí tras el tronco de un árbol, espiando en la distancia. Pude reconocer dos figuras humanas caminando cerca del límite del bosque, iluminando sus pasos con una linterna: el Ejército Británico. Intenté serenarme y pensar en una estrategia que me permitiera acercarme a su campamento. Escudriñé en la oscuridad y cogí del suelo una larga rama y algunas piedras, tras lo que me aproximé tan silenciosamente como me fue posible, sin perder de vista a los dos soldados.

Lancé la rama y las piedras con toda la fuerza que me quedaba, que no era mucha. Al menos la distracción funcionó: los soldados escucharon el ruido y cambiaron el rumbo de sus pasos. No desaproveché la oportunidad. Caminé en dirección opuesta y me agazapé entre la hierba, intentando ver algo más allá de los árboles. Y lo vi. Tantas tiendas que no pude contarlas todas, hombres armados y algún tipo de maquinaria desconocida para mí, parecida a un cañón. Oí un grito y busqué refugio en la profundidad del bosque. Por un momento, no supe qué debía hacer. ¿Debía intentar ver algo más o aquello sería suficiente para complacer a Zheng Yuen-Lia? Unas voces y pasos cercanos decidieron por mí; mi cuerpo reaccionó por sí solo y eché a correr de nuevo, hacia el lugar que en aquel momento era lo más parecido a un hogar.

El alba pendía sobre las colinas cuando por fin llegué a las puertas de Kat Hing Wai. Estaba completamente exhausto y era incapaz de dar un paso más, por lo que caí de rodillas, luchando por respirar, sobre el puente que cruzaba el foso de la aldea. No podía ver ni escuchar nada aparte de los acelerados latidos de mi corazón, pero sentí que alguien me agarraba y tiraba de mí hacia el interior. Me llevaron ante Zheng Yuen-Lia inmediatamente, y sólo cuando estuve en la sala principal, arrodillado frente a él, alguien me dio un vaso de agua. Bebí como si jamás hubiera probado una sola gota en toda mi vida y a pesar de seguir sediento tras acabarlo, no pedí más. Mi visión estaba borrosa y ligeramente distorsionada, y me encontraba mareado. Alcé mis ojos hacia Zheng Yuen-Lia.

- ¿Has conseguido llevar a cabo tu tarea, Niwa Kusari?- preguntó severamente.
- Sí.
- ¿Qué has visto?
- Vi muchas tiendas, al menos una docena. Muchos hombres y armas.
- ¿Qué tipo de armas?
- No lo sé, nunca antes las había visto. Parecen cañones, pero son más pequeñas y delgadas.
- ¿Te han visto?
- No.

Zheng Yuen-Lia hizo una señal a uno de sus hombres y me dieron otro vaso de agua.

- ¿Crees que tenemos posibilidades?

Aquella pregunta me pilló desprevenido, pero consideré cuidadosamente mis palabras antes de contestar.

- Sí. Pero... si la información que escuche aquí ayer es correcta, los británicos no tienen intención de atacar la aldea ahora.
- Sí, no tienen esa intención de momento. Pero ya nos consideran parte de su territorio.
- Lo que quiero decir es que quizá no debéis luchar contra ellos hoy. Por supuesto que podéis hacerles ver que no son bienvenidos, pero creo que es más prudente esperar. Podéis luchar hoy, aunque tu gente no esté totalmente preparada, y ganar, pero entonces el Ejército Británico no tendrá piedad y destruirán la aldea.

Tan pronto como terminé de hablar, me arrepentí de haberlo hecho. ¿Habría dicho demasiado? Pero Zheng Yuen-Lia no parecía furioso; por el contrario, parecía estar considerando sus palabras seriamente.

- Así que lo dices... es que debemos atacar si ellos nos atacan primero. Y estar preparados para esa ocasión.
- Sí.
- Tal como te prometí, Niwa Kusari, tendrás un lugar donde vivir en la aldea y también un trabajo. Espero que lo desempeñes de forma satisfactoria.
- Lo haré lo mejor que pueda. Gracias.

Me guiaron fuera de la vivienda de Zheng Yuen-Lia hasta una pequeña casa cerca de la prisión y de la Escuela de Entrenamiento. El edificio era muy modesto y no estaba en muy buenas condiciones, pero a mí me pareció un palacio. Sólo tenía una cocina, un comedor y un dormitorio, pero sus vistas daban al jardín de la Escuela de Entrenamiento y desde allí podía contemplar el florecer de los cerezos. El suelo era de madera, las paredes estaban pintadas de blanco y el mobiliario era austero. Había luz en el interior de la casa cuando entré, flanqueado por dos de los hombres de Zheng Yuen-Lia.

- Siempre habrá alguien vigilándote.- dijo uno de ellos, de forma hostil.- Puedes dormir dos o tres horas ahora, pero después debes dirigirte al Templo. ¿Entiendes?
- Sí.
- No vivirás solo.- añadió, señalando a la puerta de la cocina.

Me giré y vi a una mujer. Era más joven que yo, hermosa, y vestía un vestido tradicional. La reconocí. En realidad, sólo reconocí sus ojos, cálidos y castaños: era la mujer que me había traído comida en la prisión.

- Es una de las nietas de Zheng Yuen-Lia.- explicó el hombre, y pude detectar desaprobación en su voz.- Estará aquí durante el día y cocinará para ti. Su nombre es Xia Lia-Hou. Si te atreves a tocarla, morirás.

Asentí y ellos se marcharon de la casa. Mi casa ahora. Xia Lia-Hou y yo nos miramos el uno al otro durante un momento hasta que ella inclinó la cabeza y desapareció en la cocina. Observé el casi vacío comedor y me dirigí al dormitorio. La llama de una vela encendida tembló cuando cerré la puerta. Las paredes estaban desnudas, había un armario, un escritorio y la única cosa que me preocupaba en aquel instante: una cama. Me tumé sobre ella sin desvestirme y en menos de un minuto, me quedé completamente dormido.

Cuando Xia Lia-Hou me despertó, me dio la sensación de que acababa de cerrar los ojos en aquel mismo instante. Me sentí desorientado al principio, pero todo lo sucedido la noche anterior vino a mi mente en un segundo. Xia Lia-Hou puso una bandeja sobre el escritorio y pude aspirar el delicioso aroma de bollos de arroz y té. Mi estómago rugió.

- Debes comer rápido e ir al Templo.- me dijo.

No pude evitar notar lo hermosa que era. Hacía mucho que no veía una mujer, pero aparte de eso, era realmente bonita. Tenía una figura delgada, cabello largo y sedoso de color negro, piel pálida y aquellos brillantes ojos. Y no me miraba con asco y furia. Cuando salió de la habitación me puse en pie y devoré el desayuno. También era buena cocinera. Al acabar, abrí el armario y lo encontré vacío, por lo que me dirigí al Templo con las mismas ropas que Sha Yuen-Lia me había dado cuando salí de prisión. No eran de mala calidad, pero estaban sucias: había corrido a través de un bosque y había estado tendido en el suelo.

El camino hacia el Templo no fue fácil. No recordaba su ubicación, así que tuve que pedir indicaciones. Aunque Zheng Yuen-Lia no me había perdonado, al menos había obviado mis acciones pasadas, pero el resto de la gente de la aldea no pensaba igual. Me miraban con el rechazo claramente pintado en sus expresiones, nadie contestó a mis preguntas y algunos de ellos me escupieron a los pies.

El Templo era un hermoso edificio, aunque no muy grande. Estaba rodeado por huertos y jardines de árboles frutales, y en aquel momento los gongs estaban sonando. Había monjes por todas partes, vestidos en sus túnicas naranjas y perdidos en sus propios pensamientos. Nadie me prestó atención, excepto por un joven que me hizo un gesto y comenzó a andar. Le seguí.

Me llevó a una habitación pequeña cerca de un jardín, donde un anciano monje me estaba esperando. El hombre estaba alimentando unos bellos pájaros de plumas azules encerrados en jaulas de madera, susurrándoles y cantándoles suvemente. Incliné la cabeza pero no dije nada, y esperé. El monje no habló durante cinco minutos.

- Zheng Yuen-Lia me dijo que no sabes cómo escribir chino.
- Es cierto.
- Aprenderás aquí.- dijo el anciano, mirándome... casi con amabilidad.- Y después enseñerás a nuestros niños pequeños. ¿Tienes algo que objetar?
- No. Estaré encantado.
- Yo seré tu maestro, pero ahora no puedo...

Escuchamos a alguien correr y el joven que había venido conmigo se asomó a la puerta. Parecía asustado.

- Los extranjeros están aquí.

El anciano monje me miró, pensativo. No parecía nervioso.

- Ve a la entrada del pueblo.- me dijo.

Asentí y salí de la estancia. Los monjes no abandonaron el Templo; la mayoría de ellos actuaba como si nada estuviera pasando, pero algunos tenían caras preocupadas. Me di prisa, estaba un tanto ansioso. ¿Cuáles serían los planes de Zheng Yuen-Lia? La aldea no estaba preparada para una batalla ni existía el espíritu necesario para la lucha.

La plaza principal frente a las puertas estaba atestada: hombres, mujeres, gente joven y vieja e incluso niños. Vi a Zheng Yuen-Lia y al resto de su familia, y suspiré aliviado cuando observé que no estaban vestidos para la batalla. Reconocí a Xia Lia-Hou entre la gente, sosteniendo la mano de una anciana. Los habitantes de la aldea gritaban "demonios extranjeros" mientras golpeaban los gongs y lanzaban huevos podridos al Ejército Británico, al otro lado de las puertas. Me atreví a preguntar al hombre que tenía a mi lado.

- ¿Qué está pasando?
- Esos demonios quieren entrar en la aldea.- me dijo, sin mirarme.- Pero Zheng Yuen-Lia...

No pudo terminar la frase, ya que en ese instante un poderoso y terrorífico sonido acalló los gritos de la multitud con brutalidad. Creo que dejé de respirar por un minuto. Algunos niños empezaron a llorar, y se escuchó una voz que no comprendimos bien: su cantonés dejaba bastante que desear.

- ¡Soy Stewart Lockhart, lidero esta Comisión y estoy aquí por petición del nuevo Gobernador de Hog Kong, Sir Henry Blake! Quiero que sepáis que tengo conmigo a setenta y cinco hombres, marines británicos, y dos Maxim Guns que no dudaré en utilizar contra vosotros. Si no abréis las puertas, las derribaremos.

Toda la gente de la plaza se giró para contemplar a Zheng Yuen-Lia. Él apretó los labios y frunció el ceño. Permaneció en silencio por lo que se me antojó una eternidad, pero finalmente alzó una mano y asintió sin decir nada. Sus hombres vacilaron por un segundo, pero obedecieron, levaron el puente y abrieron las puertas.

1 comentario:

Carlos dijo...

Vale, he tardado un ratito en leerlo pero ya he acabado.
Y lo cierto es que yo me habría aliado con los Británicos, pero yo soy bastante cabrón xD
Un beso
Carlos
PD: Vuelve pronto xD