martes, abril 17

El polvo cae y se acumula

Este lugar no es más que un rincón polvoriento más.
Poco importa el relieve del paisaje o las características del mobiliario, ya que sumergidos en el gris no se distinguen ni rasgos ni colores. Aquí los sueños e intenciones bostezan una y otra vez, las esperanzas desesperan marcando los días sobre paredes agrietadas por el tiempo. Los recuerdos han echado raíces que se han perdido bajo el polvo, amo absoluto del suelo y los corazones de sus pasajeros. Entierra los suspiros haciéndolos eternos, emborrona las facciones convirtiéndolas en máscaras apáticas, roba el rumbo de los pies enredándose en ellos y los arrastra hacia el olvido.
Pero aún así, el polvo es hermoso expuesto a la luz. Nunca cesa de moverse y su baile infinito es como un lánguido huracán de minúsculas partículas ardientes e indecisas. Mágicas y nostálgicas.
Quizás por eso el polvo captura almas, a la puesta de sol.

[Imagen por iteatsbrainsx]

martes, abril 3

Neo Romanticismo

La mujer apartó finalmente los ojos y depositó en la mesa la carpeta negra que llevaba en la mano, sentándose después en la esquina y volviendo a observarle sin el más leve pestañeo. Daba la sensación de ser una figura de piedra, de que ni siquiera respiraba.

- ¿Debo decirle de qué se le acusa, o lo imagina?
- Proceda, inspectora. No quiero privarla de desempeñar su labor íntegramente.- respondió él, riéndose entre dientes de un chiste secreto que nadie más parecía entender.

La mujer, sin dejar de mirarlo, regresó la carpeta a sus dedos y la abrió.

- Señor Wells, se le acusa de posesión, consumo y tráfico de drogas. Aunque imagino que no es algo que le pille por sorpresa.

Su sonrisa se ensanchó mientras se encogía de hombros con un ademán de modestia.

- ¿Qué puedo decir? Soy un hombre generoso. Me gusta compartir.

La inspectora devolvió la carpeta a la mesa y se sentó frente a él. Se sacó un paquete sin estrenar de tabaco y un mechero, ofreciéndole uno con un gesto.

- Sólo tomo estupefacientes, pero gracias.

Ella se encendió uno y le dio una larga calada, reclinándose. Se cruzó de piernas.

- Sabe, señor Wells... yo no me metí a poli al escuchar la vocacional e irresistible llamada del bien público. Tampoco soy idílicamente amoral en mi elección ya que me pone coger a los malos, pero la razón primordial fue la fascinación que siempre he sentido por la mente criminal, por su psicología. Y eso de los gabinetes me parece de lo más adormecedor.
- No conlleva la misma dosis de adrenalina, lo comprendo perfectamente. Debe ser complicado conseguir estados alterados por vía legal.
- Usted me intriga. Su carrera como traficante comenzó pronto y durante diez años su historial se mantuvo impecable, pero entonces cometió un desliz y lo cogieron. Ha estado en presión veinte años, dirigiendo su fructífero negocio tras los barrotes, y hace tan sólo dos días que salió libre con la condicional. ¿Qué hace tan pronto en comisaría? ¿Nos echaba de menos?
- No, inspectora, la edad todavía no me ha vuelto tan sentimentalista. Pero sí torpe y descuidado. Las drogas pasan factura al cuerpo más pronto que tarde y mi brillantez se ha deslucido un poco. Sin embargo, me haría un gran favor si este error apareciera como un acto de desfachatez soberbia por mi parte.
- ¿Nunca sopesó las consecuencias de darse a la mala vida, señor Wells?
- No me ha hecho falta, mi Pepito Grillo siempre ha estado de acuerdo conmigo. Verá, señorita... no soy ningún inconsciente. Soy un drogadicto y puedo estar tocado del ala, pero eso es porque soy un romántico. Yo debiera haber nacido en el siglo XIX. ¿Sabe cuáles eran las bases del Romanticismo? El inconformismo y la pasión por la aventura. Los románticos se inspiraban en lo exótico, en lo extremo, en lo desconocido, lo irreal, lo surreal, lo paranoico, lo ajeno, en lo terrible, lo sublime, lo sobrenatural, lo mágico e inexplicable. Y se ponían hasta las cejas infinidad de veces. Nuestra sociedad actual está plagada de reorrománticos que están creando una nueva generación. El mundo se acaba, y cada vez más gente recurre a las drogas para vivir sus sueños aunque sea por un tiempo límite, para emocionarse y sentir... algo más. Y como he dicho antes, a mí me gusta compartir.

[Imagen por NegativeFeedback]

miércoles, marzo 21

No tenemos miedo

- No tenemos miedo.
Aquella frase se perdió insignificante en la violenta tempestad que había abierto el cielo sobre sus cabezas. El viento lloraba como suya aquella herida ajena, chillaba huracanado silenciando a la humanidad con absoluta y despiadada implacabilidad. Los niños gimoteaban y los adultos de todas las edades se lamentaban como niños desamparados por dentro y por fuera. El gris ceniza permanente se arremolinaba en torno a ellos preparándose para hibernar hasta fosilizarse, amenazando con convertirlos en estatuas de ojos pétreos fijos en el firmamento.
Nadie recordaba ya cuando se extinguieron las últimas luces.
- No tenemos miedo.
- Es justo, pero no todos lo merecemos.
Y conforme los cúmulos negros de nubes se apartaban y aquel desconocido resplandor de naturaleza casi mística crecía alimentándose de su pánico, sólo algunos se dieron cuenta de que estaban equivocados.

"Si tan desesperados estábamos por salir de la oscuridad... ¿por qué ahora tememos a la luz?"

[Imagen por William Turner]

miércoles, marzo 7

Temor a los dioses

- No he escuchado tus oraciones en el rito de esta tarde.

Ia asomó la nariz por encima de la manta, tiritando de frío. Su respiración caliente se convirtió en una nubecilla dispersa de vaho delante de sus ojos, enturbiando por un instante el resplandor de la antorcha que ardía lentamente. No distinguía la mirada de su madre en la oscuridad, pero sabía que la estaba observando con duro reproche.

- No las he recitado.
- ¡¿Por qué, Ia?! No te entiendo. ¿Es que te gusta estar muriéndote de frío? ¿Quieres que todos acabemos congelados?
- No.
- Pues entonces debes rezar, para que los dioses nos oigan y nos envíen el fuego del cielo, que da calor y vida.
- Me da miedo el círculo de fuego.- dijo en un susurro.
- Me preocupas, hija. No haces más que pensar y decir cosas sin ningún sentido. ¿Te da miedo el círculo de fuego? Más miedo debería darte este frío que nos hiela la sangre, nos mata la comida y amenaza con sepultarnos a todos con nieve y lluvias. El fuego del cielo nos hará renacer.
- ¿Y si se cae? ¿Y si se cae el círculo de fuego? Nos quemaríamos, todo se quemaría, y moriríamos de todas formas. Prefiero morir de frío a morir ardiendo, madre.
- Los dioses no dejarán que se caiga.
- Yo no estoy tan segura. ¿Qué piensan ellos de nosotros? Tal vez nos odien.
- Es posible, pero nos odiarán más si no los adoramos, y tú no estás colaborando.
- Me dan miedo ellos también. Poner nuestras vidas en manos de los dioses es un error.

La sombra de su madre avanzó hacia ella rápida e imparable, y cuando estuvo lo suficiente cerca de ella para que Ia pudiera ver sus labios agrietados fruncidos con rabia, sintió una bofetada caliente y palpitante en la mejilla que le ladeó la cara.

- Te prohíbo que digas una sola palabra más al respecto. Como te escuche de nuevo hablar así... te juro que te expulso de aquí. Eres mi hija, pero no la única, y si sobre ti recae la ira de los dioses por semejante traición de espíritu... te querré bien lejos del resto de mi familia. ¿Me has entendido?
- Sí, madre.
- Espero que sea verdad. Ahora levanta de ahí, y ve a ver al Extranjero. Tiene unos ungüentos que darnos.

Ia salió de bajo la manta y sacudió sus extremidades, ateridas de frío, para despertarlas un poco. El calor consecuencia del bofetón de su madre había desaparecido igual de rápido que una llama se extingue bajo una tormenta, dejándola sin apenas un resquicio de calidez en el interior. Dentro del cuerpo sólo tenía miedo.

[Imagen por AspendingKills]

miércoles, febrero 29

IASADE -99-

Mikäh la llevó a Italia por orden de los Sabios: a Cagliari, una ciudad en el sur del país y capital de la región autónoma de Cerdeña en la zona meridional de la isla de Córcega. Desde las alturas no era más que una insignificante mancha como todas las demás, irrelevante e intrusa en el verde primigenio del planeta, pero conforme las nubes se disolvían y quedaban a la cola de su estela veloz… la mancha se agrandaba y dividía con rapidez, como una enorme célula vibrante.
Los puntos indefinidos se convirtieron en edificios y los confusos trazos sin sentido en un entramado de carreteras que serpenteaba sobre la costa, ramificándose en torno al golfo e incluso sobre el propio mar, cuajado de muelles y barcos. Las casas eran de tonalidades pastel, marroncíneas, anaranjadas, blanquecinas, amarillentas, ocres, rosáceas… arracimadas de forma desordenada, apretadas entre sí, contrastando intensamente con el intenso color azul del océano.

El falso ángel aterrizó haciendo equilibrismos sobre la punta de una veleta plateaba que coronaba el tejado rojo de una casa próxima a una plaza con una pequeña iglesia. Un grupo de niños jugaba al fútbol bajo la mirada desaprobadora de tres ancianas vestidas de negro que descansaban en un banco junto a la entrada del templo y una pareja de turistas que, con gorros para proteger sus cabezas del sol, rodeaban la casa con ojos clavados en un mapa de la ciudad. Se respiraba allí un agradable aroma a sencillez y humildad.

- No está mal, ¿eh? No puedes quejarte de que los Sabios no te manden a sitios bonitos.
- No, sobre eso no puedo decir nada.- admitió, contenta.- Bueno, vete. Te llamaré cuando acabe.
- Eres muy antipática cuando quieres.
- No me seas crío, las normas son las normas.
- Las normas te las puedes saltar, están para eso.
- No, no puedo. Necesito estar sola para esto. Tranquilo, no voy a meterme en problemas.
- ¿Me lo prometes?
- Te lo prometo.
- ¿Me lo garantizas?
- Sí.
- ¿Me lo juras…?
- Que sí, pesado. Adiós.

Mikäh rió, le revolvió el pelo con ternura y alzó el vuelo de regreso a la Capital.

Y cuando lo perdió de vista, respiró más tranquila. Mikäh no le molestaba en absoluto: era su confesor y el único con el que podía hablar de sus problemas. Aparte, era su amigo y sentía por él algo muy fuerte que no quería pararse a examinar con detenimiento. Pero elegir un usuario era una tarea que debía hacer sin ayuda de nadie, sobre todo ahora que era consciente de que la conexión entre sus usuarios y la vida de Cassidy era una certeza real; había tenido mucho tiempo para pensar sobre ello y las semejanzas eran claras, lejos de simples casualidades.

Observó a Cagliari con los ojos entrecerrados, intentando averiguar a simple vista qué relación guardaba con ella. La Coruña era la ciudad donde Cassidy se había mudado con Michael al dejar su hogar, Nueva York era el lugar que la vio nacer y Belice era el sitio al que se había marchado su madre cuando ella no quiso acompañarla.
Porque, tras los recientes descubrimientos y el tiempo que había dedicado a repasar todos los datos que tenía, había descubierto que la señora Gwen había sido su madre. La madre de Cassidy.
Sara, su primera usuaria, había perdido a alguien muy importante para ella y Cassidy había perdido a Michael por culpa del cáncer. Los padres de Samy estaban divorciados y en malos términos, y los padres de Cassidy también lo habían estado. Olli deseaba reencontrarse con su hijo y Cassidy, aunque abandonó a su madre para irse con Michael en vez de seguirla a Belice, también anhelaba un reencuentro. El Sueño de Claudia era ser madre, al igual que el de Cassidy.

¿Qué tendría en común con su próximo usuario?

martes, febrero 28

Escudos

La niña espiaba a través de la estrecha rendija, conteniendo la respiración y completamente inmóvil. No veía mucho, en realidad. Más bien casi nada. El resplandor cálido del sol se dejaba caer por el tragaluz del techo, iluminando la habitación y al paciente, que estaba oculto a sus ojos por un vestidor de tela blanca y estructura de madera. Sólo sus pies, descalzos, y la mitad del cuerpo de su madre sentada en la silla e inclinada hacia delante eran los datos visuales que podía captar desde su posición.
Resopló ligeramente, para no hacer ruido, y miró a su alrededor buscando algo que pudiera servir a su fin. No podía entrar, porque tenía prohibido interrumpir las sesiones de su madre mientras trabajaba, pero se moría de curiosidad. Para ella, aquel trabajo era una ciencia tan maravillosa como misteriosa, desconocida y completamente incomprensible. Le había preguntado a su madre al respecto muchas veces, por supuesto. Hasta la saciedad. Ella la cogía entre sus brazos, le peinaba el cabello con las manos y se lo explicaba lo mejor que sabía.
Todas las personas tenemos una barrera, cariño. Todas las barreras son diferentes... cambian en grosor, tamaño, fragilidad... pero tienen en común el mismo objetivo: protegernos. Preservar nuestro mundo dentro de nosotros mismos, conservar nuestra identidad cuando nos relacionamos con otras personas. Si vas a oscuras por una habitación llena de gente, puedes detectar la cercanía de otros sin ver y sin llegar a tocar a nadie. ¿Por qué? Porque rozan nuestra barrera y los sentimos. Es... parecido a un escudo, aunque hay quienes la usan para apartar a los demás o para no dejar que los sentimientos ni las emociones las traspasen. No hay que encerrarse en la barrera, pero algunos acaban atrapados en ella. Hay veces que esas barreras se rompen, mucho, poco o del todo, y es entonces cuando la gente acude a mí. Soy médico de barreras. Las arreglo cuando se estropean, las coso cuando se rajan, les pongo parches si es necesario. Pero no puedo aliviar su dolor cuando duelen ni cambiar su naturaleza, y hay roturas que no tienen solución...
Un breve maullido a su espalda la hizo girarse. Pirata, su gato, se había subido a la estantería y jugaba mordisqueando las virutas de hilo que adornaban las cuatro esquinas de uno de los tapetes favoritos de su madre, de color púrpura aterciopelado. La niña se levantó, se frotó las doloridas rodillas con las manos y se acercó a la estantería, mirando desde abajo al gato que le devolvió la mirada con descaro y continuó masticando.
- Pirata, bájate de ahí. A mamá no le gusta que hagas eso.
La niña estiró la mano para tocarlo y el animal, juguetón y travieso, intentó arañar y mordisquear también los dedos de su mano.
- No.- le dijo, con autoridad.- Baja.
Pero Pirata, creyéndose parte de otro juego más entretenido, se revolcó sobre el tapete moviendo la cola exageradamente de un lado a otro sin hacer caso de las indicaciones de su ama. Con la cola, sin querer, rozó una copa de cerámica pintada que había en la esquina de la estantería. Y la copa, sin quererlo tampoco, se balanceó peligrosamente hasta caerse de la batea.
La niña intentó alcanzarla, pero no fue lo suficientemente rápida, y la copa se estrelló en el suelo haciéndose añicos. El ruido, agudo y tintineante, asustó a Pirata, que bufó sorprendido y saltó de la estantería al suelo para escaparse como un rayo de cola erizada a través de la rendija de la puerta del despacho de su madre.
En un alarde de inspiración, así como de preocupación por dar las explicaciones pertinentes a su madre, la niña corrió detrás del gato. No inconscientemente, como más tarde alegaría, sino con toda la intención. Empujó la puerta y entró en el despacho sin querer pensar en las consecuencias.
La silla de su madre protestó contra el suelo cuando ésta se levantó de golpe. Dentro del vestidor, que era amplio, había una camilla de aspecto confortable, y sobre ella una muchacha que se apresuró a tapar su desnudez. Aún así, la niña alcanzó a ver la palidez de su piel, casi desvaída y transparente, el color rosáceo de sus pechos y el ángulo oscuro entre sus piernas. Y aquello encendió un intenso rubor en sus mejillas. La chica parecía desolada, triste y sola. No porque diera la impresión de tener un carácter solitario, sino porque a la niña le pareció la persona más sola que había visto nunca, como si no tuviera amigos ni familia. Como si su madre y ella fueran las primeras personas que había visto en toda su vida. Bajo el foco de luz solar, parecía a punto de desvanecerse, de fundirse con la propia luz y desparecer.
Le entraron ganas de llorar, y al parpadear para espantar las lágrimas acumuladas reparó en su madre. La desolación que mostraba la paciente había eclipsado toda su atención.
- Fuera de aquí ahora mismo.- sus ojos ardían, con una mezcla de emociones que la niña no supo identificar.
- Pero Pirata...
- Olvida a Pirata y vete ya.
La niña cabeceó y retrocedió torpemente hasta salir de la habitación y cerrarla. Apoyó la espalda en la puerta y se tapó la boca con las manos para ahogar el llanto desenfrenado que la embargaba.
Nunca había llorado con tanta fuerza, nunca había se había sentido tan triste. Hasta aquel momento no conocía el verdadero significado de soledad, vulnerabilidad, tristeza y miedo.

[Imagen por Mefitica]

miércoles, febrero 22

IASADE -98-

- Vaya, vaya... Cuánto tiempo, ¿no?

El ver al Ángel frente a ella le arrancó una sonrisa involuntaria y sin poder frenarse, casi se lanzó sobre él al abrazarlo. Su contacto le sorprendió, y por un segundo creyó que Ael había desaparecido y que estaba abrazando a la nada. Su esencia era tan sutil que pasaba desapercibida con pasmosa facilidad, tanto que era necesario concentrarse en ella para sentirla. Era fresca y olía a algo que le era imposible categorizar. Tal vez a conciencia limpia y tranquila. Aprovechando su asombro, el Ángel se le escapó de las manos apartándose un poco.

- Lo siento.- se disculpó ella.- Me ha salido solo, perdona si te ha molestado.
- No hay nada que perdonar, no te preocupes.
- ¿Dónde has estado? Mikäh me dijo que los Sabios te enviaron a una misión, pero no me contó más. ¿Era alto secreto?
- En realidad no, pero no quería que te inquietaras y desviaras la atención de tu labor. Fui a buscar a aquella Diablesa, Satzsa. Quería quitarla de en medio, representaba una amenaza demasiado peligrosa.

El agradecimiento y el no saber qué decir le arrebataron las palabras, por lo que no pudo más que asentir con la cabeza.

- Ya es un problema menos.
- Y... ¿aquella Nocturna...?- Amiss era incapaz de nombrarla debido al terror que le inspiraba.
- La herí, pero consiguió escapar. De todas formas no creo que vuelva, la dejé bastante debilitada.
- Gracias.
- No tienes que dármelas... aparte de por ti, lo hice para proteger el equilibrio. Tu tarea es imprescindible.
- Ya, lo sé.
- ¿A dónde ibas tú, por cierto? ¿No deberías estar ya abajo otra vez, buscando a tu próximo usuario?
- No sé... iba a dar un paseo. Sin rumbo.
- Te acompaño.


Amiss no quería contarle a Ael lo que le sucedía. Mikäh era un alma blanca igual que ella (aunque con rango superior) y a pesar de ser conocedor de su secreto no tenía por qué contárselo a nadie. Ael, sin embargo, era un Ángel; uno de sus superiores que por obligación debía un parte exhaustivo a los Sabios. Si él se enteraba, Ellos lo acabarían sabiendo y Amiss no quería ni imaginar cuales podrían ser las consecuencias. El Ángel la llevó al Mirador, que estaba de camino a las Esferas, justo por debajo de la Cima. No era lo más alto de lo más alto, pero poseía unas vistas preciosas y exactas de toda la Capital, que debajo de ellos se extendía en círculos concéntricos y cónicos en una gama de colores resplandecientes oscilantes entre blanco, gris, azul, y todos los colores propios del atardecer y el amanecer aunque velados por la palidez. El viento, allí más fuerte, le peinó el cabello hacia atrás.

- Cuéntame qué tal te ha ido con el último usuario.- pidió Ael.
- Bien, aunque al principio me resultó muy complicado posicionarme cerca de Claudia. Era una mujer joven cuyo Sueño era ser madre, pero no estaba del todo segura. Madre soltera, porque aunque a pesar de que el padre de la criatura se había negado a hacerse cargo, ella no quería abortar. Tenía miedo por su bebé... Ella tenía sida y no quería que su hijo lo heredara también. Una vez que me hube acercado le costó confiar en mí, pero después de haber traspasado esa barrera todo fue mucho más sencillo.
- Mikäh te ayuda bastante, imagino.
- Ya sé que yo sola no me manejo muy bien, pero no tienes que sacarlo a relucir a la mínima oportunidad.- le recriminó ella con un mohín.
- Me refería a que os lleváis bien.
- Ah. Bueno, sí. Me chincha casi más o igual que tú, pero... pero me siento bien a su lado. No sabría decirte por qué.
- Estupendo, porque no voy a volver a ocuparme de la supervisión de tus tareas. Mikäh se ocupará de eso hasta que acabes.
- Pero...
- No te preocupes, de todas formas os echaré un ojo a los dos de vez en cuando. Él parece casi tan cabeza loca como tú, aunque bastante más capaz.
- Gracias.- musitó ella con ironía.
- Deberías de volver a bajar, no debes perder tiempo.

Amiss evitó la mirada añil del Ángel, aunque sabía que era inútil. Ael podía leer sus emociones como en un libro abierto y las mentiras, o los rodeos, no servían de nada a la hora de querer ocultar algo. Aun así, él ignoró deliberadamente su reticencia a hablar y no la incomodó con preguntas al respecto. Algo más serena, asintió con un gesto.

- Sí, tienes razón. No debo demorarlo más. Buscaré a Mikäh para que me lleve.
- De acuerdo. Ten cuidado... y ya nos veremos.
- ¡Más te vale!- le gritó ella, cuando Ael saltó desde la barandilla del Mirador con las alas todavía plegadas al cuerpo.