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viernes, julio 4

Hades

Aunque la luz me molestaba en los ojos, el brillo del sol crepuscular era algo que me gustaba contemplar cuando visitaba la superficie. Las hojas de los árboles proyectaban sombras moteadas sobre el suelo, cubierto por un manto de hierba que acallaba mis pasos. El bosque parecía mudo: no se oía el piar de ningún ave, no se veía a ningún animal oculto tras el follaje ni tampoco la respiración contenida de ningún ser vivo. Pero a pesar de no verlos ni oírlos, yo sabía que estaban allí, escondiéndose de mí. Podía percibir claramente el intenso fulgor de sus almas pequeñas y atemorizadas.
El resplandor rojizo de la puesta de sol hacía que los árboles parecieran bañados en cobre. Unos junto a otros, como torres sinuosas, creaban un hermoso patrón laberíntico en el que me invitaban a perderme. El astro solar, a lo lejos, pendía sobre el horizonte como un ardiente corazón vivo. Gasté el poco tiempo que me quedaba en verlo morir entre las nubes. Grabé aquella imagen en mi interior para que me diera calor cuando fuera el momento de regresar a mis oscuros y fríos dominios eternos.
Las ramas crujieron y de la copa de un roble descendió ella. La reconocí en cuanto la vi, a pesar de que era la primera vez que coincidíamos. Era tal y como se suponía que debía ser: hermosa, cálida, tentadora. Cualquier otro ser que hubiera osado interrumpir mi despedida hubiese despertado en mí la ira, pero al verla no pude más que rendirme, asombrado, a su belleza. Mirarla era aun más doloroso que mirar al sol, pero bebí la luz de sus ojos con avidez. Ella levantó la barbilla, desafiante, y entreabrió los labios para decir algo. Pero no dijo nada. Los cerró y apartó la vista para dirigirla hacia, donde segundos antes, sangraba el sol.
Aquel fue el ocaso más hermoso de toda mi existencia.

jueves, julio 3

Sentimentalismos en tiempos de crisis

Olía a churros recién hechos. Es un olor que siempre me hace recordar a mi abuela, porque cuando mi hermano y yo éramos pequeños y teníamos que ir al médico, mi madre nos sobornaba con comprar churros e ir a desayunar a casa de mi abuela si nos portábamos bien. Era una mañana fresca y las calles estaban vacías. Las escaleras de entrada a la biblioteca, normalmente salpicadas de estudiantes, estaban completamente desiertas. En el interior tampoco había nadie. Del techo, tan alto como el de una catedral, caía una luz tenue como la que se cuela a través de las rendijas de una persiana a medio echar, que junto con el débil eco que producían mis pasos al andar me hicieron sentir una peregrina en un templo lejano. Subí al segundo piso y comencé a recorrer un pasillo tras otro en busca de un libro. Uno en concreto pero cuyo nombre desconocía. Y de repente lo vi: tenía el lomo de un rojo brillante y las páginas de un papel tan fino como el de las biblias antiguas. Lo saqué de la estantería, lo sopesé y lo abrí por la mitad. Eché un vistazo y pasé de página, leí tres palabras y volví a pasar de página... y en la siguiente me encontré un billete de cincuenta euros. Se me escapó un grito de alegría cuando lo vi, y en ningún momento se me ocurrió pensar que tal vez fuera falso. Miré a ambos lados del pasillo para asegurarme de que nadie me había visto, pero el señor de la gabardina estaba demasiado ocupado leyendo su periódico como para reparar en mí. Cogí el billete, me lo guardé en el bolsillo, dejé de nuevo el brillante libro rojo en la estantería y me marché de la biblioteca sin cruzarme con nadie de camino a la salida.
Me pasé a la calle de enfrente y entré en la tienda de calle Elvira donde compré mi última cachimba. Había varios quemadores de incienso encendidos, y el humo de todos ellos creaba una neblina aromática y serpenteante que se extendía por todo el local. El dependiente, que tenía una pipa en la boca e iba vestido con una larga túnica amarilla, me sonrió al verme llegar. Como si me estuviera esperando. Mis manos se dirigieron solas hacia la percha que sostenía un pantalón ancho precioso, de tela fina y suave color blanco con un estampado que tenía los mismos colores que la cola de un pavo real. Ese, sin ninguna duda, era el pantalón que me quería comprar. Le di la percha al dependiente y saqué mi monedero del bolso. Ni siquiera pregunté cuánto costaba, porque sabía que con cincuenta euros tendría más que suficiente. Empecé a hacer una lista mental de todo lo que tenía intención de comprar con aquel dinero inesperado que me venía que ni pintado: una fondue de queso, un viaje a Menorca, un paquete de galletas Rebuenas... Cogí el billete y me quedé mirándolo con atención. En la parte de atrás y escrito con bolígrafo rojo, se leía claramente el siguiente mensaje: Te quiero y te querré siempre. Y al lado de aquellas palabras había dibujado un corazón que casi parecía palpitar. Me quedé paralizada por la perplejidad durante unos segundos. El dependiente de la tienda seguía sonriéndome sin dar muestras de impaciencia, lo cual me pareció extraño. El billete también me miraba, desafiándome en silencio a gastarlo. ¿Pero cómo podía? Me dieron ganas de echarme a llorar.
- No, no puedo.- le dije al dependiente, volviendo a guardar el billete dentro del monedero.- Pertenece a otra persona.
El hombre dijo algo, pero yo no lo escuché. Fuera, en la calle, se oía un maullido lastimero in crescendo que resultaba de lo más molesto.
Claro, Maní. ¿Qué hora era?

Cerré los ojos con más fuerza, pero Maní no se callaba. Su maullido llegó al culmen del llanto y terminó apagándose con un gemido triste y ahogado. Me di la vuelta entre las sábanas y abrí los ojos. La luz atravesaba la persiana y a través de la ventana abierta se colaba un delicioso olor a churros. Suspiré y rememoré el sueño del que me acababa de despertar, con ese agridulce regusto nostálgico que le dejan a uno los sueños bonitos al acabarse. ¿A qué loco, en estos tiempos de crisis que corren, se le ocurriría convertir un billete de cincuenta euros en un objeto con valor sentimental? ¿Y qué chiflado sería incapaz de gastárselo después de encontrarlo por casualidad?
Sonreí con cierto pesar. Esa chiflada sería yo.

[Imagen por NickiStock]

viernes, junio 27

Nuestro rastro en el camino

Nunca dejábamos de viajar. No importaba que el tiempo se presentara inclemente, que las carreteras estuvieran intransitables o que los caballos estuvieran agotados. El hechicero, que a veces usaba el nombre que llevaba puesto el desafortunado día que le conocí y otras veces se hacía llamar Martius, apenas abandonaba el carromato que era su hogar, y este siempre se mantenía en movimiento sobre el camino yendo de un lugar a otro sin detenerse. Sólo parábamos cuando él recibía algún encargo o tenía que preparar alguna pócima de delicada elaboración, y sólo se dedicaba al ocio después de hacer cobrado por algún trabajo: se dirigía directamente al primer burdel de carretera con el que nos topábamos dispuesto a desembolsar el dinero que fuera menester para que que la chica accediera soportar el tenerme a mí de espectador mientras él disfrutaba de ella.
En aquella ocasión nos detuvimos junto a un circo ambulante que había acampado a las afueras de un pueblo. ¿Cuál? Yo no tenía ni idea ni tampoco me importaba. Era un pueblo como cualquier otro, ni más pequeño o más grande de lo habitual, ni especialmente bonito o feo. Casuchas marrones y grises que se levantaban unas al lado de otras y rodeadas de tierras de cultivo. Era primavera y llovía un día sí y otro también, por lo que los campos estaban anegados. Las caras de la gente que se había reunido alrededor del campamento circense estaban tan nubladas como el cielo. El hechicero aparcó el carromato cerca de los maltrechos establos donde se amparaban las monturas de los acróbatas, se bajó de él y soltó mis cadenas para arrastrarme tras de sí.
A pesar del tiempo que llevaba encadenado a él, el hechicero seguía siendo una gran incógnita para mí. El cómo era capaz de recibir encargos y localizar clientes sin apartarse del camino ni abandonar su carromato seguía me seguía pareciendo un misterio, y cómo hacía funcionar aquella magia que me impedía romper sus cadenas para huir de él me resultaba absolutamente inexplicable. Pero Martius sabía siempre lo que tenía que hacer y hacia dónde tenía que dirigirse; jamás vi una sombra de duda en sus ojos ni un temblor de vacilación en sus manos. Supongo que eso fue lo único que llegué a respetar de él.
Sentado en un taburete a la entrada de una tienda de lona, había un hombre afilando cuchillos. Exceptuando el color rubio de su pelo no se diferenciaba en nada de los demás miembros de la compañía ambulante, que iban y venían afanados en sus tareas, fueran cuales fuesen. Era delgado pero fibroso y tenía una ceja partida semioculta por el flequillo largo y sucio que le cubría la frente. Los ojos bien podían haber sido azules, grises o marrones, aunque su mirada me llamó la atención: en mitad de aquella decadente atmósfera gris, refulgía con inusitada fuerza. Martius se plantó delante de él sin ningún tipo de ceremonia y esperó, no sé si con paciencia, a que el individuo reparara en él.
- Aquí no.- se limitó a decir.- Pasa.
Dejó los cuchillos sobre el taburete y entró en la tienda. Martius dio un tirón a mis cadenas para obligarme a seguirlo al interior, donde el hombre rubio le esperaba sentado en una silla. No había nada de valor en aquella tienda. Unas mantas enrolladas sobre una estera de esparto, un abrigo mugriento y un baúl deslustrado eran los únicos objetos a la vista.
- Quiero deshacerme de una persona.- dijo el rubio.
- Hay muchas formas de deshacerse de alguien.- observó Martius.
- Quiero que muera.
- ¿De quién se trata?
- Se llama Parell, el mayor de los hermanos equilibristas. Quiero que parezca un accidente.
- No hay ningún problema.
- ¿Cuánto me va a costar?
Yo ya sabía el precio que Martius tenía para aquel tipo de trabajos.
- Cien monedas de oro.
El hombre rubio torció el gesto.Quien le recomendara los servicios del hechicero había debido de informarle mal acerca del coste que tenían. Pero se repuso rápido de la impresión y asintió con la cabeza. Me pregunté cómo habría conseguido tal cantidad de dinero, teniendo en cuenta que su profesión no estaba demasiado bien remunerada.
- Será esta noche. Te espero en mi carromato después de la función.
El rubio dirigió la mirada hacia mí por primera vez, y al contrario de lo que solía pasar no fui objeto de una mirada desdeñosa, asombrada o temerosa. Me evaluó como quien observa bien una mercancía que está interesado en comprar.
- En nuestra compañía te pagarían muy bien por esta cosa de aquí.
- No está en venta. Adiós.
Y nos marchamos de allí bajo la fina y fría llovizna que había empezado a caer.

Martius pasó toda la tarde metido en el carromato, elaborando la sentencia de muerte que ya pesaba sobre Parell, el mayor de los hermanos equilibristas. Yo, como de costumbre, me quedé fuera sentado en el suelo enfangado, empapado y siendo estudiado por todos los que pasaban cerca. Los habitantes del campamento circense me miraban con curiosidad y ojo crítico, mientras que los pueblerinos con esa mezcla de terror, sorpresa y asco que yo tan bien conocía. Al caer la noche, todo el mundo se congregó delante del escenario para disfrutar del espectáculo. La música comenzó a sonar como preludio a la entrada de los acróbatas, que desfilaron entre volteretas, saltos imposibles y peligrosas piruetas. Les siguieron unas cuantas bailarinas vestidas con poca ropa, con sonrisas pintadas en los labios y contoneos llamativos. Los monstruos, animales raros y tullidos con extrañas y horribles deformaciones, posaron tristemente ante el público, que les silbó y los abucheó con crueldad. Un par de magos aficionados encandiló a la gente con hábiles juegos de manos antes de que efectuaran su aparición los hermanos equilibristas. Ambos eran atléticos y fuertes, más o menos de la misma estatura, tenían el torso desnudo y los pies descalzos. Uno de ellos era pelirrojo y el otro moreno. Rápidamente introdujeron en el escenario dos torres de unos siete u otro metros de altura, con soportes de ruedas y unidas en la parte superior por una cuerda. El primero en llevar acabo su número fue el pelirrojo, que trepó como una ardilla a lo alto de la primera torre y cruzó la distancia entre ellas caminando lentamente sobre la cuerda, desafiando a la muerte y coreado por los chillidos del público, que estalló en aplausos cuando aterrizó en el suelo tras descender por la segunda torre. Cuando Parell subió, repitiendo los gestos de su hermano pequeño, no pude evitar estremecerme. Me giré para observar a Martius, que estaba asomado a la ventana del carromato y vi cómo el hechicero encendía una vela y quemaba con ella un trozo de papel escrito que se desmenuzó rápidamente en cenizas, dejando en el aire un humo rojizo de extraño brillo sobrenatural. Al ver que el mayor de los hermanos equilibristas se vendaba los ojos con un pañuelo para conferir un mayor riesgo a su actuación, sonrió para sí. Parell dio el primer paso con decisión. El segundo también. Pero al dar el tercero, los brazos que mantenía extendidos a ambos lados para guardar mejor el equilibrio oscilaron peligrosamente, haciendo que sus pies oscilaran también. Al cuarto paso le siguió un grito del propio Parell que fue ahogado por los del público, y el quinto paso hizo que la cuerda se balanceara funestamente. El mayor de los hermanos equilibristas se precipitó al suelo y al caer, se rompió el cuello.
De entre todos los alaridos hubo uno que resonó por encima de los demás. Una chica, una de las bailarinas semidesnudas que momentos antes se había ganado unos cuantos piropos del público, atravesó el escenario corriendo con los ojos llenos de lágrimas y se arrojó sobre el cuerpo sin vida del trapecista. El hermano menor, el pelirrojo, también se arrodilló a su lado, con la venta de la frente palpitándole con violencia y los dientes apretados por la rabia. La compañía no tardó mucho en echar de allí a los pueblerinos y recoger todo el tinglado. Taparon el cadáver de Parell con una sábana y se lo llevaron a otro sitio. Minutos después apareció alguien para decirnos que nos marcháramos, un encapuchado que aparte de darnos el mensaje también le entregó a Martius una bolsa de tela que sonaba a dinero.
- Creo que, antes o después, ese equilibrista
tan valiente se habría matado él solo. Aunque a mí me viene mucho mejor así.- susurró el hechicero al tener entre sus manos el pago acordado.
Martius no se demoró en despertar a los caballos y en poner en marcha de nuevo el carromato. Mientras dejábamos atrás aquel pueblo sin nombre y aquella tragedia que no me era tan ajena como me habría gustado, el hechicero tarareaba entre dientes, feliz, sabiendo tan bien como yo cual sería nuestra próxima parada.

[Imagen por labyrithworm]

jueves, mayo 22

Lágrimas de buenas noches

Son las doce, la una, las dos o las tres de la mañana, y no tengo sueño. Me obligo a apagar el ordenador y antes de meterme en la cama, cojo los auriculares y enciendo el mp4 con la esperanza de que entre canción y canción Morfeo se digne a hacerme una visita. Con la primera canción, llegan las lágrimas. No se hacen esperar sino al contrario; parece como si estuvieran aguardando el momento con impaciencia. No sé muy bien de dónde vienen. Algunas tienen el nombre de mi abuela, que falleció hará dos años dentro de poco, y otras el de mi abuelo que murió hace sólo unos meses. Otras, supongo, pertenecen al pasado: lágrimas eco de los desamores, las decepciones, los arrepentimientos... que aún reverberan en algún rincón. Las del presente nacen de la rabia y de la impotencia que siento al ver que el mundo se tuerce, que la avaricia y el egoísmo corrompen y que las injusticias no sólo se han convertido en el pan de cada día sino además en uno al que, tristemente, nos hemos acostumbrado. Y también, imagino, hay lágrimas que hoy por hoy no tienen razón de ser: son como una premonición de lo que, en un
futuro, sea llanto.

[Imagen por ChaosFissure]

martes, diciembre 17

Quemaba más que el sol

Se trataba de un ángel incandescente, de piel color crema aún más suave que la seda y cabello largo, espeso y ardiente como un fuego luminoso en mitad de la noche. ¿Sus alas? Nunca las vi. Me gustaba creer que eran invisibles a ojos de los mortales, aunque el fondo sabía que debía de haberlas perdido. Sus ojos estaban llenos de luz y de una ingenuidad triste difícil de comprender. Semana tras semana, sentada junto a una ventana en el comedor del hospicio, me maravillaba al observarla allí abajo en la calle aterida de frío bajo una manta rasposa, haciendo calle frente a la puerta de la mugrienta barraca que era el burdel del barrio, con cara de perdonarle al destino las circunstancias que la habían llevado hasta aquel lugar. Por las tardes, cuando el sol bajaba y teñía de dorado, cobre y carmín el cielo y las fachadas de los edificios, los viandantes se detenían prendados a contemplar cómo su melena se prendía en una llama refulgente que incluso parecía irradiar calor. Algunos se enamoraban fugazmente de su belleza y se acercaban al prostíbulo con las monedas ya en la mano, y ella incluso sonreía con timidez a aquellos que se la llevaban del brazo sin apretarle demasiado, escaleras arriba.

[Imagen por TheNightSheDied]

lunes, diciembre 16

Pietro

Tu pétrea desnudez es inmutable a las inclemencias de la vida; al hambre, a la soledad, al frío y a la desgracia. Marmórea, de relieves duramente cincelados, está dominada por unos ojos de granito tan inconmovibles como tu corazón, de roca maciza y sin oquedades por las que se puedan filtrar emociones. Tus manos de piedra, conquistadoras, no conocen titubeos, y tus labios son capaces de imponer sobre los míos tu férrea voluntad con un único beso. Soberano del mundo y de estas sábanas aun calientes, el sol se erige, al igual que yo, como tu siervo cada amanecer. Inmóvil junto a la ventana, como la efigie de un dios inmisericorde de las pasiones más oscuras, esbozas una sonrisa tan efímera como un latido y absolutamente devastadora.

[Imagen por hoooook]

miércoles, noviembre 27

El peor instinto

Su mirada era escalofriante, fría y afilada como la hoja de un puñal, desapasionada e indiferente como la de un ser sin vida. El Emperador se arrodilló a sus pies esforzándose por controlar los temblores y depositó sobre el altar las cabezas cortadas, todavía manchadas de sangre húmeda, de sus enemigos. El demonio apenas les dedicó un breve vistazo antes de volver a clavar en él sus pequeñas pupilas negras. Al Emperador se le secó la boca, se le congeló el aire en los pulmones y le empezaron a sudar las manos. Como siempre, para él nunca era suficiente. El ser extendió la mano, se mojó los dedos en la sangre y se los llevó a la boca para saborearlos sin inmutarse.
- Por supuesto, te traeré más... Buscaré nuevos enemigos, los mataré y cortaré sus cabezas para ti... Pronto tendrás más sangre que degustar...

Tras la puerta entornada, un niño de nueve años observaba a su padre dejar los cueros cabelludos de los últimos prisioneros de guerra encima de un altar vacío, delante de un espejo. El príncipe contuvo una arcada cuando vio al Emperador probar aquella sangre sucia y sonreír de forma demencial.

[Imagen por hoooook]

miércoles, noviembre 13

Reducido a cenizas

Cuando estaba despierto me costaba recordar sus rostros, pero en sueños se dibujaban delante de mí con total nitidez. Mi madre solía aparecer llorando y mi padre diciéndome adiós con la mano. La tristeza en sus miradas era como un puñal que se me clavaba en el corazón, tan imposible de soportar que acababa despertándome presa del llanto. Pero nada de aquello había sucedido realmente; la verdad era que yo tenía las manos manchadas de sangre y un arrepentimiento indeleble que me acompañaría durante toda la vida.
El mago roncaba suavemente desde su carromato. El viento había corrido la cortina le daba intimidad y pude verlo a través de mis lágrimas, tapado con dos mantas y durmiendo sobre un colchón de paja. Apreté los dientes con furia y como cada mañana, mi primer deseo fue saltar sobre él y estrangularlo con mis propias manos. Pero aquel deseo, también como cada mañana, hizo que me avergonzara de mí mismo. Esa vergüenza por ansiar venganza provocaba en mí una repulsión inevitable al saberme incapaz de matar al hombre que me retenía en contra de mi voluntad y que había sido, en parte culpable, de la muerte de mis padres. El otro responsable... era yo.
Dormido parecía inofensivo, un don nadie desaseado vestido con ropa andrajosa y poseedor de un maltrecho carromato. Si se le observaba haciendo tratos con la gente se podía pensar que era un vendedor hábil al que se le daba bien engatusar a las personas, pero en realidad se trataba de un hombre despiadado y egoísta sin ningún tipo de escrúpulos a la hora de conseguir su objetivo. Debido a sus engaños y a mi estupidez, yo me había quedado huérfano y él había logrado tenerme a su lado. Apenas me alimentaba, me hacía dormir en el suelo y a la intemperie, no se comunicaba conmigo salvo si era estrictamente necesario, me llevaba siempre encadenado y pagaba conmigo su malhumor, primero con latigazos y después con comentarios hirientes al darse cuenta de que los golpes ni siquiera arañaban mi dura piel. Y aunque su desprecio y sus palabras dolían, lo que realmente me hacía daño era el remordimiento que pesaba sobre mi conciencia.
"Pobre desgraciado. Mírate... la única maldición que pesa sobre ti es la de ser un estúpido ignorante, porque lo que intuyo que posees es un don del que yo voy a sacar provecho y que posiblemente podría haber salvado a tus padres. Puedes culparme de su muerte, pero tú también has sido partícipe en su asesinato."
Eso fue lo que me dijo frente al incendio, con los cadáveres carbonizados de mis padres a sus pies, la misma noche en que decidí fugarme a escondidas para poder curar mi maldición y ser normal, como todos los demás. Y aunque aquellas fueron las palabras que supusieron mi verdadera condena, también fueron mi salvación: yo maté a mis padres por ignorancia, pero no volvería a cometer el mismo error.

[Imagen por designani]

miércoles, octubre 9

Hijo de la montaña

Mi padre tenía el semblante cansado. Todavía le quedaba esa arruga en la frente que aparecía cada vez que le dolía la pierna mala y que se hacía más profunda cuando mi madre dejaba de observarlo. Sentado frente a la chimenea, se secaba los pies y calentaba las manos manchadas de barro. Los días de lluvia eran los mas difíciles para su vieja herida: nunca trabajaba cuando hacía mal tiempo y ni siquiera podía caminar sin cojear. Por eso mi madre lo había acompañado a la entrada del bosque y lo había ayudado a tirar del carro hasta casa.
- Cuando el carro se ha quedado encallado en el barro, una rueda se ha roto.- me dijo.- ¿Crees que podremos repararla mañana?
Asentí con entusiasmo y él sonrió.
Mi madre, con la ropa mojada y la melena rubia aun más, dejó un barreño de agua a los pies de mi padre para que se lavara las manos.
- Valier, ayúdame a guardar la comida.
Me levanté de un salto y la seguí hasta la cocina. Me gustaba ayudar y siempre lo hacía con gusto, porque formaba parte de mi naturaleza, ya durante mi infancia, el preocuparme por el prójimo. En aquel momento yo tenía ocho años y mis padres me habían confesado recientemente que me encontraron abandonado en el bosque siendo un bebé, y desde entonces me preguntaban a menudo cómo me sentía. Aquel descubrimiento, sin embargo, no fue un duro golpe para mí. Yo era buena persona, mis padres también y confiaba en la bondad del ser humano. Creía firmemente que si mis verdaderos padres no habían podido hacerse cargo de mí habían debido tener un buen motivo para ello.
La comunicación con mi familia nunca fue un problema. Mis padres inventaron un sencillo lenguaje de signos que se volvía más complejo a medida que yo iba creciendo. Mis necesidades comunicativas no eran las mismas con cinco años que con siete y yo mismo iba creando nuevos gestos conforme los iba precisando. Mis padres siempre se esforzaron por hacerme ver que mi mudez no era algo malo ni tampoco un obstáculo para el entendimiento con otras personas, al igual que el resto de mis peculiaridades.
Tras guardar las provisiones en la despensa, ayudé a mi madre a hacer la cena. Y una vez que estuvo preparado el guiso, los tres nos sentamos a cenar junto al fuego.
- Espero que mañana haya parado de llover.- gruñó mi padre mientras removía la comida en el cuenco.- En tres días tengo que entregarle el cargamento a Tulé y si el tiempo sigue así tendré que contratar al mozo de Raol.
Mi madre frunció los labios al oír aquello. Yo levanté la mano, ofreciéndome voluntario.
- Ya te he dicho muchas veces que todavía eres demasiado pequeño, Valier.- negó él.
Me toqué el brazo y la cabeza.
- Por muy fuerte y grande que seas.
- Pues más te vale rezar esta noche para que mañana amanezca soleado, Gallart, porque si contratas al chico no sé con qué dinero vamos a comer la semana que viene.- replicó mi madre.
Él gruñó otra vez antes de seguir comiendo.
Mi madre suspiró, y al levantar la mirada de su plato la fijó en la ventana. Sus ojos se entrecerraron primero y se abrieron con alarma después.
- Valier, vete a la cocina.
Yo fruncí el ceño, sin comprender por qué.
- Hazme caso, vete ya.
Mi padre se incorporó rápidamente y me hizo un gesto apremiante para que obedeciera. Mientras me marchaba del salón pude atisbar una sombra que se aproximaba por el sendero en dirección al porche, antes de escuchar unos golpes en la puerta. Mi padre preguntó quien era y tras una respuesta que no alcancé a oír, la puerta se abrió y alguien entró.
Mis padres, al contrario que yo, no tenían demasiada fe en el buen corazón de la gente desconocida y me obligaban a esconderme cuando alguien se acercaba o nos visitaba. Yo no era tan ingenuo como para preguntarme la razón: me bastaba con mirarme al espejo para comprenderlo.
- Muchas gracias por cobijarme.- dijo una voz masculina y ronca en el salón.- La tormenta arrecia y me resultaba imposible seguir refugiándome en el bosque.
- Siéntese frente al fuego y caliéntese.- le indicó mi madre.- Deme su capa, la colgaré para que escurra el agua. Siento no poder ofrecerle nada de comer, pero la cena se nos ha acabado ya.
- No importa.
Mi madre entró en la cocina para tender la capa del extraño y me hizo un gesto de silencio antes de regresar junto a mi padre.
- Me llamo Gallart y esta es mi esposa Merine, señor. ¿Cómo se llama?
- Mi nombre es D'arteill, buenos señores. Soy mago de oficio.
Aquellas palabras despertaron mi curiosidad con un cosquilleo. Pegué la espalda a la pared para escuchar mejor.
- Nunca se han visto magos por aquí.- observó mi padre.
- Los de mi profesión no solemos alejarnos de los caminos, señor. Viajamos de ciudad en ciudad ofreciendo nuestros servicios. Si me encuentro hoy aquí es porque hace un par de días, en una posada, me dijeron que en este bosque crecen unas hierbas muy raras y difíciles de encontrar. Dichas plantas brillan durante la noche, pero llevo buscando desde la caída del sol y no he conseguido dar con ellas. Me temo que lo que me dijeron no es más que un bulo.
- La gente en las posadas y en las tabernas tiene la lengua muy larga. Por cada cinco palabras dos son mentiras.
- Tiene usted mucha razón. ¿Quieren saber que otra invención me contaron?
- Las historias siempre son bien recibidas. 
- Un hombre aseguró que en este bosque vive un monstruo. Un engendro que anda sobre dos piernas, como los hombres, y tiene también dos brazos y una cabeza con ojos, nariz y boca. Su tamaño es grande, sus extremidades fuertes y su piel es de roca. Como si se tratase de un hijo de la montaña.
- Una historia magnífica, pero falsa. Le aseguro que en todos los años que llevo cortando leña en este bosque nunca he visto tal criatura.
- Debo reconocer que no me creí semejante cuento, pero una parte de mí se preguntó si realmente podría existir alguien así.
- A mí me suena a leyenda.
- Desde luego. Pero sabe, como mago he visto cosas que usted no creería a menos que las viera con sus propios ojos. Muchas de ellas pasarían como invenciones absurdas, meros entretenimientos, en cualquier posada o taberna. Y sin embargo, existen. No son seres fantasiosos, sino seres humanos que han sido víctimas de maldiciones o magia negra. Es complicado, y a veces imposible, curarlos. Pero yo soy de los que piensan que no se pierde nada por intentarlo.
- Eso le honra.
- Gracias.
- Es tarde, señor D'arteill, y mi esposa y yo tenemos que acostarnos ya. Puede quedarse a pasar la noche aquí. Merine, trae una manta para nuestro invitado.
Mi madre apareció de nuevo en la cocina y me dijo que subiera arriba por la escalera de atrás. De camino al dormitorio, fui incapaz de dejar de pensar en lo que aquel mago había dicho: en que quizá existiera una cura para mí que me permitiría ser una persona normal y corriente que no necesitara esconderse nunca más.

[Imagen por NegativeFeedback]

martes, octubre 8

Maldito

Desde el mismo día en que nací estuve marcado por el destino. Mis padres buscaron a los sanadores, curanderos, brujos y adivinos más reputados con el fin de hallar respuestas y soluciones a mi condición, pero sólo consiguieron perder dinero y tiempo viajando en balde de un sitio a otro: mi maldición parecía tan inexplicable como imposible de romper. La superstición y el miedo no tardaron en hacer mella en el resto de aldeanos, que entre piedras y amenazas obligaron a mis padres a marcharse de su hogar y huir como proscritos. Tras meses de camino en busca de un lugar donde no los repudiaran, mi madre no pudo soportar por más tiempo la pena y la vergüenza y acabó quitándose la vida. Mi padre, dolorido y furioso, me culpó a mí de su muerte. Y quizá sea cierto que yo fui el causante de su desgracia. Me abandonó en un bosque y me dio la espalda sin atisbo alguno de arrepentimiento.
El destino me había señalado, sí, pero no me había dejado desprotegido ante su crueldad: una mujer, esposa de un leñador solitario, me encontró y me recogió. Nunca supe por qué lo hicieron, por qué mi aspecto no los asustó o por qué mi mudez no les intimidó. Ya apenas recuerdo sus caras, pero el amor que me hicieron sentir mientras estuve con ellos sigue siendo el único afecto que he sentido a lo largo de mi vida. Supongo que al igual que mi sino era ser temido, el de ellos fue ser compasivos. Cuidaron de mí, me criaron como a un hijo y me pusieron un nombre: Valier.

[Imagen por NegativeFeedback]

viernes, septiembre 27

Oración

Nadine Shah - Dreary Town

Déjanos soñar mientras las noches se oscurecen. Déjanos bailar mientras el planeta se detiene. Déjanos correr mientras los horizontes se transforman. Déjanos celebrar mientras la historia se ennegrece. Déjanos reír mientras la gente llora y muere. Déjanos jugar mientras los niños son maltratados impunemente. Déjanos crecer mientras los animales se extinguen y bosques enteros se queman. Déjanos creer mientras los dioses desaparecen. Déjanos comer y beber mientras los cultivos se pierden. Déjanos amar mientras el odio se extiende. Déjanos compartir mientras la humanidad se empobrece. Déjanos ser humildes mientras el poder y el dinero enfrenta a países. Déjanos viajar mientras las fronteras cambian y la tierra se rompe. Déjanos ser valientes mientras el miedo ahoga. Déjanos aprender mientras el conocimiento se destruye. Déjanos volver mientras derriban nuestros hogares. Déjanos huir mientras las sombras acechan. Déjanos dudar mientras la sociedad nos convence. Déjanos decir la verdad mientras la mentira corrompe. Déjanos llorar mientras la desesperación nos contamina. Déjanos luchar mientras los líderes nos oprimen. Déjanos vivir y morir libres mientras el mundo se derrumba.

[Imagen por NegativeFeedback]

martes, septiembre 24

Larga vida al Rey

El Rey siempre se quedaba dormido con la luz encendida. El trémulo resplandor del candelabro hacía bailar a las sombras, que trepaban por las pesadas cortinas de terciopelo color añil pálido, y tras los cristales las estrellas temblaban a la par. Desde los pies de la cama se podía divisar un mar de ornadas alfombras que cubría, de esquina a esquina, el suelo del dormitorio real. 
Se decía que el rey tenía miedo a la oscuridad desde que, siendo todavía un muchacho, se perdió por la noche durante una cacería en mitad del bosque, pero el hombre allí presente sabía que su temor a la ausencia de luz respondía a otro nombre muy distinto: cobardía. Para él había tres clases de tiranos: los fuertes, los débiles y los estúpidos. Los fuertes aprendían rápido a erradicar la conciencia, o al menos a silenciarla, para poder ser fieles a su credo de maldad. Los estúpidos ni siquiera conocían el significado del concepto moralidad. Pero los débiles no conseguían alejar del todo los remordimientos y sus almas egoístas estaban carcomidas por el fantasma de su propia duda. El miedo que el monarca pretendía alejar con aquella luz se llamaba culpa. El intruso se inclinó sobre la vela y sopló para apagarla.
Todos los muebles, confeccionados con maderas preciosas, tenían ornamentaciones de pan de oro. Los ricos tapices que forraban las paredes, junto a los cuadros enmarcados, tenían motivos de fantasía que hacían volar a la imaginación. El tejido del alfombrado era tan suave que acariciaba los pies al andar sobre él y a través de las ventanas se podía disfrutar de los bellos paisajes que ofrecían los cuidados jardines del palacio. Las mantas eran cálidas y cómodas, las sábanas de los los tejidos más suaves importados. Junto a la cama, en una mesita, reposaba la corona de oro, plata, rubíes y zafiros. Pero para el asesino, aquella soberbia opulencia en vez de llamar a la codicia invocó al hambre. 
Se arrodilló junto a la cama del rey y sacó del interior de la bota derecha un cuchillo. La había elegido a conciencia, puesto que aquella era el arma que usaba para sacrificar a los animales de su ganado cuando les llegaba el momento y aquello también era un sacrificio: Sin embargo, el sacrificado no era el monarca sino él mismo. Era consciente de que a partir de esa noche, si lograba escapar vivo después de darle muerte al Rey, él también tendría que encender un candil para poder conciliar el sueño. 
- Alguien tiene que hacerlo.- se dijo por enésima vez.
El justiciero levantó el cuchillo en el aire y con un movimiento experto le cortó el cuello al monarca. No hubo gritos ni forcejeos; tan sólo el borboteo de la sangre al abandonar el cuerpo.
- Larga vida al Rey. 

[Imagen por Seykloren]

lunes, septiembre 23

Gritando

A Siane le gustaban las noches sin luna. La ausencia del astro nocturno y su luz plateada borraban los rastros de las posibles presencias, tanto reales como ilusorias, y la chiquilla apreciaba, en una actitud extraña para su edad, la soledad y el silencio reinantes cuando ya todos se habían ido a dormir. En la total oscuridad de las noches de luna nueva ni siquiera las siluetas de sus hermanas, acurrucadas en las camas vecinas, eran perceptibles, y a Siane le encantaba imaginarse sola. Muchas veces esperaba a escuchar la respiración acompasada de Lilian y Briola para disfrutar de aquella sensación de abandono.
Pero aquella noche en particular Siane no estaba despierta por capricho. Era noche cerrada cuando su madre la levantó con prisas de la cama y la obligó a sentarse en el comedor, delante de una mujer que se retorcía las manos con un nerviosismo rayante en la histeria y los ojos húmedos y enrojecidos. La niña la conocía. Francine era madre de una de sus compañeras en la escuela y estaba casada con un rico comerciante del pueblo. Tanto ella como su marido habían acudido más de una vez a su casa para hacerle preguntas, pero nunca con tanta urgencia ni a aquellas horas. Sin ser demasiado conocedora de la psicología humana, la pequeña pudo notar la desesperación de la que era víctima Francine. Sus gestos espasmódicos y su expresión angustiada la asustaron; nunca se había enfrentado a una emoción tan intensa.
- Cariño, la señora Maude tiene una pregunta muy importante que hacerte.- dijo su madre, sentándose al lado de la visitante y cogiéndole la mano.
Su padre, en una esquina de la habitación y con los brazos cruzados sobre el pecho, esgrimía su semblante habitual: serio y preocupado.
- Adelante, señora Maude.- la animó su madre.
Francine asintió con un suspiro entrecortado. Cogió aire, y al mismo tiempo valor, para formular su pregunta.
- Hace ya tres días que mi marido debería haber regresado a casa, pero no sé nada de él desde que me mandó carta en Ponté. ¿Va a volver Simon?
Las voces de su cabeza respondieron alto y claro y ella se limitó a comunicar la respuesta.
- No.
Un grito desgarrador escapó de labios de la mujer, que se llevó las manos a la cara para esconderse tras ellas. Comenzó a sollozar violentamente, balanceándose de forma precaria sobre la silla.
- ¿Qué le ha pasado al señor Maude, Siane?- preguntó entonces su madre, que abrazaba a la dolorida y desconsolada Francine.
Siane escuchó atentamente durante unos minutos antes de volver a hablar.
- Simon conoció en Ponté a un hombre de negocios con el que cerró un buen trato. Este hombre se ofreció  a compartir con él transporte hasta aquí, ya que tenía cuentas pendientes en el pueblo, para que les saliera a ambos más barato. Pero ese hombre contrató, antes de salir de Ponté, a unos bandidos para que los atracaran en el camino. Los bandidos mataron a Simon y el hombre se quedó con todos los beneficios del trato.
Francine gritó horrorizada y lloró con más fuerza tras escuchar aquello. Siane no pudo evitar levantarse de la silla para retroceder, espantada, ante los chillidos y los gemidos de la señora Maude. Para ella las noticias recibidas no eran tan trágicas; las voces siempre contestaban a todas las preguntas de forma aséptica y desapasionada. Sus padres se miraron: su madre, afligida, sin saber qué hacer. Su padre gruñó y se descruzó de brazos.
- Voy a sacar el carro para llevarla al pueblo. Iré a ver a Dalais para que le de algún calmante.
- Dalais estará dormida...
- Pues la despertaré. ¿Se te ocurre algo mejor?
Su madre negó con la cabeza. Instó a Francine a incorporarse y la ayudó tirando de ella. A la señora Maude le fallaron las piernas cuando por fin estuvo en pie.
- Siane, vete a la cama.
La niña asintió y se encaminó hacia la puerta.
- Espera...- Francine había extendido una mano hacia ella. Su rostro era una máscara temible de dolor y lágrimas.- El cuerpo... de Simon...
- ¿Sí?
- ¿Puedo recuperarlo?
- No.
- ¿Qué ha sido de él?
Antes de que pudiera decir nada, su madre le hizo un gesto brusco y replicó con firmeza.
- ¡Basta ya, Francine! No creo que saber los detalles te haga ningún bien.
La señora Maude gimoteó y protestó débilmente, pero su madre, sin piedad, cargó con ella fuera de casa. Poco después Siane escuchó los relinchos inquietos de los caballos y el ruido del carro al ponerse en movimiento.
Sin embargo, la niña no se fue a la cama sin contestar a la pregunta de Francine. El destino sufrido por el cuerpo del señor Maude fue un susurro que nadie oyó, pero a ella eso no le importaba. Sabía que si callaba alguna respuesta, las palabras murmuradas por las voces crecerían en su cabeza hasta convertirse en gritos insoportables que no se silenciarían jamás. Y ese era el verdadero motivo por el que no podía mentir.


[Imagen por tatasz]

jueves, julio 11

Migrando

El calor había llegado de repente, acompañado de las golondrinas. Como siempre, la primavera apenas había durado un mes; el tiempo justo para que los agricultores plantaran las semillas de la futura cosecha y para que las mujeres guardaran los sayos y sacaran las camisas sin mangas. En el pueblo, el suelo estaba cubierto por el polvo abrasador del verano y la tierra que los carros procedentes del campo dejaban tras de sí. La mayoría de la gente evitaba pisar la calle desde el medio día hasta el ocaso, pero el viejo Timtiel permanecía el día entero en la Plaza Menor, resguardado del sol bajo su tenderete de lona.
Aunque ya era mayor, Timtiel seguía siendo un hombre recio y fuerte. Tenía la piel tostada y arrugada como el papel, las extremidades nervudas y el rostro adusto. El bigote tieso que tenía debajo de la nariz, sin embargo, lo hacía parecer amable, y todo el mundo sabía que se le daba bien escuchar. Timtiel era el confesor del pueblo, y también vendía empanadas, tortas y dulces.
Siane lo observaba sentada en los escalones de un portal cercano. Por mucho que se encogiera sobre sí misma, los dedos de los pies seguían quedando desprotegidos de la sombra del tejado y la suela de las sandalias le quemaba. En la plaza, los chicos de su escuela habían hecho un corro a su alrededor y le suplicaban comida gratis. El viejo Timtiel se hacía el duro, pero tanto los niños como él sabían que al final les daría un bollo a cada uno. La reticencia a abandonar su refugio la mantenía lejos del tenderete, a pesar de que ella también tenía hambre.
Después de unos minutos de lloriqueos, Timtiel cedió y les obsequió con una torta de maíz y mermelada. Los niños gritaron alborozados y saltaron, dándole las gracias. Uno de ellos, un chiquillo rubio y desgarbado, se acercó al portal para darle una dulce a Siane. Se sentó a su lado una vez que ella lo hubo aceptado y ambos comieron en silencio.

- Mi padre ha dicho que te diga que tú y tu familia estáis invitados a cenar mañana por la noche en mi casa.- dijo el niño, de carrerilla. Como si lo hubiera ensayado varias veces.

Ella asintió. Había varias cosas que Siane sabía sin necesidad de preguntar. Una de ellas era que había cosas que cambiaban a lo largo del tiempo dependiendo de las circunstancias y otra que, por por mucho que cambiara la vida, había cosas que permanecían inmutables pese a todo. El viejo Timtiel siempre era bondadoso con todo el mundo y nunca pedía nada a cambio de un favor. Pero había otras personas cuyo interés era migratorio y se cobraban los favores ritualmente. Siane era demasiado pequeña para intuir lo que sucedía en realidad, pero aún así era consciente de que algunas personas se interesaban por su bienestar y el de su familia a cambio de ella contestara a las preguntas que le hacían. Aquellas voces que escuchaba en su cabeza habían estado ahí desde que ella tenía uso de razón, y a pesar de su tierna edad Siane sabía con certeza que nunca mentían.
Lo que ignoraba por completo era que todas las riquezas que sus padres habían acumulado en el último año eran el pago por el don que ella poseía: la respuesta a cualquier pregunta.

El niño se levantó y se marchó sin despedirse. El resto de chiquillos también se dispersó después de la merienda, pero ella se quedó en los escalones hasta que su padre apareció en la plaza subido al carro. Antes de llegar hasta él se detuvo junto al puesto de Timtiel para darle las gracias. El viejo le contestó con un gesto seco de cabeza y la siguió con la mirada mientras se alejaba, resguardado del sol bajo la lona de su tenderete.

[Imagen por theumbrella]

Siane es uno de los personajes clave de un proyecto que tengo entre manos desde que asistí al curso de novela. Aún no tiene título, pero como es posible que suba algún relato más sobre ella o sobre otro de los personajes, lo etiquetaré con el nombre de We Are Broken (canción que me inspiró la idea). 


martes, mayo 28

Condenado

Todavía te veo, tanto en mis sueños más hermosos como en las más horribles pesadillas. Y al abrir los ojos estás a mi lado, tumbada junto a mí, observándome en silencio. Con esa mirada ardiente y profunda que amenaza con atraparme para siempre, en una promesa de placeres infinitos y maldiciones inimaginables para cualquiera que se atreva a rechazarla. Todavía al amanecer me despierto bañado en un sudor frío que me quema la piel, poseído por el deseo enfermizo que abrasa a este cuerpo anhelante del tuyo. Todavía puedo evocarte sin error, oler de nuevo la fragancia seductora de tu cabello negro como la tormenta, contar los lunares de tu pálida tez bajo la luz de la luna, perderme en la llamada de tu boca entreabierta y en las insinuaciones de tu desnudez. Y aún no puedo dejar de delirar imaginando todo lo que una vez me ofreciste. Condenado a recordarte cada día de la vida inmortal con la que me obsequiaste como castigo a la negativa que te di como respuesta a tus regalos.

[Imagen por hoooook]

martes, mayo 7

Te odio

¿A quién quieres engañar? Tus gritos derrumban las paredes y sus llantos hacen temblar los cimientos del edificio. A mí me hierve la sangre, y me siento tentada de colar por debajo de tu puerta amenazas con forma de carta y letras recortadas de algún periódico. Es que ni siquiera puedo imaginármelo. Su mirada y sus lágrimas, ambas indefensas ante tus sucias palabras, tus frases hirientes, tus berridos crueles y tus golpes invisibles. Pondría la mano en el fuego al afirmar que esos corazones, de siete y dos años, todavía no han sentido la caricia del afecto paterno. Aunque sí, es cierto que se te da de puta madre fingir. Sales a la calle disfrazado con esa sonrisa hipócrita y esos ojos amables que consiguen convencer a cualquiera que no comparta techo contigo de que eres un ser humano decente. Si es que llegas a humano..., porque para mí no eres más que un monstruo. Un ser asqueroso al que deberían de haberle extirpado el órgano reproductor para que no pudiera tener hijos. Me despierto todas las mañanas con el alma abierta en canal al oírlos llorar desconsoladamente, al pensar en el miedo, la soledad y la infelicidad que debe acompañarlos desde que se acuestan hasta que se levantan siendo víctimas de esa amargura crónica que te corroe a ti y que les está robando la infancia.
Espero que algún día la vida te devuelva todo el daño que les estás haciendo. Y que ese día te hundas para no volver a levantar cabeza.

[Imagen por NegativeFeedback]

miércoles, abril 3

Brujería moderna

El coche se detuvo y los faros, que iluminaban los árboles a su alrededor, se apagaron acompañados del ronroneo quejumbroso del motor. La luna, plena sobre el cielo, arrojaba su resplandor plateado sobre el claro que se abría por delante del vehículo, proyectando sombras líquidas y movedizas que jugaban encima de la tierra húmeda. Las dos puertas delanteras y una trasera se abrieron al mismo tiempo y tres chicas salieron del coche, con linternas en mano.
- Joder, está todo embarrado.
Se oyó una risa.
- ¿Y qué esperabas? Ha llovido durante toda la semana.
- Pues algo de humedad, pero no este fango asqueroso...
- Tu amor por la naturaleza es un poco cuestionable.
- Simplemente no me gusta mancharme, ¿tan difícil es de entender?
Una de ellas abrió el maletero y dejó la linterna encendida en su interior. La luz destacó la desnudez de su cuerpo una vez que se hubo quitado la ropa con rapidez, antes de soltarse el pelo moreno que llevaba recogido en una trenza que le llegaba a mitad de la espalda.
- Menos mal que ya empieza a remitir el frío.
Las otras dos se acercaron y la imitaron. Guardaron la ropa en el maletero y sacaron de allí una mochila y un par de bolsas de plástico que se repartieron entre las tres de camino al claro del bosque frente al que habían aparcado el automóvil.
- De verdad, qué ascazo.- murmuró entre dientes la más bajita, enseñándoles a las demás uno de sus pies lleno de barro y hojas mojadas.
- Para ya de quejarte.- le reprendió la que se había agachado en el suelo junto a la mochila, con el pelo rojo y corto.- Vamos a terminar rápido y nos marchamos, que luego he quedado y no quiero llegar tarde.
La morena silbó y sonrió.
- Vaya... ¿con quién has quedado? Espera, que te ayudo.
Entre ambas colocaron tres velas de cera blanca en disposición triangular, mientras que la última se afanaba en apilar troncos de leña seca que sacó de una bolsa de plástico en el centro. De repente, la morena soltó un chillido de sorpresa.
- ¿Qué es esto?
La pelirroja echó un vistazo de reojo.
- Pues parece un sonajero.
- ¡Sí! ¿Y qué haces tú con un sonajero?
- Ya sabes... esas veces en las que dices "eh, venga, vamos a hacer locuras" y te vas a una de esas orgías rituales mágicas a principios de la primavera, a follar con el primero que te dice que una vez vio un duende, pero luego no te baja la regla y al final, nueve meses después... Pues en fin...
- No, venga, ya en serio. ¿De dónde lo has sacado?
- Estoy sacándome un dinerillo extra cuidando a los críos de mi vecina. Me lo he debido traer sin querer.
- ¿Y qué tenéis en contra de las orgías rituales?- preguntó la bajita a la defensiva, mientras ponía papel de periódico sobre los troncos ya colocados.- A veces conoces a gente bastante agradable...
- ¿Es que acaso has estado alguna en una?- inquirió la pelirroja, acusadoramente.
- No, claro que no... una amiga me contó...
- ¡Sí que has estado!
- ¡Una borrachera mala la tiene cualquiera, ¿vale?!
- Sí, como la del último San Juan... ¿te acuerdas, Nuria?
- Olvidarse de aquello sería un pecado mortal.- rió la morena, a carcajada limpia.
La bajita, mohína, se irguió con gesto amenazador. Chasqueó los dedos y el papel encima de la madera comenzó a arder de inmediato. Cada una de las brujas cogió una vela, cerró los ojos y aguardó en silencio. En cuanto el fuego se avivó y las llamas alcanzaron altura, una por una se acercaron a la hoguera y encendieron sus velas antes de volver a dejarlas en la posición inicial.
- Esta vez será mejor que hagamos el ritual primero.- dijo la pelirroja, cogiendo un caldero metálico que puso encima del fuego.- Recordad lo que pasó la última vez.
- Si no recuerdo mal, Nuria, fuiste tú la que la lió parda el mes pasado.- repuso la bajita, señalando a la morena.- Te empeñaste en celebrar antes y al final hiciste todos los hechizos mal, borracha como una perra.
- Sí, es verdad.- admitió la chica.- Pero no me podéis negar que fue muy divertido.
Las tres se sonrieron con malicia.
La bajita sacó una bolsita de tela de la mochila, y una vez que el caldero estuvo lleno de agua fue echando algunas hierbas y flores.
- Te has saltado el polvo de cuarzo, Cecilia.- le dijo la pelirroja, observándola.
- ¿Qué? No, no me lo he saltado.
- Sí lo has hecho.
- No, mira... está de color azul, ¿ves?
- Eso es un azul un poco relativo...
- Que se lo he echado, coño.
- Lo que tú digas, cabezota. Pero si la semana que viene te das cuenta de que no ha servido de nada, no me eches a mí la culpa.
Cecilia la fulminó con la mirada antes de echar un polvo blanquecino sobre el caldero, solo por si acaso.
Cuando hubo terminado y devuelto la bolsa a la mochila, las tres se reunieron alrededor de la fogata con trozos de papel doblado en los puños de sus manos.
- Las bendiciones primero.- dijo Nuria.- Sara, empieza tú.
La pelirroja desdobló el papel y leyó en voz alta.
- Sobre el campo, las nubes se alejan. Brillará el sol. Para Adela.- y tiró un papel.- Te encontrará la infancia mañana, en el despertar. Para Ainara.- tiró otro.
- Oh, Madre. Cuida su camino.- dijeron las tres al unísono.
Nuria entonces se adelantó y leyó también.
- Miradas ciegas, en mitad de un bar, se encontrarán. Para Felipe.- el papel desapareció dentro del caldero.
 - ¿Y ya está?- preguntó Cecilia, tras un minuto de silencio.
- Sí, he tenido una semana ocupada y no he podido estar muy pendiente del vecindario. Te toca.
- Oh, Madre. Cuida su camino.- volvieron a entonar.
- Volverás a sentir el calor añorado. Solo persiste. Para Irene.- dijo después Cecilia.
- ¿Ya has terminado?- inquirió Sara.- ¿Podemos celebrar?
- No. También tengo una maldición...
Tanto la pelirroja como la morena alzaron las cejas. Ella se encogió de hombros.
- No soporto a vecina de abajo. Es una zorra sin corazón. Quiero que se vaya del bloque.
- También puedes alejarla dándole una bendición...
- No, lo siento. No se lo merece. Necesita un escarmiento.- sacó otro papel doblado y leyó.- Mala fortuna te perseguirá hasta que cambies tu ser. Para Claudia.
- Oh, Madre. Vigila su camino.
Y tras unos minutos más sin decir nada, Cecilia se inclinó junto al caldero y se acercó a la mochila para sacar tres copas de cristal del interior de una caja. Las tres las llenaron con el contenido del caldero y las alzaron hacia la luna.
- ¡Chin chin!
Brindaron, bebieron y sonrieron. Guardaron las copas y sacaron de las bolsas de plástico tres botellas de calimocho. Las levantaron en el aire y volvieron a brindar. Sara sacó de la mochila un mp4 y unos altavoces, que conectó y dejó encima de una piedra. La música inundó el claro y las brujas bailaron a su son, a la luz de la luna.
- ¿No puedo ir a por los calcetines, por favor?
- ¡¡No!!

[Imagen por Christine-Muraton]

Tormenta

Es difícil disipar las sombras. Han tomado posesión de nuestro mundo, han crecido fortificadas a nuestro alrededor sin que nos diéramos cuenta y ahora amenazan con robarnos la luz y el aire. Muchos son los que esconden la cabeza, y muchos también los que encuentran el miedo reflejado en ojos ajenos. ¿Qué podemos esperar? No somos los descendientes de los especímenes más fuertes de nuestra raza, sino de los cobardes que huyeron o de los malvados que jugaron sucio para sobrevivir. Somos los herederos de un legado decadente, de una moral decapitada, de la corrupción, de un corazón y espíritu débiles. Tememos que las sombras nos ahoguen y que se nos cuelen en la cama por las noches, de que nos hagan llorar sin saber el motivo. Sombras que, aunque muchos no lo saben, han sido alimentadas por nuestra propia inmundicia.
Yo me limito a aguardar a la tormenta. Ansío ver las nubes acercarse, a la espera de truenos, deseo ver el cielo arder por un segundo y anhelo limpiarme por fin de esta sensación de decepción permanente.
Quizás después de la tormenta, las nubes se lleven consigo las sombras y consiga cazar un fugaz rayo de sol.
A mí esa esperanza me mantiene a flote, pero sé que el resto del mundo necesita algo más para liberarse de la oscuridad que lo oprime.

[Imagen por One-For-Scarlet]

miércoles, enero 9

Tiempo de cosecha

Desde fuera, el castillo tenía el mismo aspecto sobrecogedor que ofrecía por dentro. El gran espacio existente entre el suelo y la alta techumbre estaba lleno de un silencio helado quebrado por el silbido del viento y pasos fantasmas que vagaban sin rumbo. La suciedad había anidado entre las losetas resquebrajadas y las sombras, lóbregas y espesas, colgaban de las esquinas como cortinas viejas. La chiquilla se detuvo en la entrada, tiritando de miedo y de frío, y procedente del otro extremo del corredor se oyó el crujido de una puerta. La muchacha se retorció las manos por debajo de la capa mientras aguardaba a que la figura que se dirigía ella ganara forma y nitidez, dividida entre la curiosidad y la tentación de dar media vuelta y correr de regreso a casa. Aunque el Duque era muy conocido en el pueblo, nadie lo había visto jamás fuera de su castillo. Y no todos los que lo habían visto, habían vuelto para contarlo. Era un hombre alto y fuerte, bien vestido, de rostro atractivo pero severo con unas cejas finas, ojos penetrantes y labios carnosos. Caminaba con decisión, abarcando con orgullo en la mirada sus dominios a pesar de que eran poco más que ruinas decadentes. Pisando con seguridad, casi con crueldad, aquellas losetas de piedra apunto de romperse bajo sus pies.
Al verla, sonrió. Sonrió como lo haría un lobo al encontrarse delante a un conejo asustado. La chica, tal y como le habían ordenado sus padres, hizo una reverencia torpe con los ojos clavados en el suelo.
- Mírame, niña.
Con dificultad, la muchacha logró levantar la cabeza y mantener la mirada firme, a duras penas. Los ojos del Duque eran pozos de tinieblas imantados que apresaban el espíritu para no dejarlo escapar. Se estremeció. El hombre le agarró la barbilla con dedos fríos y le giró la cabeza, a un lado y a otro, estudiándola con implacable minuciosidad.
- Eres bonita. Demasiado joven para mi gusto, pero no importa. Suéltate el pelo.
- ¿Qué?- preguntó ella, sin comprender.
El Duque frunció el ceño.
- Que te sueltes el pelo, niña. ¿Acaso eres sorda? No me gusta tener que repetir las cosas.
La chica se llevó las manos a la cabeza para desatar el lazo con el que su madre le había recogido las trenzas tras la cabeza y se alisó el pelo con los dedos. El Duque le cogió un mechón de suave cabello caoba y lo olió con una sonrisa.
- Al menos estás limpia y hueles bien. Sígueme.
A pesar de que el hombre caminaba despacio, la muchacha tenía que andar deprisa para no quedarse atrás. Conforme se alejaban de la puerta entreabierta, el aire se enfriaba y se hacía cada vez más irrespirable. Las paredes parecían curvarse sobre ellos, estrechándolos, convirtiéndose en un túnel oscuro y aterrador que al final del todo tenía una pequeña abertura luminosa.
- ¿Sabes para qué estás aquí?
En realidad, la chica no tenía ni idea. Sabía que su familia estaba atravesando una mala época y que faltaba la comida. Su hermana pequeña había enfermado y no tenían dinero suficiente para pagar medicinas, y la mitad del ganado había muerto inexplicablemente el año anterior. También sabía que, en el pueblo, las familias que tenían problemas sin solución enviaban a alguna jovencita al castillo del Duque para, a cambio, recibir alimentos o dinero. Esas chicas a veces volvían y a veces no, pero la recompensa era segura. Lo que no sabía era lo que tenía que hacer allí, así que negó con un gesto de la cabeza, temerosa.
Llegaron a la puerta al final del pasillo, que daba a un exuberante jardín. El Duque se detuvo antes de entrar, observando satisfecho lo que tenía ante sí. El jardín era amplio, y la vegetación allí parecía nacer y crecer salvaje, sin restricciones ni límites. Varias plantas trepadoras luchaban entre sí por dominar la totalidad de la facha de piedra del castillo, y había árboles de toda clase, de troncos fuertes y gruesos y copas colmadas de hojas. Y aunque era de una belleza impresionante, también tenía un aire siniestro y triste que parecía ahogarlo todo en una melancolía espeluznante casi palpable.
- Si accedes a hacer lo que te pida, tu familia recibirá comida y dinero suficiente para curar a tu hermanita, reponer las reses y no pasar hambre en largos años.- dijo entonces el Duque, bajando la voz como si estuviera confiándole un secreto.- Te doy mi palabra.
El hombre le tendió la mano y cuando la aceptó, tiró de ella con fuerza a través del jardín, apretando sus dedos y haciéndole daño. Ella se tragó las quejas, muerta de miedo.
- ¿Y sí no lo hago?
Su pregunta parece divertir al Duque, que ríe sin alegría.
- No son muchas las que se atreven a hacerme esa pregunta.
A su alrededor, empezaron a oírse murmullos. La chica, al principio, pensó que se trataba del viento, pero era un sonido demasiado angustiado para ser sólo la brisa entre las ramas. Los murmullos se transformaron poco a poco en gemidos, después en sollozos y finalmente en un llanto desconsolado que no intentaba esconderse. El Duque se detuvo frente a un árbol maravilloso, de corteza color crema y hojas castañas, cuyas raíces penetraban profundas en la tierra fértil. Volvió a cogerle la barbilla y le obligó a levantar la mirada para encontrarse con unos ojos verdes que lloraban sin pudor. La chica ahogó un grito e intentó retroceder, a pesar de que los dedos del hombre eran auténticas garras.
Frente a ella, el árbol lloraba. La figura de una mujer cuyos pies se habían convertido en raíces, sus brazos y manos en ramas y su piel en corteza, gemía incontroladamente derramando lágrimas que caían y se perdían en la tierra removida. Otros llantos se unieron al suyo, y la muchacha escuchó a los árboles vecinos llorar con ella.
- Si no me ofreces tu fruto por voluntad propia, te transformaré en árbol y me los ofrecerás sin resistencia. Eternamente.- contestó el Duque.
Le agarró la otra mano, le sujetó ambas a la espalda con un brazo y le cogió la cara con la quedaba libre para besarla con violencia, mientras el coro de llantos en el jardín se hacía cada vez más fuerte e insoportable.

[Imagen por erilu]

lunes, junio 11

Ojos de sirena

Había noche en la mar picada, que rizaba las olas en la orilla y regaba la arena gris de luna con espuma batida y salada. Recortado sobre el firmamento nocturno se alzaba un peñón completamente negro que cercaba la playa con un solo brazo, en cuya punta, sobre las aguas, se levantaba un viejo faro ya extenuado y carcomido por el tiempo, la sal y la marea furiosa. Sobre las cabezas de marineros rendidos, las débiles estrellas habían dejado de dar rumbo y un cielo desconocido los traicionaba.
Tres canciones rompían el silencio aquella noche. La primera, que existe desde que el mundo es mundo, era del propio océano: rugiente y atronadora, su húmeda y salvaje melodía se estrellaba contra roca, piedras y suelo salpicando sus notas profundas y su eco grave entre los guijarros brillantes. La segunda era el gemido del propio barco, que armonizaba sus sollozos hasta acompasarlos al vaivén de las olas: crujiente, lastimera y chirriante, su sonata triste todavía intentaba mitigar el dolor de las cicatrices de la última tormenta. Y la tercera era un llanto convertido en música, una llamada de auxilio sin destinatario soplada a través de una armónica ya desgastada por el uso en boca de un grumete insensato. Las anclas tocaron fondo y las luces del barco se encendieron, mecidas y emborronadas por el movimiento. Un bote cargado con la mitad de la tripulación comenzó a alejarse del navío a golpe de remo, que el mar amenazaba quitarles a los hombres de las manos con un solo bocado, alejándose de esta forma la tercera canción de la segunda y la primera.

La sal le escocía en los ojos y se le metía en la nariz y entre los dientes, ahogándole el aliento y quitándole la fuerza para seguir tocando. El grumete guardó la armónica en el único bolsillo intacto de su remendado pantalón e intentó, en vano, ensanchar un poco los hombros para hacerse hueco entre los curtidos marineros que le acompañaban. La Scotia se balanceaba sobre el vivo oleaje y sus luces se hacían más difusas y pequeñas a medida que los remos avanzaban, mientras el océano luchaba por no dejarse navegar. El muchacho se apartó el pelo mojado de la frente y clavó la mirada en sus manos vacías, recientemente encallecidas y un poco más sabias que antes.
Alguien en el bote murmuró, y su susurro levantó las cabezas de todos los demás. El grumete entrecerró los ojos y buscó con ellos en el horizonte, que se perdía en la oscuridad del cielo y del mar, hasta localizar, con cierta dificultad, un resplandor broncíneo que coronaba las olas y que se aproximaba hacia ellos. Los remos, al igual que la respiración de los marineros, se detuvieron, y el muchacho se metió de nuevo la mano en el bolsillo para sujetar con fuerza su vieja armónica. En ese instante, otra canción nueva se unió a las anteriores. Una canción con voz de mujer, con la voz de mujer más seductora y bella que había escuchado jamás cualquiera de los hombres a bordo, y que resonó sobre el océano, bajo el océano, y llegó a oídos de los que se habían quedado en la Scotia y a las piedras del fantasma vacío en que se había convertido el faro inerte del peñón.
Una cabeza asomó entre las aguas. Su cabello era dorado como el oro al sol, sus ojos enormes y cristalinos de un azul más intenso que el propio cielo y su boca de labios carnosos, apetecibles y entreabiertos, eran una llamada carmesí irresistible a un placer sin límites. El grumete se rascó los ojos para ver mejor, y el resto de los marineros se irguió sobre el bote de forma inconsciente. Sólo uno de ellos se atrevió a mencionar aquella palabra que todos estaban pensando pero que nadie quería creer: "sirenas". La criatura lo escuchó, y sonrió hasta hacerles temblar las piernas.
Una a una fueron asomándose más cabezas, y cada una más hermosa que la anterior. Ellas reían y cantaban al mismo tiempo, se aproximaban al bote enseñando sus torsos desnudos y sus senos anhelantes, extendiendo las manos tímidamente para acariciar la piel ajada de los marineros, sus duras barbas y sus labios resecos. Sin hablar, sin pedir nada... ofreciéndolo todo. El grumete, en mitad de su arrobación, pudo ver que la Scotia se alejaba. Sus luces se habían apagado y sus velas rotas ponían el viento a sus órdenes para llevársela de allí. Pero también, debido a su arrobación, aquel abandono no le importó absolutamente nada... ni a él, ni a ningún hombre de la tripulación.
Todo lo demás sucedió demasiado rápido para su entendimiento. De repente, todas las canciones callaron y súbitamente, la conmovedora y atractiva belleza de las náyades se convirtió en hambre e ira. El brillo de los ojos en pupilas rasgadas, las bocas sumisas en dientes afilados e impacientes. Las manos que segundos antes acariciaban y hechizaban se transformaron en garras y zarpas que se hundían en la carne, que la arrancaban y que se llevaban sus presas a los reinos abisales del fondo del océano. Los marineros gritaban y se resistían en un amasijo de golpes al aire, y el grumete, en aquel frenesí de sangre y muerte, sólo pudo sacar su armónica y ponerse a tocar.
Para cuando fue consciente del silencio a su alrededor, no quedaba ni un solo hombre con él en el bote. La luna hacía que la sangre negra tuviera un fulgor rojo, y el perfume salino del mar le robaba el óxido a su olor característico. El muchacho levantó la cabeza, con el cuello dolorido y agarrotado, y vio a nueve sirenas preciosas observándolo sin decir nada. Sus rostros angelicales de sonrisa cálida le hicieron dudar momentáneamente de su cordura, pero no había lugar a dudas de que estaba solo, únicamente acompañado de la huella de una matanza. Una de las criaturas le arrebató la armónica y la tiró al agua.
- ¿Sabes cantar?- preguntó en un siseo casi imperceptible.
- Tiene ojos de sirena.- comentó otra, tocándole la mejilla con un dedo gélido y suave.
- Canta.- ordenó la primera, con tono autoritario.
Y el grumete cantó. Se quitó la gorra, empapada, y la apretó entre sus puños mientras lo hacía. Ya no quedaba ninguna luz más que el resplandor de la luna, plena y redonda en el cielo.
Cantó todas las canciones que había aprendido a lo largo de su vida, desde las nanas que le había cantado su madre cuando era pequeño a las soeces letras que abundaban en las tabernas, desde las más finas melodías de cortejo a las sonatas de versos más enrevesados. Las sirenas lo escuchaban embelesadas, y él siguió cantando hasta que el alba pintó el horizonte de gris perla, rosa nacarado y naranja amanecer, hasta que la garganta, enferma de sal y cansada por la brisa húmeda del mar, se negó a seguir cantando.
Los ojos lloraron al ser incapaz de pronunciar una sola palabra más, pero las sirenas no son criaturas compasivas. Y en cuanto el muchacho calló, su belleza volvió a tornarse en pesadilla. Entre las nueve lo agarraron a la vez, y no pudo ni chillar antes de que lo ahogaran las fauces del océano... ya tranquilo.

[Imagen por sandara]