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jueves, mayo 22

Lágrimas de buenas noches

Son las doce, la una, las dos o las tres de la mañana, y no tengo sueño. Me obligo a apagar el ordenador y antes de meterme en la cama, cojo los auriculares y enciendo el mp4 con la esperanza de que entre canción y canción Morfeo se digne a hacerme una visita. Con la primera canción, llegan las lágrimas. No se hacen esperar sino al contrario; parece como si estuvieran aguardando el momento con impaciencia. No sé muy bien de dónde vienen. Algunas tienen el nombre de mi abuela, que falleció hará dos años dentro de poco, y otras el de mi abuelo que murió hace sólo unos meses. Otras, supongo, pertenecen al pasado: lágrimas eco de los desamores, las decepciones, los arrepentimientos... que aún reverberan en algún rincón. Las del presente nacen de la rabia y de la impotencia que siento al ver que el mundo se tuerce, que la avaricia y el egoísmo corrompen y que las injusticias no sólo se han convertido en el pan de cada día sino además en uno al que, tristemente, nos hemos acostumbrado. Y también, imagino, hay lágrimas que hoy por hoy no tienen razón de ser: son como una premonición de lo que, en un
futuro, sea llanto.

[Imagen por ChaosFissure]

martes, mayo 7

Te odio

¿A quién quieres engañar? Tus gritos derrumban las paredes y sus llantos hacen temblar los cimientos del edificio. A mí me hierve la sangre, y me siento tentada de colar por debajo de tu puerta amenazas con forma de carta y letras recortadas de algún periódico. Es que ni siquiera puedo imaginármelo. Su mirada y sus lágrimas, ambas indefensas ante tus sucias palabras, tus frases hirientes, tus berridos crueles y tus golpes invisibles. Pondría la mano en el fuego al afirmar que esos corazones, de siete y dos años, todavía no han sentido la caricia del afecto paterno. Aunque sí, es cierto que se te da de puta madre fingir. Sales a la calle disfrazado con esa sonrisa hipócrita y esos ojos amables que consiguen convencer a cualquiera que no comparta techo contigo de que eres un ser humano decente. Si es que llegas a humano..., porque para mí no eres más que un monstruo. Un ser asqueroso al que deberían de haberle extirpado el órgano reproductor para que no pudiera tener hijos. Me despierto todas las mañanas con el alma abierta en canal al oírlos llorar desconsoladamente, al pensar en el miedo, la soledad y la infelicidad que debe acompañarlos desde que se acuestan hasta que se levantan siendo víctimas de esa amargura crónica que te corroe a ti y que les está robando la infancia.
Espero que algún día la vida te devuelva todo el daño que les estás haciendo. Y que ese día te hundas para no volver a levantar cabeza.

[Imagen por NegativeFeedback]

martes, junio 5

Adiós

Los seres humanos somos máquinas.
Nuestro esqueleto es una auténtica obra maestra de ingeniería que crece y se desarrolla de acuerdo a las instrucciones escritas en un código genético. No sólo por función, sino también por su apariencia: huesos de aspecto futurista, tejidos musculares organizados por patrones perfectos, órganos de diseño fundamental, recubiertos por una capa de piel y pelo que disimula nuestra simetría. Poseemos un centro neurálgico envidiable, ya que nuestra mente es el motor y el ordenador de abordo más potente que conocemos. Las conexiones entre las neuronas se basan en un lenguaje que no podemos ni comprender ni imitar. Todo lo que sentimos es fruto de una ecuación matemática, de una reacción química, o de palabras incomprensibles susurradas, que se mueven de un lado a otro en nuestro cerebro por canales diminutos.
Y como toda máquina existente, llega el día en que nos estropeamos y no hay para nosotros solución ni reparación posible. Un fallo, un error, desencadena uno tras otro como la caída de una ficha de dominó... que hace caer a las demás hasta no dejar ni una sola en pie.

La muerte tiene un olor dulce. Un aroma pesado y empalagoso que se te mete en la nariz hasta que te olvidas de él, para hacer su camuflaje infalible. La muerte se queda colgando en las esquinas, mirando las fotos enmarcadas encima de las mesitas, enroscada en cabeceras de cama y patas de silla, flotando sonriente delante de los espejos. Su silencio sólo se acompaña por coros de llantos, sollozos y narices sorbiendo los mocos. Su olor dulce es el cepo ideal, para tentar al espíritu a abandonar el cuerpo. La muerte no quiere doler, porque es compasiva. Y la muerte sólo duele a aquellos que intentan resistirse a su llamada ineludible, a aquellos que se aferran a la vida a pesar de la certeza de que les ha llegado el momento. Porque la muerte no tiene amigos, sino súbditos. Y a ella nunca nadie le puede decir que no.

La pérdida de un ser querido puede llegar de dos formas: de improviso, o avisando de antemano. Desde luego, la primera es mucho más difícil de aceptar y más dura y sufrida de superar... si es que llega a superarse alguna vez. La segunda, por el contrario, es un poquito más fácil. Ni menos triste ni menos dolorosa, pero sí algo más sencilla de asimilar.
Yo sabía que esto iba a pasar. Sabía que no quedaba mucho, y tampoco deseaba que los días se extendieran demasiado si ello ocasionaba más agonía y sufrimiento, más pena y dolor innecesarios. El hecho de que haya sido rápido, de que haya sido en paz y en familia, en casa... me consuela y alivia. Pero no por ello hay menos lágrimas para ti. Se me hace crudo el haberte visto sin vida. Sin alma ni chispa en tu interior, tan sólo convertida en carne que ya no respira y en corazón que ya no late ni bombea sangre. Se me ha hecho horrible el verte como algo perdurable a través del tiempo, únicamente como un resto biológico que se pierde con los días.
Y pesar de haber tenido asumido que esto tenía que pasar, y de conseguir evadirme más o menos, creo que no me he hecho a la idea todavía. A pesar de saber que tus cenizas descansan ya, no soy plenamente consciente de que ya no estás. Se trata de un concepto resbaladizo que elude mi atención y que requiere concentración para ser encontrado. Supongo... que será cuestión de acostumbrarse a ello, aunque la sensación de vacío, de que hay un hueco en el mundo que jamás volverá a llenarse, no se borrará nunca.

Adiós, abuela.

domingo, junio 3

Mediocridad

Mi alma no es una unidad completa, sino un compendio alicatado de fragmentos millonésimos mutando a cada segundo consecutivo. Mi don es el de fingir sobre el papel, el de vestir mentiras y ficciones de verdad y realidad indudable. La existencia individual del escritor no es más que un mito ingenuo, puesto que un escritor no tiene una única identidad sino miles, que se reproducen con fruición ansiosa y casi desesperada dentro de su mente, imparables... infinitas. De número equivalente a la velocidad de la luz multiplicado por el alcance kilométrico de su imaginación.
La tinta ahoga mis venas. Escribir es más que disfrazar el espíritu: es dejar atrás toda tu vida en un breve pestañeo con la misma facilidad que respirar. Porque soy una actriz, soy una maga, soy una diosa desenfadada que inventa a su antojo.
Si me miro las manos, pienso dos cosas. La primera es que son instrumentos torpes para sostener cualquier herramienta que no sea un lápiz, o un bolígrafo, o para pulsar las teclas de un ordenador. Y la segunda es precisamente la misma. En un abanico de porcentajes, lo mediocre abunda en mi expediente vital hasta llegar a esa porción de talento minúscula.

[Imagen por NegativeFeedback]

lunes, enero 9

El frío es sólo una excusa para llorar

Esta mañana hubiera deseado no tener que salir de la cama. Todos los años, el final de las vacaciones de Navidad y el regreso a las clases es algo desagradable, pero esta vez me ha resultado más duro que de costumbre.
El termómetro de la farmacia marcaba 2.5 cuando he cruzado la carretera de camino a la Facultad. El aire frío era sólo una excusa para llorar, para camuflar las lágrimas de reacción fisiológica inevitable. Me siento sola, y la soledad me espanta la inspiración y la motivación con vergonzosa facilidad. Ya no recordaba lo mucho que duele, después de haberme desacostumbrado y despojado de ella. Hace años que modifiqué mi carácter y lo orienté a la vertiente socializadora del ser humano, dejé de caminar a solas por la vida y abandoné mi férrea independencia. Y ahora que vuelvo a mi hábito solitario me doy cuenta de lo mucho que he cambiado.
Se han alineado las circunstancias para enturbiarme el ánimo. Ayer te fuiste. Y a pesar de estar ya en mi último día de la regla, la hipersensibilidad todavía me congestiona el alma, haciéndome apretar la mandíbula para contener el llanto. Por que el día a día se me hace doblemente difícil cuando no estás a mi lado.
Durante unos minutos del trayecto un muchacho anduvo por delante de mí, dejando una estela de intenso olor a detergente de la ropa. Olor a limpio y a camisas recién colocadas sobre la cama. Parecía que antes de salir de casa se hubiera rociado el cuerpo entero con colonia de Vernel.
Al bordear el parque, ya en el último tramo del camino, he visto un árbol de ramas desnudas coronadas por piñas rojizas. Y tal vulnerabilidad me ha parecido desalentadora. Es la primera vez en mi vida que los estragos del otoño me entristecen; será que estoy empezando a sentirme vieja.
Mi corazón canta en una frecuencia tan baja que, incluso con la distancia de por medio, tú eres el único que puede escucharlo.

[Imagen por NegativeFeedback]

jueves, diciembre 15

Nunca Jamás ya no existe

Las promesas ya no sirven de nada, la conciencia es sólo un impedimento que no te deja ser feliz. Recuerdas con nostalgia aquellos tiempos en los que no intentabas abarcar más que aquello que te cabía en la palma de una mano y sin ningún tipo de arrepentimiento. Hoy, que te esfuerzas por mantener suspendidas ambas manos, te ahogas: todo rebosa, se derramaba y se pierde, castigándote con remordimientos indelebles que te impiden descansar bien por las noches.
Si esto va a seguir siendo así, no quiero crecer. No me gusta esta sensación al ver todo mi tiempo y mi trabajo tirado al váter sin contemplaciones. No me gusta llorar cuando echo la mirada atrás. Ojalá pudiera volver a Nunca Jamás, trepar a un árbol desde el que se divisara el mar y aovillarme allí arriba para ver el amanecer junto al canto de las sirenas.
Pero mi recién adquirido Pepito Grillo no está de acuerdo con ese cambio de planes y me susurra al oído que la vida es así y que estas decepciones son el pan de todos los días, que no hay que retroceder por mucho que pensemos que nuestras intenciones y sueños caen en saco roto. Y yo, que siempre he sido una atenta oyente, no puedo más que prestarle atención y reconocer verdad y sabiduría en sus palabras.
Tal vez si ahora siento decepción es porque nunca antes me había esforzado por llegar hasta aquí. Y aunque me sienta sola y rodeada de esos espejismos e ilusiones a los que considero mis descendientes, ahí fuera me sostiene lo más tangible que han sujetado jamás mis manos; algo que no se ha precipitado al vacío como todo lo demás.
Por muy poco orgullosa que esté de mí misma me reconforta pensar que tú lo estarás más que yo.

[Imagen por Homentashen]

lunes, septiembre 26

Confesión propia 1


Soy una especie endémica de tu ser. Culebreo sobre tu piel, explorando con avidez las texturas, olores y sabores que has ido almacenando desde que naciste, alimentándome de ellas, memorizando cada línea de tus huellas dactilares, descansando a la sombra de los relieves de tu anatomía. Mido (y altero) la velocidad y la temperatura a la que bulle tu sangre, cuidando al detalle que todo funcione debidamente. Vibro, al igual que una brizna agitada por el viento, cuando tus cuerdas vocales dan vida a tu voz. Por las noches me subo a tu oreja para acostarme y susurrarte mis pasiones y sueños antes de que te duermas.

Respiro el aire que respiras, mis ojos captan y asimilan tu visión del mundo completando la mía, ampliándome las fronteras, enseñándome que los límites son sólo una estúpida convención terrenal que no merece creyentes. Los rizos de tu pelo son un patio de juego para mis dedos incansables, tus suspiros ahuyentan bien lejos mis malos pensamientos. Mi sueño es aquel que está velado por tus brazos y tu calidez, por tus palabras susurradas en un desvelo fugaz en mitad de la noche. Te beso los miedos, las alegrías, te beso los labios y te beso entero, todo entero. Y beso tras beso me (nos) voy (vamos) encendiendo, y me descubro a mí misma haciendo por primera vez el amor, sintiendo que de tan dentro que me llegas alcanzas a acariciarme el alma para besarla también.
En ese momento sé que quiero alargar la despedida hasta el punto de matarla completamente para no decirte adiós nunca más. Sé que es en ti y junto a ti donde quiero pasar el resto de mis días, regalándote los buenos días con uno de esos besos, que tú y yo conocemos, que atan y desatan y que tatúan un "siempre" en ese punto débil del alma que le provoca la risa con sólo soplar de lejos. Sé que es allí donde quiero morirme el día que me toque dejar este mundo.

Nacido de una nube

Ayer vi un dragón recién nacido acurrucado en una nube pasajera. Era un polluelo, de alas que todavía estaban cubiertas del suave plumaje que precede a las escamas de la madurez, de frente redondeada y ojos enormes que brillaban como bolas de cristal. Pasados unos pocos segundos, el retoño se había convertido en un magnífico ejemplar de cuello esbelto y cuerpo elegante, encaramado a una torre algodonosa y contemplando desde allí las lejanas montañas, envuelto por una aureola de calma y serenidad, de poder y grandeza.
Los segundos seguían pasando, y pude ver claramente cómo se contagiaba de la decadencia que acompaña al paso del tiempo. Su lomo se arqueaba gradualmente, su cuello se encogía y la cabeza perdía fuerza para mantener la mirada en las fronteras, quedando cabizbaja y cansados sus ojos, que ya no brillaban tanto. El dragón se marchitaba como una flor, a cámara rápida: las escamas se le caían, la piel se le arrugaba, afinaba y se le pegaba a los huesos. Su silueta adelgazaba revelando una calavera polvorienta y un cuerpo débil incapaz ya de volar.
Pasado un minuto, de aquel pequeño ser sólo quedaba un esqueleto insignificante sobre una nube borrosa. Segundos más tarde, el viento esparcía sus cenizas sobre la tierra a sus pies.

[Imagen por Kezrek]

sábado, agosto 27

Carta para ti (4)

Hoy en sueños me visitó la suavidad de tus alas, y al abrir los ojos con el sol me descubrí besándote una a una las plumas con las que me envolvías el cuerpo y el alma.
Ha pasado ya mucho tiempo. Tanto, que se me había olvidado que te conocía. He dado vueltas y vueltas como una idiota en un circuito cerrado, buscando y anhelando algo que no pertenecía al mundo terrenal. He perseguido el amor fuera de mí sin acordarme de que ya me habías firmado el interior con la fecha de llegada y sin fecha de salida, he intentado ver en las miradas de los demás una similitud con aquellos ojos que en su momento me juraron la más leal de las fidelidades.
Micro climas a flor de piel. Tiritar, aunque no de frío, cuando te veo llegar. Sofocos intermitentes, como fiebres exóticas, que me aceleran el pulso y la respiración, que me hacen suspirar y crear ínfimos huracanes con los que bailan las partículas que llenan el poco espacio que nos separa. Vendavales de alientos robados de los que nos alimentamos mutuamente. Tormentas de besos, gemidos eléctricos y rayos diminutos que me serpentean sobre la piel con un calambrazo de placer, tatuándome un patrón de fe de la que ahora soy firme creyente. Humedades... humedades en las cumbres, y humedades en los bajos pantanosos. Humedades sudadas y resbaladizas, humedades de olor penetrante, humedades de perfume a lluvia impregnada en tu pelo.
La resignación empujó las estaciones y borró el rastro de aquella promesa desoída. Y yo me olvidé de ti.
Te busqué en unos y en otros, en otros lugares y sitios, en dogmas y propósitos, desesperanzada al pensar que tal vez habías sido sólo un bonito sueño, una ilusión ingenua, un deseo inexperto. Llegando a pensar que no existías y que mi creencia era fruto de una locura soñadora, ensimismada, que concedía demasiada veracidad a sus propias fantasías.
Menos mal... que tú no te habías olvidado de mí, y ahora caes del cielo a mi lado como un regalo divino, como una deuda kármica que no sé si podré saldar algún día. Sin embargo, me da igual hipotecar mis futuras vidas si ahora puedo decirte que te quiero todos los días.

miércoles, agosto 24

Autobús.0

La falta de luz lo cambia todo, y a pesar de haber viajado decenas de veces por aquella carretera, la noche parecía haber alterado su recorrido y el paisaje que lo acompañaba. El aire acondicionado del autobús me ponía la piel de gallina, la música que sonaba a través de los auriculares me erizaba el vello de todo el cuerpo y los sobresaltos al no reconocer algunas curvas del asfalto hacían que mi corazón latiera más deprisa durante unos segundos. El reflejo de lo que se veía por el cristal del lado contrario se mezclaba con las imágenes que desfilaban detrás de mi propia ventana, fundiéndose las montañas de un lado con las del otro y creando relieves híbridos entre lo fantasmagórico y lo real. Los puentes, que nunca me habían inspirado el más leve temor, se me antojaban poco más que finas cuerdas interminables sobre pozos de oscuridad abisal que aguardaban silenciosamente a capturar víctimas despistadas con mandíbulas gigantes. El cielo no tenía luna que lo iluminara; el agua de la presa no brillaba como un espejo para el sol, sino que permanecía inmóvil y gris, desposeída de toda su vitalidad. Las montañas negras parecían enormes monstruos dormidos, y los picos de los montes dibujaban perfiles de caras inexistentes contemplando el cielo en soledad, buscando las estrellas perdidas de aquella noche que había transmutado el familiar trayecto en una travesía por tierras desconocidas. Las luces de casas y farolas se agrupaban unas cercas de otras aunando las edificaciones que conformaban pueblos y ciudades. En el negro reinante más allá de la tenue iluminación del autobús, parecían cambiar de tamaño y delataban los hogares remotos entre la vegetación y la piedra que pasaban desapercibidos a plena luz del día, resplandeciendo como fulgores extraviados.

La ausencia de luz también cambiaba el paso del tiempo, ya que cuando pensé, asustada, que el autobús se desviaba de su camino, me di cuenta de que había llegado a su destino antes de lo que mi reloj interno había calculado. Otro reloj, situado en mi pecho y ligeramente a la izquierda, contaba las horas de forma completamente diferente y totalmente ajena a la luz que le faltaba a la noche. Aunque habían pasado menos de tres desde que nos despedimos en la estación, mi corazón te echaba de menos como si hubieran pasado más de mil.

jueves, agosto 11

Apuntes

Soy así de rara, y siento ternura al padecer esta nostalgia crónica que no deja de mover las manecillas de mi reloj interno a su azaroso antojo, reviviendo para mí momentos pasados por los que no puedo evitar sentir una alegre melancolía sin distinción entre buenos o malos recuerdos.

Hay veces en las que, si permanezco lo suficientemente silenciosa durante el tiempo suficiente, y con mi consciente actividad cerebral suficientemente inmóvil, me da la sensación de conocer los secretos del universo. Siento que mente y cuerpo se desdoblan dejándome atrás en un cuerpo orgánico, que empequeñezco a la velocidad de la luz retornando a la verdadera insignificancia de mi ser comparada con las infinitas posibilidades, opciones, casualidades, coincidencias, errores, cálculos, suposiciones, metáforas y alegorías, etcéteras de la existencia más allá de los límites físicos de mi piel y mis percepciones parciales. Pero tal comprensión trascendental dura menos de un ínfimo segundo, y después vuelvo mi prisión biológica y a mi categoría como ser humano más en este planeta con ego monumental.

Soy una indiscutible hija de la Madre Tierra, mi credo es la voluntad de la Naturaleza, me reconozco a merced de los elementos, de los huracanes, de las tormentas y tsunamis, de los terremotos, las erupciones de los volcanes y la voracidad de los incendios. Agradezco al sol su aparición con un saludo y lo despido cada ocaso con la esperanza de que venza al mal y nos regale un nuevo amanecer. Cuento las estrellas, pido deseos a los dioses y dibujo formas inventándome constelaciones. Canto y adoro a la lluvia, y celebro los solsticios con ritos y plegarias. Soy de esas que opinan que el mundo iba mucho mejor allá en los días del politeísmo. Y sin embargo, me niego a creer que el fin básico de todo se reduce sólo a la supervivencia.

Me considero creyente dividida. Creo en el alma de cada persona, en la pureza de espíritu, en la dualidad y el equilibrio. Mi religión es un agnosticismo que raya el ateísmo. No desecho la posible existencia de un ente superior, pero lo que no me convence es su participación en nuestras vidas; o no participa, o tiene un curioso y morboso sentido del humor. Soy partidaria de la reencarnación, aunque no podría ni decir porqué ni podría dar argumentos razonables a su favor. Desde que era pequeña, siempre he "sentido" que al morir y cerrar los ojos los abriríamos en cualquier otro lugar. Y no me refiero a un lugar divino, idealizado e utópico como el Cielo o el Más allá, sino a volver a nacer con otra identidad distinta. Supongo que si lo he creído es porque me parece una tontería pensar que, con lo grande que es el Universo, sólo podamos vivir una vez. Sería injusto perderse todo lo demás.

[Imagen por Billyunderscorebwa]

martes, agosto 2

Empapada

La cuerda se rompe, y el peso se suelta y cae indefinidamente. Los pies se despegan del suelo y el corazón vuela aleteando deprisa en un universo libre de las cadenas gravitatorias. El movimiento es lento, fluido y armonioso, como un baile interminable que permanece detenido en los tres últimos pasos finales.
El tiempo se queda suspendido en un salto de fe, tan repentino como increíble. Siempre he intentado imaginar (e incluso recordar, aunque sin éxito) ese punto en el que, inexplicablemente, sucede ese cambio tan importante. Pero nunca había creído que fuera así de inesperado, extraño y rápido. "Cuando menos te lo esperas", dice la gente. Pero una cosa es no esperárselo, y otra es caer bajo su influencia antes de que puedas darte cuenta o reaccionar.

Los rayos de luz atraviesan el agua y el sol explora sus profundidades mecido por las olas, a merced de las corrientes, distorsionado por las ondas. Soy yo la luz y tú el agua. He vuelto aquí conducida por unos pies que han actuado por voluntad propia y a los que doy gracias.

[Imagen por Sylphielmetallium]

lunes, junio 6

Habitante

Mi padre es el desconocimiento, y mi madre muta entre el amor, el aferramiento, el dolor y las múltiples variantes de todos ellos. Estoy completamente solo... o quizás no y resulta que soy incapaz de sentir a nadie en esta densa oscuridad que me rodea: no puedo ver más allá de mis propias manos y de la borrosa silueta de mis pies clavados en el suelo. No sé si soy viejo o eternamente joven, porque el tiempo se detuvo para mí en algún punto de mi existencia del que no tengo memoria, transformándose en una cadena que me mantiene preso sin permitirme el más leve movimiento. Mi mente está siempre nublada, convertida en un laberinto implacable, en una tormenta de sentimientos y emociones tan intensa que me ciega el juicio y ahoga la coherencia, haciendo naufragar a la conciencia.  No sé cuál es mi aspecto, ni cómo suena mi voz al gritar. Cada vez que abro la boca oigo los chillidos aterrorizados y los llantos desgarradores de miles de personas, entre los que me es imposible distinguir mi propio sufrimiento.

¿Todavía no sabes cómo me llamo...?


Mi nombre... es Miedo.

domingo, mayo 29

Cenit

Tenía miedo de subir, de llegar hasta arriba del todo para descubrir que a pesar del esfuerzo malgastado, el mundo no terminaba más allá del horizonte. Y eso era peor. Casi hubiera preferido que se tratase de una prueba "live or die", más sencilla de resolver, que darme cuenta de que por mucho daño que me hiciera al caer no me quedaría más remedio que levantarme y seguir mi camino. Casi.

Me aterraba abrir los ojos a una verdad que tenía bastantes posibilidades de tocarme en esta lotería que es la vida: que después del enorme trabajo empleado en la construcción de estas alas de cera, era inevitable que se derritieran al pasar junto al sol que era el principal obstáculo en mi trayectoria a la felicidad.
Pensaba que una vez en la cima sólo podría medir los kilómetros de caída libre hasta el suelo, pero me equivocaba de todas todas. Aferrada al borde del precipicio con los dedos de mis pies descalzos, únicamente pude quedarme admirando sin aliento lo hermosas que eran las vistas desde tan alto.

Daba igual lo que sucediera después. Por sentir aquella plenitud de espíritu... había merecido la pena subir.