Belmopán era muy variopinta y ofrecía todo tipo de escenarios e imágenes. En las zonas dedicadas al turismo la ciudad era exótica, lujosa y muy llamativa: enormes hoteles de alta categoría, piscinas gigantescas, tiendas de caros recuerdos, escuelas de submarinismo, flamantes yates y barcos de vela en el puerto... En otras áreas era, en cambio, de lo más humilde. Había barrios residenciales pudientes con preciosas casas de dos y tres plantas con anchas y limpias avenidas, pero también pisos pequeños y callejuelas estrechas, aceras plagadas de comercios que exponían sus productos en el exterior, puestos de comida, plazas con mercados y caravanas de vendedores ambulantes que llamaban a gritos a los posibles clientes. La gente solía utilizar la bicicleta como medio de transporte común y no era extraño el hecho de escuchar música mientras se caminaba por las zonas no tan adineradas de la ciudad. Los habitantes de Belmopán eran abiertos y afables, de trato amistoso y alegre. A Amiss le gustaba todavía más aquella ciudad, cuna de buenos espíritus y almas bondadosas.
Recorrió la capital al completo, sobrevolándola y estudiándola con atención. Pronto huyó del núcleo turístico, lleno de seres humanos con Aspiraciones demasiado altas, Sueños demasiado caprichosos y Ambiciones demasiado arrogantes, para dirigirse al casco viejo y a las afueras de la ciudad, donde la gente era mucho más sencilla. Dejándose llevar, sin un rumbo predeterminado, acabó por tocar suelo en un gran parque de altos árboles y diseño laberíntico, con grandes setos que impedían una visión panorámica del conjunto. Había varios espacios abiertos, con bancos y fuentes, llenos de gente que descansaba y que conversaba entre sí. Amiss se acercó a ellos, sintiendo que la hierba le hacía cosquillas en la planta de los pies.
Un grupo de ancianos había tomado posesión de los bancos de madera y allí sentados hablaban, reían, contándose batallitas unos a otros, disfrutando del aire limpio y del sol que todavía lucía con fuerza en el cielo. La mayoría de ellos tenían gorros de paja sobre sus cabezas para protegerse del sol y aferraban bastones, gesticulando exageradamente con sus manos morenas y de piel apergaminada. Abundaban las sonrisas desdentadas y las carcajadas ásperas o roncas. Conforme Amiss se acercó a ellos, un hombre de unos setenta y ocho años se puso en pie y empezó a bailar precariamente mientras el resto le acompañaba con palmas y medios silbidos.
- ¡Mixtle!- exclamó entonces una voz, alterada.
Una mujer de mediana edad, con el pelo castaño y ligeramente entrecano, apareció corriendo de entre los árboles. Llevaba un vestido celeste ceñido a la cintura por una tira ancha de cuero pintada y zapatillas cómodas de tela, y corría hacia el grupo de ancianos con una mueca severa y las cejas fruncidas.
- ¡Mixtle!- repitió, enfadada.- ¿Se puede saber que estás haciendo, Mixtle?
- Bailo, señora Gwen.- explicó el hombre, parándose en seco.
- No estás para bailes.- le reprendió, agitando un dedo de forma amenzadora.- Tal vez tu ánimo sí, pero desde luego tus huesos seguro que están de acuerdo conmigo. Haz el favor de sentarte.
Mixtle agachó la cabeza y se sentó obedientemente entre sus compañeros, que habían dejado de aplaudir. La señora Gwen los observó atentamente y tras unos segundos acabó por sonreírles de forma afectuosa.
- Os quedan cinco minutos, luego nos volvemos a la residencia.
Los ancianos asintieron, conformes, y retomaron su charla. La mujer por su parte se aproximó a un hombre mayor que estaba algo apartado de los demás, sentado en una silla de ruedas. Tenía un álbum de fotos sobre las rodillas y en aquel instante leía con expresión nostálgica una hoja de papel amarillenta que sostenía entre sus dedos temblorosos.
- Olli.- lo llamó la mujer, y el hombre alzó la cabeza. Tenía unos enormes y brillantes ojos ambarinos.- Ya es la hora. Te enviaré a Nicté para que venga a por ti.
- Gracias, Gwen.
Y dicho aquello volvió a bajar la mirada. Picada por la curiosidad, Amiss se acercó a Olli y se quedó a su espalda, espiando por encima del hombro las letras que había escritas en el papel.
"Queridísimo Olli, te echo tanto, tanto de menos..."
jueves, agosto 26
miércoles, agosto 25
IASADE -40-
Amiss tenía libertad para escoger qué tipo de tarea quería llevar acabo en aquella ocasión; podía elegir entre Aspiraciones, Sueños, Ambiciones y Esperanzas. Las Esperanzas, catalogadas como las de mayor nivel, no entraban dentro de sus planes inmediatos, pero con respecto a los otros tres tampoco tenía nada claro.
Las Aspiraciones eran demasiado frágiles y efímeras, y aunque estaban consideradas elementos de baja dificultad, Amiss no estaba en absoluto de acuerdo. Ael le había explicado que cuánto más avanzada era la edad de un usuario, más fácil de cumplir era una Aspiración. Los infantes aspiran a cosas grandiosas e imposibles, cosas en la mayoría de las casos, descabelladas: ser astronauta, recibir por fiestas infinitos cargamentos de regalos, atiborrarse a chucherías en una tienda de dulces... Los adolescentes son algo más realistas, pero aún así sus Aspiraciones están muy lejos de ser fácilmente satisfechas: ser médico o periodista, actor de cine o cantante famoso, ser el ganador de la lotería, casarse a una edad temprana y tener una vida fabulosa... Los adultos son, por regla general, más prácticos. Aspiran a terminar de pagar la hipoteca de la casa, a ser ascendidos pronto o a que sus hijos acaben unos buenos estudios. Las personas mayores, sin embargo, ya tienen pocas cosas a las que aspirar y lo que desean es terminar sus días de forma apacible y tranquila, de verse rodeados de nietos y de no sufrir con demasiada fuerza los achaques de la edad.
Los Sueños eran demasiado fantasiosos. Un Sueño podía ser perfectamente factible o radicalmente imposible, y muchas veces era muy fácil de confundir para los propios usuarios con Ilusiones, Aspiraciones, Ambiciones, Deseos o Esperanzas. Pero para los Mediadores la diferencia estaba muy clara: los Sueños siempre nacían de la abstracción, de la reflexión y de la ensoñación. Eran tan breves que apenas si existían, pues si el usuario pensaba demasiado sobre él, éste acababa transformándose en una Ilusión, en una Aspiración, en una Ambición, en un Deseo o en una Esperanza. El cumplimiento de un Sueño requería grandes dotes de observación, habilidad y agilidad.
Y las Ambiciones, por otro lado, eran sólidas. Sólidas y bastante inamovibles, lo cual dificultaba bastante su labor, ya que normalmente involucraban un reto que generalmente dependía casi exclusivamente del usuario y no del Mediador. Eso limitaba mucho los movimientos del alma blanca, que tenía que ser muy paciente y constante.
Ninguna de las tres le parecía a Amiss al alcance de su mano. Dio una patada a la arena, levantando una nube de polvo haciendo un hoyo en el suelo de la playa, enfadada. Se aproximó a la orilla y dejó que el mar le cubriera los pies, sintiendo el roce líquido y helado del océano. Las altas palmeras se mecían suavemente con el aire y la superficie del agua transparente se rizaba en pequeñas y graciosas olas que desaparecían antes de llegar a la orilla. Suspiró y levantó la vista al cielo. El viento arrastraba hacia Belmopán un banco de nubes grises de aspecto tormentoso y se podía oler el aviso de lluvia en el ambiente.
Sopesó con ambas manos el peso del arma que le había dado Ael, estudiándola con atención. Era muy liviana y fácil de manejar, o al menos... eso le parecía en su forma etérea. La vaina tenía incrustaciones plateadas que resplandecían con intensidad, y la empuñadura de la espada tenía forjadas unas alas de ángel extendidas. Muy similares al colgante que Cassia le había regalado a Samy antes de matarla, en un insulto macabro y despectivo. La sacó cuidadosamente de la vaina y la admiró detenidamente. Era lisa y sin ningún elemento decorativo, pero irradiaba luz propia como si el metal hubiera sido martilleado con el mismo sol. La sujetó con decisión y rasgueó el aire haciéndolo silbar, enfrentándose a un enemigo invisible que llevaba puesto el nombre de Cassia. Hundió los hombros con resignación al darse cuenta de que, en condiciones normales, aquel movimiento la habría desestabilizado y hecho caer. Tendría que tener cuidado de no clavársela en un pie.
Las Aspiraciones eran demasiado frágiles y efímeras, y aunque estaban consideradas elementos de baja dificultad, Amiss no estaba en absoluto de acuerdo. Ael le había explicado que cuánto más avanzada era la edad de un usuario, más fácil de cumplir era una Aspiración. Los infantes aspiran a cosas grandiosas e imposibles, cosas en la mayoría de las casos, descabelladas: ser astronauta, recibir por fiestas infinitos cargamentos de regalos, atiborrarse a chucherías en una tienda de dulces... Los adolescentes son algo más realistas, pero aún así sus Aspiraciones están muy lejos de ser fácilmente satisfechas: ser médico o periodista, actor de cine o cantante famoso, ser el ganador de la lotería, casarse a una edad temprana y tener una vida fabulosa... Los adultos son, por regla general, más prácticos. Aspiran a terminar de pagar la hipoteca de la casa, a ser ascendidos pronto o a que sus hijos acaben unos buenos estudios. Las personas mayores, sin embargo, ya tienen pocas cosas a las que aspirar y lo que desean es terminar sus días de forma apacible y tranquila, de verse rodeados de nietos y de no sufrir con demasiada fuerza los achaques de la edad.
Los Sueños eran demasiado fantasiosos. Un Sueño podía ser perfectamente factible o radicalmente imposible, y muchas veces era muy fácil de confundir para los propios usuarios con Ilusiones, Aspiraciones, Ambiciones, Deseos o Esperanzas. Pero para los Mediadores la diferencia estaba muy clara: los Sueños siempre nacían de la abstracción, de la reflexión y de la ensoñación. Eran tan breves que apenas si existían, pues si el usuario pensaba demasiado sobre él, éste acababa transformándose en una Ilusión, en una Aspiración, en una Ambición, en un Deseo o en una Esperanza. El cumplimiento de un Sueño requería grandes dotes de observación, habilidad y agilidad.
Y las Ambiciones, por otro lado, eran sólidas. Sólidas y bastante inamovibles, lo cual dificultaba bastante su labor, ya que normalmente involucraban un reto que generalmente dependía casi exclusivamente del usuario y no del Mediador. Eso limitaba mucho los movimientos del alma blanca, que tenía que ser muy paciente y constante.
Ninguna de las tres le parecía a Amiss al alcance de su mano. Dio una patada a la arena, levantando una nube de polvo haciendo un hoyo en el suelo de la playa, enfadada. Se aproximó a la orilla y dejó que el mar le cubriera los pies, sintiendo el roce líquido y helado del océano. Las altas palmeras se mecían suavemente con el aire y la superficie del agua transparente se rizaba en pequeñas y graciosas olas que desaparecían antes de llegar a la orilla. Suspiró y levantó la vista al cielo. El viento arrastraba hacia Belmopán un banco de nubes grises de aspecto tormentoso y se podía oler el aviso de lluvia en el ambiente.
Sopesó con ambas manos el peso del arma que le había dado Ael, estudiándola con atención. Era muy liviana y fácil de manejar, o al menos... eso le parecía en su forma etérea. La vaina tenía incrustaciones plateadas que resplandecían con intensidad, y la empuñadura de la espada tenía forjadas unas alas de ángel extendidas. Muy similares al colgante que Cassia le había regalado a Samy antes de matarla, en un insulto macabro y despectivo. La sacó cuidadosamente de la vaina y la admiró detenidamente. Era lisa y sin ningún elemento decorativo, pero irradiaba luz propia como si el metal hubiera sido martilleado con el mismo sol. La sujetó con decisión y rasgueó el aire haciéndolo silbar, enfrentándose a un enemigo invisible que llevaba puesto el nombre de Cassia. Hundió los hombros con resignación al darse cuenta de que, en condiciones normales, aquel movimiento la habría desestabilizado y hecho caer. Tendría que tener cuidado de no clavársela en un pie.
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martes, agosto 24
IASADE -39-
Coruña le había parecido una ciudad dinámica y curiosa, llena de recovecos y con un encanto difícil de describir mientras que Nueva York había causado en ella una profunda impresión con sus enormes rascacielos y sus millones y millones de inquilinos. Belmopán, en cambio, le gustaba más que ambas. A orillas del Mar Caribe, de intenso turquesa y apariencia acristalada, la capital de Belice se extendía a lo largo de kilómetros y kilómetros de playa, llenando la isla con multitud de edificios pequeños, algunas excepciones de altas construcciones como complejos hoteleros y bloques de apartamentos, parques y unos pocos restos de la antigua selva salvaje, ya en las afueras de la ciudad. Eran, en su mayoría, de colores claros: blancos, amarillentos, celestes, anaranjados, grises y marrones. El verde abundaba en los árboles y los jardines, bajo un cielo normalmente despejado y azul.
- ¿Por qué este lugar?- preguntó Amiss, mientras Ael y ella descendían juntos hacia la inmensa ciudad.
- Órdenes, no sé más.
Amiss frunció el entrecejo, no muy segura de que aquello fuera del todo cierto. El Ángel sobrevoló el océano cristalino a ras del agua; la Mediadora extendió los dedos de las manos y acarició el mar provocando ondulaciones en su superficie. Y en aquel instante supo, sin atisbo alguno de duda, que le encantaba el mar. Es decir... que en su vida anterior le había encantado. Se llenó el pecho de aire salobre y esbozó una pequeña sonrisa que le duró poco más de dos segundos al preguntarse si Cassia la buscaría allí.
Ael la llevó a una playa pequeña, de arena color beige, uniforme hasta llegar a donde las olas lamían la orilla. Las cadenas que la sujetaban a las muñecas y a los tobillos del Ángel desaparecieron y Amiss pudo moverse con libertad. Se agachó y tocó la arena suavemente, cogió un puñado y la dejó caer con lentitud mientras observaba cómo se la llevaba el viento marino.
- No pierdas demasiado el tiempo.- le aconsejó Ael, mirándola con una ceja enarcada.
- Lo intentaré.
- Cassia no es como tú, Amiss. Ella no puede transformar su imagen, así que podrás reconocerla si aparece. A su Diablesa también la conoces ya.
- Hay una cosa que no entiendo, Ael.- dijo ella, incorporándose y limpiándose las manos en la falda del vestido.- Cassia sabía que yo era un alma blanca y además una Mediadora, pero yo sin embargo fui incapaz de darme cuenta de su naturaleza. No noté nada extraño en ella, y ni siquiera estas gafas que me diste me ayudaron a ver que mentía, cuando se hizo pasar por Nina Addams. ¿Por qué?
- Yo tampoco lo comprendo.- admitió el Ángel.- La Bondad es mucho mas evidente que la Malignidad, pero por regla general todas las almas blancas reconocen a los exiliados a la primera. No sé porqué tú... no lo hiciste. Indagaré, es posible que averigüe algo.
- Gracias.
- Si Cassia te encuentra... defiéndete con esto.
Ael le tendió una larga espada, fina y envainada en una funda blanca nacarada, con gesto serio. Amiss dudó un instante si aceptarla o no: sabía que con lo torpe que era, si intentaba defenderse con ella probablemente se autolesionaría facilitándole la tarea a su persecutora. Pero el recuerdo de la horrible maldad que anidaba en los ojos de la Nocturna la estremeció de pies a cabeza y la aferró con fuerza.
- Aunque ambos sabemos, - prosiguió el Ángel.- que si Cassia te encuentra lo mejor que puedes hacer es correr tanto como puedas y llamarme para que te saque de aquí.
- Sí, esa será sin duda mi primera opción.
- ¿Por qué este lugar?- preguntó Amiss, mientras Ael y ella descendían juntos hacia la inmensa ciudad.
- Órdenes, no sé más.
Amiss frunció el entrecejo, no muy segura de que aquello fuera del todo cierto. El Ángel sobrevoló el océano cristalino a ras del agua; la Mediadora extendió los dedos de las manos y acarició el mar provocando ondulaciones en su superficie. Y en aquel instante supo, sin atisbo alguno de duda, que le encantaba el mar. Es decir... que en su vida anterior le había encantado. Se llenó el pecho de aire salobre y esbozó una pequeña sonrisa que le duró poco más de dos segundos al preguntarse si Cassia la buscaría allí.
Ael la llevó a una playa pequeña, de arena color beige, uniforme hasta llegar a donde las olas lamían la orilla. Las cadenas que la sujetaban a las muñecas y a los tobillos del Ángel desaparecieron y Amiss pudo moverse con libertad. Se agachó y tocó la arena suavemente, cogió un puñado y la dejó caer con lentitud mientras observaba cómo se la llevaba el viento marino.
- No pierdas demasiado el tiempo.- le aconsejó Ael, mirándola con una ceja enarcada.
- Lo intentaré.
- Cassia no es como tú, Amiss. Ella no puede transformar su imagen, así que podrás reconocerla si aparece. A su Diablesa también la conoces ya.
- Hay una cosa que no entiendo, Ael.- dijo ella, incorporándose y limpiándose las manos en la falda del vestido.- Cassia sabía que yo era un alma blanca y además una Mediadora, pero yo sin embargo fui incapaz de darme cuenta de su naturaleza. No noté nada extraño en ella, y ni siquiera estas gafas que me diste me ayudaron a ver que mentía, cuando se hizo pasar por Nina Addams. ¿Por qué?
- Yo tampoco lo comprendo.- admitió el Ángel.- La Bondad es mucho mas evidente que la Malignidad, pero por regla general todas las almas blancas reconocen a los exiliados a la primera. No sé porqué tú... no lo hiciste. Indagaré, es posible que averigüe algo.
- Gracias.
- Si Cassia te encuentra... defiéndete con esto.
Ael le tendió una larga espada, fina y envainada en una funda blanca nacarada, con gesto serio. Amiss dudó un instante si aceptarla o no: sabía que con lo torpe que era, si intentaba defenderse con ella probablemente se autolesionaría facilitándole la tarea a su persecutora. Pero el recuerdo de la horrible maldad que anidaba en los ojos de la Nocturna la estremeció de pies a cabeza y la aferró con fuerza.
- Aunque ambos sabemos, - prosiguió el Ángel.- que si Cassia te encuentra lo mejor que puedes hacer es correr tanto como puedas y llamarme para que te saque de aquí.
- Sí, esa será sin duda mi primera opción.
sábado, agosto 21
IASADE -38-
Los Sabios permanecían en pie detrás del blanco estrado de mármol, amparados por la etérea luz que hendía el cristal de la claraboya. Justo igual que la vez anterior. En aquella estancia el tiempo parecía no existir y los mismos Sabios se asemejaban a estatuas sin vida, inmóviles y silenciosos. Amiss no pudo evitar preguntarse si alguna vez hacían otra cosa distinta a estar allí, de pie, pensando y decidiendo.
Se acercó a la mesa hasta quedar iluminada por la luz focal, sola. Ael la había acompañado, pero el Ángel se había tenido que quedar al margen, en las sombras, a la espera. Amiss se detuvo y clavó la mirada en el suelo, sintiéndose demasiado débil como para enfrentarse con aquellas cinco estatuas eternas. La emociones la acosaban; emociones humanas tales como la culpabilidad, la tristeza, la frustración y el miedo. Emociones que le recordaron de nuevo su sueño, haciéndola estremecer.
No entendía gran cosa, no comprendía por qué aquel juicio estaba teniendo lugar. Ael había sido muy claro respecto a las normas de los Mediadores y su doble cargo como Ángeles de la Guarda: si su usuario moría... ella volvía al Punto Cero. Se sintió tentada de sonreír con amargura al darse cuenta de que si aquello pasaba tampoco tenía mucho que perder en su historial, puesto que no tenía memorias de su vida anterior y tampoco méritos en su existencia como alma blanca. Visualizó el rostro de Samy en el instante exacto de su muerte... y a Nina Addams. No, Nina no... Cassia. Ael le había dicho su nombre. Una Nocturna, mortífera y despiadada, una exiliada, un vástago del Mal que la odiaba sin razón aparente y que deseaba matarla... otra vez y de forma definitiva. Tembló de pies a cabeza como una hoja de papel con sólo recordar sus crueles ojos verdes.
- Amiss.
- Yo respondo a ese nombre.- musitó ella, con la voz quebrada.
- No volverás al Punto Cero.
Las palabras, susurradas por las cinco voces como una sola, retumbaron en las paredes cóncavas de la sala en penumbra. Amiss parpadeó, incrédula.
- ¿Que no...? Pero... ¿De verdad...?
- Sí.
- Pero... no comprendo... Mi usuario mu...
- No tienes que comprender nada. Seguirás con tu tarea como Mediadora y Ael seguirá siendo tu guía. Puedes marcharte.
- G-gracias...
Amiss retrocedió con torpeza, chocándose con el Ángel junto a la puerta de salida. Ael, con sus enormes ojos añiles abiertos de par en par, parecía incluso más sorprendido que ella. Ambos abandonaron la sala por un largo pasillo abovedado, en el que cual se podía escuchar perfectamente la reconfortante melodía procedente de la Catedral de la Inocencia.
- ¿Por qué?- preguntó ella, mirando al Ángel.- ¿Me lo puedes explicar?
- No.- dijo él, sacudiendo la cabeza.
- ¿Acaso hay alguna excepción a la norma? Algo estilo... "Si un Nocturno psicópata asesina a tu usuario, te quedas sin penalización"? ¿Ha pasado alguna vez?
- No.- Ael se rascó una mejilla de su rostro imberbe.- Pero los Sabios tienen sus motivos para hacer lo que hacen.
- Siento bastante curiosidad por saber cuáles son.
- No te atañen.
- Venga ya, Ael. Tú también te mueres de ganas por saberlo, no me engañes.
El Ángel se limitó a bufar.
- Te han perdonado y debes sentirte agradecida. Ya sabes lo que tienes que hacer, así que de vuelta al trabajo. Cumpliste la Ilusión de tu usuario antes de que... muriera, así que ahora sólo te quedan una Ambición, un Sueño, una Aspiración y una Esperanza.
- Sólo, dices.
- Menos que antes.
- Ael...
- ¿Sí?
Amiss se detuvo y lo observó, vacilante. Se retorció las manos a la espalda, nerviosa.
- ¿Cassia... vendrá a por mí?
El Ángel se tomó unos segundos para responder.
- Casi con toda seguridad.
Se acercó a la mesa hasta quedar iluminada por la luz focal, sola. Ael la había acompañado, pero el Ángel se había tenido que quedar al margen, en las sombras, a la espera. Amiss se detuvo y clavó la mirada en el suelo, sintiéndose demasiado débil como para enfrentarse con aquellas cinco estatuas eternas. La emociones la acosaban; emociones humanas tales como la culpabilidad, la tristeza, la frustración y el miedo. Emociones que le recordaron de nuevo su sueño, haciéndola estremecer.
No entendía gran cosa, no comprendía por qué aquel juicio estaba teniendo lugar. Ael había sido muy claro respecto a las normas de los Mediadores y su doble cargo como Ángeles de la Guarda: si su usuario moría... ella volvía al Punto Cero. Se sintió tentada de sonreír con amargura al darse cuenta de que si aquello pasaba tampoco tenía mucho que perder en su historial, puesto que no tenía memorias de su vida anterior y tampoco méritos en su existencia como alma blanca. Visualizó el rostro de Samy en el instante exacto de su muerte... y a Nina Addams. No, Nina no... Cassia. Ael le había dicho su nombre. Una Nocturna, mortífera y despiadada, una exiliada, un vástago del Mal que la odiaba sin razón aparente y que deseaba matarla... otra vez y de forma definitiva. Tembló de pies a cabeza como una hoja de papel con sólo recordar sus crueles ojos verdes.
- Amiss.
- Yo respondo a ese nombre.- musitó ella, con la voz quebrada.
- No volverás al Punto Cero.
Las palabras, susurradas por las cinco voces como una sola, retumbaron en las paredes cóncavas de la sala en penumbra. Amiss parpadeó, incrédula.
- ¿Que no...? Pero... ¿De verdad...?
- Sí.
- Pero... no comprendo... Mi usuario mu...
- No tienes que comprender nada. Seguirás con tu tarea como Mediadora y Ael seguirá siendo tu guía. Puedes marcharte.
- G-gracias...
Amiss retrocedió con torpeza, chocándose con el Ángel junto a la puerta de salida. Ael, con sus enormes ojos añiles abiertos de par en par, parecía incluso más sorprendido que ella. Ambos abandonaron la sala por un largo pasillo abovedado, en el que cual se podía escuchar perfectamente la reconfortante melodía procedente de la Catedral de la Inocencia.
- ¿Por qué?- preguntó ella, mirando al Ángel.- ¿Me lo puedes explicar?
- No.- dijo él, sacudiendo la cabeza.
- ¿Acaso hay alguna excepción a la norma? Algo estilo... "Si un Nocturno psicópata asesina a tu usuario, te quedas sin penalización"? ¿Ha pasado alguna vez?
- No.- Ael se rascó una mejilla de su rostro imberbe.- Pero los Sabios tienen sus motivos para hacer lo que hacen.
- Siento bastante curiosidad por saber cuáles son.
- No te atañen.
- Venga ya, Ael. Tú también te mueres de ganas por saberlo, no me engañes.
El Ángel se limitó a bufar.
- Te han perdonado y debes sentirte agradecida. Ya sabes lo que tienes que hacer, así que de vuelta al trabajo. Cumpliste la Ilusión de tu usuario antes de que... muriera, así que ahora sólo te quedan una Ambición, un Sueño, una Aspiración y una Esperanza.
- Sólo, dices.
- Menos que antes.
- Ael...
- ¿Sí?
Amiss se detuvo y lo observó, vacilante. Se retorció las manos a la espalda, nerviosa.
- ¿Cassia... vendrá a por mí?
El Ángel se tomó unos segundos para responder.
- Casi con toda seguridad.
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viernes, agosto 20
IASADE -37-
Las almas blancas no dormían, pero Amiss había soñado. Y no sólo una vez, sino dos. Las imágenes y voces la alcanzaron, imponiéndose a lo que veían sus ojos abiertos y a lo que oían sus oídos atentos, sumergiéndola a la fuerza en una escena en la que no era más que una simple espectadora.
Una chica de trece años sollozaba silenciosamente, sentada en una silla, en la esquina de una sala de espera. La habitación tenía las paredes pintadas de colores cálidos, el mobiliario era bonito, los asientos cómodos y la decoración agradable, pero aún así la chica temblaba y lloraba sin parar, atemorizada por los gritos que se oían detrás de la puerta. Gritos de un hombre y una mujer, chillándose palabras hirientes y reprochándose miles de cosas, dejando bien claro que no querían volver a tener nada que ver el uno con el otro nunca más.
La chica alzó la cara de ojos llorosos, mejillas y nariz coloradas, y se sorbió los mocos con muy poca delicadeza. No estaba sola. A su lado había un chico de su misma edad, apretándole la mano con cariño, observándola fijamente sin decir una sola palabra. Ella lo miró y se rió tristemente. Él sonrió y se inclinó para darle un suave beso en los labios. La chica se abrazó a él echándole los brazos al cuello, escondiendo la cabeza y volviendo a llorar otra vez. El chico le acarició el pelo con ternura y la dejó desahogarse. Su llanto y los gritos de sus padres rivalizaban en volumen.
Amiss observó la escena cuidadosamente. Se aproximó a la pareja de adolescentes y se colocó frente a ellos, en cuclillas. Los estudió con curiosidad, consciente de que ellos no podían verla ni oirla. Era un sueño, ¿verdad? Eran fruto de su propia imaginación. Pero las almas blancas no sueñan, porque no duermen. ¿Qué sentido tenía entonces todo aquello? Dubitativa, alargó una mano hasta tocar el hombro de la chica, que seguía llorando de forma desgarradora. Un huracán de intensos sentimientos la hizo tambalearse hacia atrás, con la cabeza dándole vueltas, apretando los dientes. Dolor, mucho dolor, ira, miedo, culpabilidad, amor, tristeza, desesperanza... Apartó la mano como si se hubiera quemado, justo en el momento en que el chico levantó levemente la cabeza y la miró. O fue como si la mirara. Sus ojos se encontraron momentáneamente y a pesar de saber que no la estaba viendo, Amiss sintió que algo se retorcía dentro de ella. Sabía que de haber tenido corazón éste habría saltado en su pecho, enviándole sangre a las mejillas, que se habrían ruborizado con fuerza de forma inevitable. Pero estaba muerta y su corazón ya no latía. La Mediadora cerró los ojos...
Y cuando los abrió el sueño ya había terminado. Tendida sobre el camastro de su cubículo, el techo de la habitación permanecía inmutable. Allí todo era inmutable.
Alguien llamó a la puerta y Amiss se levantó para abrir, moviéndose por pura inercia, sintiéndose extraña y ajena a sí misma, apenas sin voluntad. Ael la observó severamente.
- Vamos, Amiss. Los Sabios te están esperando para juzgarte.
Una chica de trece años sollozaba silenciosamente, sentada en una silla, en la esquina de una sala de espera. La habitación tenía las paredes pintadas de colores cálidos, el mobiliario era bonito, los asientos cómodos y la decoración agradable, pero aún así la chica temblaba y lloraba sin parar, atemorizada por los gritos que se oían detrás de la puerta. Gritos de un hombre y una mujer, chillándose palabras hirientes y reprochándose miles de cosas, dejando bien claro que no querían volver a tener nada que ver el uno con el otro nunca más.
La chica alzó la cara de ojos llorosos, mejillas y nariz coloradas, y se sorbió los mocos con muy poca delicadeza. No estaba sola. A su lado había un chico de su misma edad, apretándole la mano con cariño, observándola fijamente sin decir una sola palabra. Ella lo miró y se rió tristemente. Él sonrió y se inclinó para darle un suave beso en los labios. La chica se abrazó a él echándole los brazos al cuello, escondiendo la cabeza y volviendo a llorar otra vez. El chico le acarició el pelo con ternura y la dejó desahogarse. Su llanto y los gritos de sus padres rivalizaban en volumen.
Amiss observó la escena cuidadosamente. Se aproximó a la pareja de adolescentes y se colocó frente a ellos, en cuclillas. Los estudió con curiosidad, consciente de que ellos no podían verla ni oirla. Era un sueño, ¿verdad? Eran fruto de su propia imaginación. Pero las almas blancas no sueñan, porque no duermen. ¿Qué sentido tenía entonces todo aquello? Dubitativa, alargó una mano hasta tocar el hombro de la chica, que seguía llorando de forma desgarradora. Un huracán de intensos sentimientos la hizo tambalearse hacia atrás, con la cabeza dándole vueltas, apretando los dientes. Dolor, mucho dolor, ira, miedo, culpabilidad, amor, tristeza, desesperanza... Apartó la mano como si se hubiera quemado, justo en el momento en que el chico levantó levemente la cabeza y la miró. O fue como si la mirara. Sus ojos se encontraron momentáneamente y a pesar de saber que no la estaba viendo, Amiss sintió que algo se retorcía dentro de ella. Sabía que de haber tenido corazón éste habría saltado en su pecho, enviándole sangre a las mejillas, que se habrían ruborizado con fuerza de forma inevitable. Pero estaba muerta y su corazón ya no latía. La Mediadora cerró los ojos...
Y cuando los abrió el sueño ya había terminado. Tendida sobre el camastro de su cubículo, el techo de la habitación permanecía inmutable. Allí todo era inmutable.
Alguien llamó a la puerta y Amiss se levantó para abrir, moviéndose por pura inercia, sintiéndose extraña y ajena a sí misma, apenas sin voluntad. Ael la observó severamente.
- Vamos, Amiss. Los Sabios te están esperando para juzgarte.
miércoles, agosto 18
IASADE -36-
El señor y la señora Collins habían unido sus fondos para alquilar un local y contratar una banda que animara la fiesta de su hija Samy. Era un bajo bastante espacioso donde cupieron sin ninguna dificultad las treinta y dos personas invitadas, contando a tíos y primos, compañeros de clase y del voluntariado en el hospital, a sus padres y psicóloga. Sobre el suelo se había extendido una larga alfombra roja al estilo gala de estrellas de Hollywood, y las paredes habían sido decoradas con guirnaldas, globos de colores, papel brillante y algunas fotos de Samantha cuando era pequeña.
La cumpleañera estaba sentada en un trono bajo una pancarta gigantesca que gritaba "¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS SAMANTHA!!!" al final de la alfombra, con las mejillas arreboladas de felicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Los invitados estallaron en aplausos haciendo explotar las bombas de confeti al mismo tiempo que la banda comenzaba a tocar. Samantha bajó torpemente del trono y corrió a abrazar a su madre, que la esperaba con los brazos abiertos. Su reducido grupo de amigas de clase, incluyendo a la sonriente Meryl, se abalanzaron sobre ella en un abrazo colectivo, besándola en las mejillas. Primos y familiares también coreaban el normativo "felicidades, Samantha" a diferentes tiempos. Fue Nina Addams la que en último lugar se acercó a la pequeña mortal para desearle lo mejor en aquel día tan especial.
- Feliz cumpleaños, Samantha.- le dijo, esgrimiendo su mejor sonrisa y tendiéndole un pequeño paquete envuelto en papel de regalo azul brillante.- Toma. Te he comprado una cosita.
- Oh, Nina... no tenías porqué...
- A callar.- la reprendió ella con suavidad.- Ábrelo.
La niña acató la orden obedientemente y abrió el paquete con cuidado, para sacar una cajita negra de la que extrajo un colgante plateado que tenía forma de alas de ángel. Samantha levantó la mirada, sonriendo encantada.
- Muchísimas gracias, ¡me gusta mucho!
- Me alegro.
- Mira lo que me ha regalado Nina, mamá...
La madre de Nina le dedicó un breve vistazo aprobatorio antes de volver a dirigir los ojos a su reloj de muñeca, frunciendo los labios. Sí, el señor Collins se retrasaba.
La fiesta continuó con normalidad. La banda tocaba, los invitados bailaban y comían tarta, pasándoselo bien y hablando entre ellos animadamente. Amiss sacó a una Samantha abochornada a bailar, tirando de ella mientras le sonreía para infundarle valor. La señora Collins recibió una llamada de la que Cassia no se perdió un solo detalle, y justamente cuando diez minutos después la puerta del bajo se abrió para dejar paso al padre de Samantha, la Nocturna se levantó de su asiento.
Samantha se liberó de las manos de Meryl y corrió a saludar a su padre con un grito de felicidad. La falsa Nina Addams se aproximó al alma blanca, que se había retirado discretamente a una esquina de la sala, hasta situarse a su lado. La sonrisa extasiada que exhibía se convirtió en una mueca nerviosa en cuanto sintió una presencia a su lado.
- Parece que al final el padre de Samantha se ha decidido a venir.
- S-sí... Me alegro por Samy, ella quería...
- Es una Ilusión, ¿verdad? Son las amarillas. Es que siempre las confundo con las Ambiciones...
La mirada de Amiss se tornó de repente sorprendida y confusa. La luciérnaga abrió y cerró la boca un par de veces hasta que fue capaz de articular palabra.
- ¿Quién eres? ¿Cómo sabes...? ¿Puedes verlas? ¿Eres una Mediadora también?
La sonrisa gélida que Cassia le dedicó hizo que el asombro de sus ojos pasara a transformarse en pura desconfianza. Amiss retrocedió un paso.
- Tu educación ha debido de ser penosa, Amiss.- siseó la Cassia.- ¿No te han enseñado el otro lado de la muerte? ¿No te han advertido acerca de los esbirros del Mal? ¿De... los Nocturnos?
Amiss sacudió la cabeza negativamente, asustada, dando otro paso que la alejó un poco más de Cassia, que se rió despectivamente. La Nocturna se llevó la mano a la espalda y desenvainó la cimitarra, que había permanecido invisible a ojos de todos, apuntando con ella a la temblorosa alma blanca.
- ¿Por qué...?- acertó a preguntar Amiss.- No sé quién eres.
- Eso no importa. Te odio.- Cassia aspiró el perfume del terror y se deleitó con él, saboreándolo.- Voy a disfrutar con esto, pero... antes quiero que veas algo.
Amiss, como en un acto reflejo, giró sus ojos hasta donde Samantha abría entusiasmada el regalo de su padre. Allí, salida de la nada, apareció súbitamente Satzsa. La Diablesa, con una sonrisa pérfida en los labios, se colocó fugazmente detrás de la niña y con un único y perfecto movimiento atravesó el pecho de la mortal con una fina espada negra.
En ese momento el tiempo pareció detenerse y varias cosas sucedieron al mismo tiempo. Satzsa hizo girar la espada dentro del cuerpo de Samantha, acompañando la explosión de sangre con la desagradable canción de huesos y músculos rotos, antes de sacarla para alzarla sobre la cabeza del señor Collins. La vida se apagó en los grandes ojos grises de Samy, muriendo en ellos también el dolor y la incredulidad. Cassia rió, y se oyeron varios gritos de pánico y asco dentro de la sala, incluido el desgarrador chillido de Amiss, que cayó de rodillas al suelo llevándose las manos al pecho. Un alarido de dolor y tristeza que hizo a la Nocturna suspirar de placer. Se apartó dos pasos y aferró bien la cimitarra en la mano dispuesta a atravesarla con ella, pero... algo blanco y radiante se interpuso entre ambas y repelió el ataque de su arma con una espada resplandeciente.
El Ángel rugió con fiereza, abrazó a la luciérnaga con sus alas inmaculadas y ambos desaparecieron de allí. Cassia aulló de ira, desesperación y frustración.
La cumpleañera estaba sentada en un trono bajo una pancarta gigantesca que gritaba "¡¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS SAMANTHA!!!" al final de la alfombra, con las mejillas arreboladas de felicidad y una sonrisa de oreja a oreja. Los invitados estallaron en aplausos haciendo explotar las bombas de confeti al mismo tiempo que la banda comenzaba a tocar. Samantha bajó torpemente del trono y corrió a abrazar a su madre, que la esperaba con los brazos abiertos. Su reducido grupo de amigas de clase, incluyendo a la sonriente Meryl, se abalanzaron sobre ella en un abrazo colectivo, besándola en las mejillas. Primos y familiares también coreaban el normativo "felicidades, Samantha" a diferentes tiempos. Fue Nina Addams la que en último lugar se acercó a la pequeña mortal para desearle lo mejor en aquel día tan especial.
- Feliz cumpleaños, Samantha.- le dijo, esgrimiendo su mejor sonrisa y tendiéndole un pequeño paquete envuelto en papel de regalo azul brillante.- Toma. Te he comprado una cosita.
- Oh, Nina... no tenías porqué...
- A callar.- la reprendió ella con suavidad.- Ábrelo.
La niña acató la orden obedientemente y abrió el paquete con cuidado, para sacar una cajita negra de la que extrajo un colgante plateado que tenía forma de alas de ángel. Samantha levantó la mirada, sonriendo encantada.
- Muchísimas gracias, ¡me gusta mucho!
- Me alegro.
- Mira lo que me ha regalado Nina, mamá...
La madre de Nina le dedicó un breve vistazo aprobatorio antes de volver a dirigir los ojos a su reloj de muñeca, frunciendo los labios. Sí, el señor Collins se retrasaba.
La fiesta continuó con normalidad. La banda tocaba, los invitados bailaban y comían tarta, pasándoselo bien y hablando entre ellos animadamente. Amiss sacó a una Samantha abochornada a bailar, tirando de ella mientras le sonreía para infundarle valor. La señora Collins recibió una llamada de la que Cassia no se perdió un solo detalle, y justamente cuando diez minutos después la puerta del bajo se abrió para dejar paso al padre de Samantha, la Nocturna se levantó de su asiento.
Samantha se liberó de las manos de Meryl y corrió a saludar a su padre con un grito de felicidad. La falsa Nina Addams se aproximó al alma blanca, que se había retirado discretamente a una esquina de la sala, hasta situarse a su lado. La sonrisa extasiada que exhibía se convirtió en una mueca nerviosa en cuanto sintió una presencia a su lado.
- Parece que al final el padre de Samantha se ha decidido a venir.
- S-sí... Me alegro por Samy, ella quería...
- Es una Ilusión, ¿verdad? Son las amarillas. Es que siempre las confundo con las Ambiciones...
La mirada de Amiss se tornó de repente sorprendida y confusa. La luciérnaga abrió y cerró la boca un par de veces hasta que fue capaz de articular palabra.
- ¿Quién eres? ¿Cómo sabes...? ¿Puedes verlas? ¿Eres una Mediadora también?
La sonrisa gélida que Cassia le dedicó hizo que el asombro de sus ojos pasara a transformarse en pura desconfianza. Amiss retrocedió un paso.
- Tu educación ha debido de ser penosa, Amiss.- siseó la Cassia.- ¿No te han enseñado el otro lado de la muerte? ¿No te han advertido acerca de los esbirros del Mal? ¿De... los Nocturnos?
Amiss sacudió la cabeza negativamente, asustada, dando otro paso que la alejó un poco más de Cassia, que se rió despectivamente. La Nocturna se llevó la mano a la espalda y desenvainó la cimitarra, que había permanecido invisible a ojos de todos, apuntando con ella a la temblorosa alma blanca.
- ¿Por qué...?- acertó a preguntar Amiss.- No sé quién eres.
- Eso no importa. Te odio.- Cassia aspiró el perfume del terror y se deleitó con él, saboreándolo.- Voy a disfrutar con esto, pero... antes quiero que veas algo.
Amiss, como en un acto reflejo, giró sus ojos hasta donde Samantha abría entusiasmada el regalo de su padre. Allí, salida de la nada, apareció súbitamente Satzsa. La Diablesa, con una sonrisa pérfida en los labios, se colocó fugazmente detrás de la niña y con un único y perfecto movimiento atravesó el pecho de la mortal con una fina espada negra.
En ese momento el tiempo pareció detenerse y varias cosas sucedieron al mismo tiempo. Satzsa hizo girar la espada dentro del cuerpo de Samantha, acompañando la explosión de sangre con la desagradable canción de huesos y músculos rotos, antes de sacarla para alzarla sobre la cabeza del señor Collins. La vida se apagó en los grandes ojos grises de Samy, muriendo en ellos también el dolor y la incredulidad. Cassia rió, y se oyeron varios gritos de pánico y asco dentro de la sala, incluido el desgarrador chillido de Amiss, que cayó de rodillas al suelo llevándose las manos al pecho. Un alarido de dolor y tristeza que hizo a la Nocturna suspirar de placer. Se apartó dos pasos y aferró bien la cimitarra en la mano dispuesta a atravesarla con ella, pero... algo blanco y radiante se interpuso entre ambas y repelió el ataque de su arma con una espada resplandeciente.
El Ángel rugió con fiereza, abrazó a la luciérnaga con sus alas inmaculadas y ambos desaparecieron de allí. Cassia aulló de ira, desesperación y frustración.
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Cosecha propia,
IASADE
martes, agosto 17
IASADE -35-
Durante la semana siguiente las cosas no se desarrollaron exactamente como Cassia esperaba.
Samantha presentó batalla a sus padres y ganó. La Nocturna, pese a sus esfuerzos, no consiguió inspirar en la chica la desesperación suficiente para tener cierto control sobre sus actos. Al parecer, había subestimado la bondad y pureza de su alma. Una bondad y pureza que se intensificaba a medida que pasaba más tiempo junto a aquella maldita luciérnaga.
La fecha del cumpleaños de Samantha se acercaba y la posibilidad de que sus padres acudieran a la celebración era algo más probable que antes.
Cassia, además, se sentía confusa y perdida. Amiss no sentía el mismo odio, ni siquiera un leve malestar, respecto a ella. Y aquella injusticia la sumió en una extraña depresión que minaba su estado de humor. La Nocturna no recordaba haberse sentido triste nunca antes y no sabía cómo hacer frente a aquel amargo sentimiento que la acosaba sin cesar, haciéndola sentir vulnerable y asquerosamente humana. Se despreciaba a sí misma por demostrar tal debilidad y procuraba esconderla de Satzsa. Temía que la Diablesa no la considerara digna de seguir siendo una Nocturna y actuara en consecuencia, destituyéndola de su cargo.
Para intentar matar aquella preocupante emoción, se dedicó a satisfacer sus instintos de maldad de forma salvaje, indiscriminada y obsesiva durante tres días en los que desapareció del mundo humano completamente, y al regreso de sus cortas vacaciones se sintió algo mejor. Dejó de ver la indiferencia de Amiss como una amenaza y el único pensamiento que ocupaba su mente era el de vengarse. Y tenía en mente la jugada idónea para conseguirlo.
- ¿Señor Collins? Buenas tardes, soy Nina Addams. Sí, lo sé. Tuve que marcharme por problemas familiares urgentes. Gracias por su preocupación, todo está bien ahora. Verá... quería comentarle una cosa. Se trata del asunto de la fiesta de Samantha. Sí. He cambiado de idea. Creo que Samantha ha demostrado mucha madurez en los últimos días y parece completamente consciente del hecho de que usted y su mujer no volverán a reconciliarse. Sin embargo, una niña de su edad necesita el apoyo de una familia unida, aunque la suya esté separada. Opino que sería beneficioso para ella que ambos asistieran a la fiesta de cumpleaños. Sí, segura. Me alegro mucho, señor Collins. Lo veré a usted allí, Samantha tuvo la amabilidad de invitarme a que comiera un trozo de tarta. Sí, nos veremos dentro de dos días. Hasta entonces, señor Collins.
Satzsa ronroneó detrás de ella. La Diablesa se aproximó lentamente, la rodeó con sus brazos por la espalda y le mordió suavemente el cuello.
- Esta es mi pequeña.- dijo, con una sonrisa que se intuía en su tono de voz.- Tendrás que afilarla, Cassia. Se va a dar un festín.
- Sí...- murmuró la Nocturna, acariciando la vaina de su cimitarra.- Le daremos a probar un poco de esencia luminosa. Seguro que le gusta y se queda con ganas de más. Pero antes de eso... creo que es hora de que nos despidamos de la pobre Nina Addams.- añadió, con una carcajada cruel.
Samantha presentó batalla a sus padres y ganó. La Nocturna, pese a sus esfuerzos, no consiguió inspirar en la chica la desesperación suficiente para tener cierto control sobre sus actos. Al parecer, había subestimado la bondad y pureza de su alma. Una bondad y pureza que se intensificaba a medida que pasaba más tiempo junto a aquella maldita luciérnaga.
La fecha del cumpleaños de Samantha se acercaba y la posibilidad de que sus padres acudieran a la celebración era algo más probable que antes.
Cassia, además, se sentía confusa y perdida. Amiss no sentía el mismo odio, ni siquiera un leve malestar, respecto a ella. Y aquella injusticia la sumió en una extraña depresión que minaba su estado de humor. La Nocturna no recordaba haberse sentido triste nunca antes y no sabía cómo hacer frente a aquel amargo sentimiento que la acosaba sin cesar, haciéndola sentir vulnerable y asquerosamente humana. Se despreciaba a sí misma por demostrar tal debilidad y procuraba esconderla de Satzsa. Temía que la Diablesa no la considerara digna de seguir siendo una Nocturna y actuara en consecuencia, destituyéndola de su cargo.
Para intentar matar aquella preocupante emoción, se dedicó a satisfacer sus instintos de maldad de forma salvaje, indiscriminada y obsesiva durante tres días en los que desapareció del mundo humano completamente, y al regreso de sus cortas vacaciones se sintió algo mejor. Dejó de ver la indiferencia de Amiss como una amenaza y el único pensamiento que ocupaba su mente era el de vengarse. Y tenía en mente la jugada idónea para conseguirlo.
- ¿Señor Collins? Buenas tardes, soy Nina Addams. Sí, lo sé. Tuve que marcharme por problemas familiares urgentes. Gracias por su preocupación, todo está bien ahora. Verá... quería comentarle una cosa. Se trata del asunto de la fiesta de Samantha. Sí. He cambiado de idea. Creo que Samantha ha demostrado mucha madurez en los últimos días y parece completamente consciente del hecho de que usted y su mujer no volverán a reconciliarse. Sin embargo, una niña de su edad necesita el apoyo de una familia unida, aunque la suya esté separada. Opino que sería beneficioso para ella que ambos asistieran a la fiesta de cumpleaños. Sí, segura. Me alegro mucho, señor Collins. Lo veré a usted allí, Samantha tuvo la amabilidad de invitarme a que comiera un trozo de tarta. Sí, nos veremos dentro de dos días. Hasta entonces, señor Collins.
Satzsa ronroneó detrás de ella. La Diablesa se aproximó lentamente, la rodeó con sus brazos por la espalda y le mordió suavemente el cuello.
- Esta es mi pequeña.- dijo, con una sonrisa que se intuía en su tono de voz.- Tendrás que afilarla, Cassia. Se va a dar un festín.
- Sí...- murmuró la Nocturna, acariciando la vaina de su cimitarra.- Le daremos a probar un poco de esencia luminosa. Seguro que le gusta y se queda con ganas de más. Pero antes de eso... creo que es hora de que nos despidamos de la pobre Nina Addams.- añadió, con una carcajada cruel.
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