martes, agosto 19

Autorretrato


Es muy viejo el dicho de que si una mujer quiere triunfar en la vida, debe ser joven y guapa. Soy joven, y me consideran guapa, pero lo que más valoro de mí misma es mi inteligencia y mi carácter.
Voy a intentar dibujar, con palabras, un autorretrato de mí misma, pero no aseguro lograrlo con éxito. Es difícil juzgarse uno mismo con total objetividad (si es que existe la completa objetividad), y describirse sin parecer modesto u orgulloso, pero lo haré a riesgo de pecar de alguna de las dos cosas.
Nunca me ha molestado que infravaloren mi aspecto físico, tal vez porque durante la mayor parte de mi vida, mi moral ha estado congelada a bajo cero y yo misma pensaba que quizá tuvieran razón. Pero siempre me he tomado muy a pecho las ofensas en contra de mi capacidad mental y mi personalidad.
Me considero una persona justa. Me gusta encontrar y mantener el equilibrio en cualquier tipo de relación, defiendo la igualdad de condiciones. No me considero una inconformista, soy bastante fácil de hacer feliz y no tengo aspiraciones ambiciosas, aparte de la de poder llegar algún día a ser escritora. Un plan entretenido junto a las personas que quiero me es suficiente. Disfruto de las cosas pequeñas de la vida: caminar por la calle, sola, mirando al cielo y observando a la gente de mi alrededor, mientras en mi mp3 suena una de mis canciones favoritas, es algo que no me quita la sonrisa de la cara; leer un buen libro, sentarme a la orilla del mar y dejar extraviada la mirada en el resplandor del sol sobre las olas, identificar el olor de las estaciones del año conforme se aproxima el cambio, pisar las hojas caídas de los árboles y hacerlas crujir bajo mis pies, ver cómo cambian los colores del cielo a través de mi ventana durante la puesta de sol y hasta que anochece, ver pasar una estrella fugaz, el olor de la lluvia y escribir durante los días nublados...
Mi humor es irónico y sarcástico, soy de fácil palabra escribiendo pero no tanto cuando hablo. Generalmente me toman por una persona seria y responsable, y aunque es cierto, tengo mis arrebatos de locura. No soy demasiado efusiva, pero sí demuestro mi cariño a las personas que realmente me importan. Suelo pensar casi todas las cosas antes de hacerlas, y preferiría no tomarme algunos asuntos tan en serio y limitarme a improvisar. Soy tolerante y de fácil convivencia, me gusta hacer las cosas por mí misma y sentirme la única dueña del curso de mi vida. Me cuesta perdonar a quienes me han hecho mucho daño, y quizá sea un poco rencorosa. Tengo muy buena memoria y tengo en cuenta mi pasado, aunque cada vez menos. Últimamente me da la sensación de que los recuerdos del día anterior se emborronan con demasiada facilidad, y no me gusta.
No me considero alguien cobarde, pero tampoco sé hasta donde podría llegar mi valentía. Soporto bien la presión y nunca me estreso, tal vez me tome ciertas cosas con demasiada calma. Tengo tres miedos que sobresalen por encima de los demás: una fobia a los insectos, miedo a las aluras y al dolor físico, que a pesar de todo tolero bien. Me encanta la naturaleza, y me gustaría poder hacer algo más para defenderla. En algún lugar no muy escondido de mi misma, tengo un espíritu ecologista. Igualmente adoro a los animales, sobre todo a los felinos, que son mi debilidad.
Y... creo que por hoy es suficiente. Podría seguir hablando de mí durante mucho más, después de todo, tengo ya casi veinte años de vida, todos ellos llenos de sucesos que pueden contarse, pero que os aburrirían hasta no poder más.

domingo, agosto 17

Número 13 (4ª parte)

Los segundos se sucedían con infinita y cruel lentitud. Una vez que Algeo entró en el árbol hueco, el semicírculo que los chicos y chicas habían formado por orden del Jugador, se había roto. Algunos de ellos deambulaban cerca del árbol, con la mirada perdida y un leve temblor en manos y piernas. Otros se habían buscado un lugar desde el que aguardar; una roca, un pequeño hoyo en la tierra o el saliente de una de las grandes raíces del árbol. Umine, en cambio, no se había movido del sitio. No se sentía con fuerzas para levantarse; era bastante probable que las piernas le fallaran y cayera al suelo. Se abrazó las rodillas con los brazos y enterró la cabeza entre ellos. Intentó controlarse, concentrándose en su respiración. Pero incluso eso le parecía difícil. Tenía frío, y sentía una garra gélida apretándole el corazón, helándole la sangre.

Algeo salió del hueco de árbol tras unos largos minutos. Sonreía, visiblemente aliviado, y había recobrado el color en las mejillas. Parecía apunto de echarse a reír. Observó a sus compañeros sin atisbo de compasión o tristeza, y se marchó corriendo de allí, tan rápido como le permitían sus piernas. Umine lo vio alejarse con un amargo regusto a decepción, que enseguida la hizo sentir culpable. Desde la oscuridad reinante en el interior de la morada del Jugador, se oyó un nombre. Una chica se acercó, retorciéndose las manos, nerviosa, para desaparecer en la negrura. Y así fue transcurriendo el tiempo, mientras el Jugador llamaba uno tras otro a sus compañeros. Llegado un punto, Umine no pudo controlar su pánico, y notó cómo éste se extendía por su cuerpo como un veneno. Cada vez que uno de los demás chicos y chicas salía indemne de la cueva del árbol, ella maldecía entre dientes. Cada vez que uno de ellos salía libre, la posibilidad de que le tocara a ella era mayor. Deseó que sus compañeros tuvieran peor suerte, y ese pensamiento hizo que se avergonzara de sí misma.

Un chico salió del árbol, riendo nerviosamente. Y como todos los demás antes que él, se marchó corriendo a toda velocidad. El Jugador entonces pronunció su nombre. Umine lo escuchó como un eco lejano, procedente de algún lugar recóndito de su propia conciencia. Se puso en pie sin apenas ser consciente de sus propios actos, y se aproximó a la negra herida del árbol fantasmagórico. El interior exhalaba un olor a putrefacción y la oscuridad era absoluta. Umine se aventuró en sus garras, aguantando la respiración. Avanzó unos pasos, con miedo. No veía nada, ni escuchaba nada. El hedor la mareaba. Sus manos, extendidas hacia delante, se encontraron con algo. Unos dedos fríos y largos rodearon sus muñecas y tiraron de ella, con suavidad. Umine reprimió el deseo de desasirse de aquel contacto, de gritar y salir huyendo. Se obligó a sí misma a continuar, y al llegar a la luz, las manos la soltaron.

Se encontró entre las paredes carcomidas y arrugadas del árbol muerto. Había una mesa sobre la que parpadeaba la débil luz de una lámpara de aceite, al otro lado de la cual estaba el Jugador. Tenía las manos cruzadas bajo la barbilla, los ojos negros sin brillo clavados en ella. Sonreía ávidamente y respiraba de forma agitada. Estaba excitado. Umine sintió un espasmo de repulsión. Se detuvo, azorada, en el margen del círculo de luz. El Jugador le hizo un gesto para que tomara asiento. Ella obedeció, acobardada. El Jugador puso una mano sobre la mesa y dejó algo encima. Eran dos dados de piedra negra.

- Que empiece el juego.- murmuró.

El Palacio de la Medianoche


Ahora me estoy leyendo este libro, lo empecé anoche.
A mi padre le ha dado por comprar todo libro de Carlos Ruiz Zafón que se le ponga por delante, y yo me aprovecho de ello. Creo que ya dije, al comentar El Juego del Ángel, lo mucho que me gusta este autor. Me maravilla la forma en que combina a un mismo tiempo lo real con lo sobrenatural, sin delimitar las fronteras de ninguno de los dos campos, fundiéndolos y confudiéndolos a la vez.
Este libro en cuestión es más bien corto, sólo tiene trescientas cuarenta páginas, pero seguro que será intenso. La sinopsis es la siguiente:

"Calcuta, 1932: El corazón de las tinieblas. Un tren en llamas atraviesa la ciudad. Un espectro de fuego siembra el terror en las sombras de la noche. Pero eso no es más que el principio. En la víspera de cumplir los dieciséis años, Ben, Sheere y sus amigos deberán enfrentarse al más terrible y mortífero enigma de la historia de la ciudad de los palacios."

miércoles, agosto 13

Estrellas fugaces

Era complicado encontrar un claro en el Bosque Tras Las Montañas, pero afortunadamente, Mielle conocía el hogar de las dríades a la perfección. Los condujo a través de los gigantescos árboles, que se sucedían uno tras otro, con paso resuelto. Nadia miraba el denso follaje con impaciencia. Las hojas que techaban el bosque no parecían acabar nunca, y estaban tan estrechamente entrelazadas que era imposible entrever un retazo de cielo a través de ellas. Aldren le apretó suavemente la mano entre la suya y le dedicó una sonrisa. Pero Nadia se limitó a fruncir el entrecejo y a volverse hacia Mielle, con la boca abierta, lista para preguntar.

- No, Nadia, no queda mucho.- respondió ella, antes de que la muchacha preguntara.- Por favor, ten un poco de paciencia.
- Vale, vale.- repuso ella a regañadientes.

Continuaron caminando. Nadia tenía el impulso de correr, pero sabía que Mielle se enfadaría si lo hacía, por lo que tuvo que poner gran empeño en poner un pie delante del otro con lentitud. Detrás de ellos se escuchaban cuchicheos. Las dríades estaban despiertas y seguramente, algunas de ellas los seguían, curiosas. También Iluna, Eneise, Garue y Kinro debían de pisarles los talones. Los cuatro ninpou también querían ver la lluvia de estrellas.

Mielle levantó su brazo derecho y señaló un punto delante de ellos. Nadia entrecerró los ojos, buscando. Y vio que conforme avanzaban, la luz se iba haciendo más intensa. Las copas de los árboles estaban más dispersas y separadas entre sí, y pronto los troncos desaparecieron, dejando lugar a un amplio claro de hierba verde y húmeda, bañado por la débil luz de la luna menguante y el resplandor titilante de las miles de estrellas que punteaban el cielo aterciopelado.

- ¿Contenta?- le preguntó Mielle, alzando las cejas.
- Sí.- afirmó Nadia, asintiendo con entusiasmo.- Mucho.

Aldren se sentó en el suelo y tiró de la mano de Nadia. Ella se tumbó a su lado, y al instante Mielle los imitó, ocupando un lugar a la izquierda de la muchacha. Nadia extendió su mano libre y Mielle la aferró, sonriéndole. Suspiró de pura felicidad. Aquello era increíble. La hierba era espesa y mullida, el aire olía de forma deliciosa, a lluvia que se aproximaba. Sobre su cabeza, el cielo y las estrellas eran infinitos. Había tantas que no sabía donde mirar. El cielo de Nerume era lo más hermoso que había visto en su vida, nada comparado con el de su propio mundo, donde más de la mitad de las estrellas no eran visibles debido a la contaminación lumínica. Allí no había nada que impidiera a las estrellas brillar con toda su fuerza. Y a cada minuto, o menos, una estela incandescente cruzaba el firmamento. Nadia gritaba con emoción contenida, señalando a un sitio y a otro.

- Joder, esto es genial. Es la hostia.
- ¡Nadia!- exclamó Mielle, escandalizada por sus palabras.
- Coño, pero es que míralo, Mielle. Es...
- Es increíble. Maravilloso. Fascinante. Magnífico.- la ayudó Aldren, solícito.
- Apoteósico.- rió Nadia.

Ellos rieron también. Aldren se inclinó ligeramente sobre ella y le dio un suave beso en los labios, que Nadia le correspondió. Mielle carraspeó con toda intención.

- Si veis que molesto... me voy, ¿eh? Édrala está allí cerca. Puedo ir a hacerle compañía...
- No digas gilipolleces, Mielle.- repuso Nadia, dándole un abrazo.
- Tonterías, Nadia. En todo caso, estaría diciendo tonterías.- la corrigió ella.
- Lo que tú quieras, pero quédate.
- ¡Eh!- exclamó Aldren.- ¡He visto una enorme, allí!
- ¡Mierda, me la he perdido!- protestó Nadia.

Detrás de ella escuchó una risita. Se giró un momento y quedó un tanto sorprendida. En las ramas más altas de los árboles circundantes, las dríades observaban el cielo casi con reverencia. Había muchas, y todas tenían en sus hermosos y pícaros semblantes la misma expresión de adoración. También divisó a los ninpou. Eneise estaba refugiada en los brazos de Kinro e Iluna y Garue estaban muy cerca el uno del otro, con sus manos casi rozándose. También vio a Arsil y Alariem, sumidos en el silencio y sin apartar los ojos de la bóveda celeste. Aquella noche, las estrellas fugaces tenían mucho público.

domingo, agosto 10

Lluvia de Estrellas


Estaré fuera unos días, vuelvo el martes, y estaré incomunicada y por tanto, sin ordenador. Ya sé que sois pocos los que pasáis por aquí y menos los que me comentáis, pero no importa, yo informo igualmente.
Estaré en la playa, en Torrenueva, en el piso de una amiga y con unos amigos más. Veré desde allí las Perséidas, la lluvia de estrellas, que tendrá lugar la madrugada del martes. Espero ver muchas estrellas fugaces, ya os contaré luego.
¡Pues eso es todo!

miércoles, agosto 6

Número 13 (3ª parte)

El Jugador les ordenó sentarse en el suelo, a su alrededor, creando un semicírculo en torno a él. La sonrisa escalofriante no abandonó sus labios en ningún momento. Sus ojos sin brillo los contemplaban con cierta ansia feroz, como un animal al acecho. Los dedos de sus manos se crispaban de forma imperceptible. Umine arrugó la nariz al sentarse, entre dos chicos a los que tan sólo conocía de vista, a la izquierda del Jugador. De su figura emanaba un hedor nauseabundo, un aroma a putrefacción. Hizo un gran esfuerzo por contener una arcada. El Jugador clavó sus ojos en ella y ensanchó aún más, si eso era posible, su sonrisa despiadada. Umine miró al suelo y dejó de respirar por unos segundos. Oyó cómo el resto de los niños tomaban asiento sobre la hierba marchita y después, la voz de la tenebrosa figura. El Jugador arrastraba las palabras y hablaba lentamente, con un tono leve y ronco, como un suspiro jadeante.

- Bienvenidos, niños, a mi humilde morada.-dijo. Hubo una pausa, y rió quedamente.- Por favor, chicos, miradme. No os voy a comer.


Umine, al igual los demás, alzó la mirada a regañadientes. El Jugador les sonrió con algo que debía intentar ser ánimo.

- Así está mejor, mucho mejor. No os quiero retener aquí más tiempo del necesario, supongo que estaréis ansiosos por regresar a vuestras casas con vuestras familias... y lo haréis, no tengáis miedo. Lo haréis, todos menos uno de vosotros.- puntualizó con dulzura.- Os explicaré las reglas del juego. Pasaréis, uno por uno, al interior de mi hogar.- señaló el árbol hueco con uno de sus largos dedos.- Y cada uno de vosotros me retará a una partida de dados. No será una partida normal y corriente, por supuesto... una vez que os sentéis frente a mí, os revelaré las normas. Mientras venís a verme, los demás esperaréis aquí fuera. Creo que sobra decir que será mejor que no os alejéis... ¿Quién será el primero?

Nadie dijo nada. De repente, ya nadie sonreía. Un chico, sentado en el extremo opuesto del semicírculo, se levantó vacilante. Umine lo conocía; era el mayor de todos cuantos estaban allí. Se aproximó temeroso al Jugador y le tendió un rollo de pergamino, extendiendo su brazo al máximo con tal de no acercarse demasiado a la pálida y aterradora silueta. El Jugador lo cogió y lo desenrolló mientras lo leía. Sus labios volvieron a estirarse en una sonrisa.

- Qué amables.- comentó, casi para sí mismo.- Creo que esto deja de lado el sorteo. En mi opinión, dicho sorteo es mucho más entretenido, pero con una lista podremos hacer las cosas de forma más eficaz. Bien... el primero será entonces... ¿Algeo?

Algeo, un chico delgado y muy alto, de cabello rubio, se levantó de su sitio. Estaba blanco como el papel y temblaba notablemente. El Jugador lo observó con malicia y sin decir nada, le hizo un gesto para que le siguiera a las tenebrosas profundidades del árbol hueco. Umine se compadeció de él. El joven se dio la vuelta y dedicó una mirada desesperada a sus compañeros. Tragó saliva y con los ojos desorbitados por el miedo, se perdió en la penumbra, que hambrienta, se lo tragó en cuanto el muchacho dio el primer paso.

Rescate en el tiempo

Os dejo la reseña del libro que me estoy leyendo ahora.

El título es "Rescate en el tiempo [1999-1357]" y el del autor Michael Crichton. La sinopsis de la novela es la siguiente:

"Un día después de que el profesor Johnston abandonara la excavación de las ruinas francesas, el equipo de jóvenes expertos universitarios se alegró por el descubrimiento de un legajo de pergaminos en una cámara que había permanecido sellada por siglos. Poco más tarde, entre medio de manuscritos en latín y francés antiguo, la grafóloga daría con algo aún más sorprendente. Un desesperado mensaje en inglés moderno: <<>>. La tinta tenía seis siglos. La letra era la del profesor Johnston."

Llevo leídos unos seis capítulos o así, y pinta muy interesante. Lo cierto es que ya sé cómo acaba, puesto que hay una película basada en el libro, "Timeline", que he visto un par de veces. La película me gustó mucho, y como los libros siempre son mejores, supongo que la novela me encantará.